Ojo que las usinas neoliberales todavía tienen fuerza

EDITORIAL Por Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N
El gobierno macrista estuvo integrado por individuos de escasas dotes intelectuales, conocimiento de la sociedad obtenido principalmente a través de las relaciones financieras y de negocios, y fundamentos sociales decimonónicos o anteriores
Michel-Temer-and-Mauricio-Macri

Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N 

El que fuera presidente constituyó un arquetipo de todos aquellos a quienes cabe esa descripción, haciendo gala solamente de información relativa al fútbol, y expresándose casi siempre en términos que producían profunda vergüenza ajena (“A las mujeres les gusta que les digan qué lindo culo tenés”). 

A pesar de tan rastrero vuelo mental, el gobierno que prometió una revolución cultural, logró en buena medida sus objetivos. Hoy la sociedad es más individualista que antes. La frase insignia del kirchnerismo “La patria es el otro”, quedó maltrecha por el avance neoliberal. Aunque el Pro y sus asociados perdieron las elecciones, uno puede atreverse a conjeturar que no fue la reivindicación de los esfuerzos de los 12 años kirchneristas por lograr una sociedad solidaria e integrada la responsable del cambio de aires políticos. Tal vez la influencia mayor para ese resultado estuvo centrada en la ineptitud manifiesta de la administración macrista por contener la inflación y el deterioro monumental de la economía en general. 

Pero aunque algunas voces se levantaron para señalar el enorme y eficaz proyecto de reforzar el sentido común impuesto en la sociedad argentina desde los albores de la república, el tema sigue pasando desaparcibido para el gran público. 

El sentido común que los gobiernos kirchneristas intentaron modificar, sin demasiado éxito, está basado en las premisas del colonialismo primero, con la conquista de la mayor parte del continente americano por parte de España, y el liberalismo posterior a la independencia, que se logró en parte a raíz del triunfante esquema de la libertad de comercio (apoyada por los cañones, sin duda, pero también por el prestigio ganado por los avances tecnológicos y culturales derivados de la Revolución Industrial) en Europa. 

Los pensadores macristas supieron aprovechar muy bien un cierto sentimiento que permeaba -y permea- toda la sociedad argentina: el de que la Argentina es un país de corruptos, de vagos que, a nivel bajo, intentan sostenerse a cuestas de la gente que produce, y a nivel alto que se dedican a la política con el único objetivo de enriquecerse. 

Lo primero es una ofensa a un pueblo trabajador, que a todos los niveles muestra un comportamiento ejemplar. Pero se ejemplifica con casos aislados o con situaciones que no dejan lugar a dudas: claro que hay quienes, hundidos en la indigencia, pedirán -llegado el caso- que su empleador no lo blanquee para no perder el subsidio. Y otros que, no habiendo tenido la posibilidad de desarrollar su personalidad en la cultura del trabajo, no podrán cumplir con los requisitos y las responsaabilidades de un empleo formal. ¿Quien le da una posición laboral a alguien que carece de domicilio, por ejemplo? ¿Cómo puede cumplir sus obligaciones laborales quien vive en un barrio de extramuros que se inunda, por el que no circula transporte público, etc.? 

En cuanto a los políticos, o los sindicalistas, es cierto que muchos ven en esas activilidades oportunidades de lucro y corrupción, que aprovechan. Pero en éstos se pone el foco, dejando de lado a quienes exhiben una profunda vocación nacional, y ponen el cuero en su batallar. Los políticos neoliberales mueven las fichas desde sus escritorios; los de izquierda y los peronistas -más allá de que uno coincida o no con sus ideas- con mucha frecuencia se juegan el pellejo en las calles. 

Pero el macrismo fue eficaz en imponer sus falaces conceptos con respecto a los demás -particularmente el el peronismo, y dentro de él el kirchnerismo- en tanto llenó el Estado de empresarios que pasaron del área privada a la pública para precisamente jugar -estando en ambos lados del mostrador- a favor de sus antiguos (casi siempre no tanto) empleadores, o de los fondos de inversión en los que tenían colocado su dinero. Recién ahora, cuando existen mejores ámbitos para buscar favores que en los resabios de un Cambiemos derrotado, salen plenamente a la luz los escandalosos negociados cometidos durante los años en que la entente espuria de grupos económicos y operadores políticos pudo medrar a sus anchas, mientras se bombardeaba a los argentinos con acusaciones falsas producidas en las usinas creadas a tal efecto (trolls de Marcos Peña, periodistas y fiscales que inventaban causas, etc., etc.).

Desgraciadamente, y a pesar del triunfo electoral del Frente de Todos, el macrismo logró ascender un diente más en la cremallera ideológica del neoliberalismo. Demandará un esfuerzo enorme retrotraerse al incipiente sentimiento solidario de la población insuflado durante los años kirchneristas, frente a los extremos del individualismo impulsados todavía con tremenda fuerza por las usinas neoliberales.

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