Martín Guzmán versus El Dólar: la desigual pelea que define el destino del Gobierno

ECONOMÍA Por Ernesto TENEMBAUM
El ministro de Economía debe maniobrar en un país sometido a retos extremos y en el medio de un mar de rumores e intrigas
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En las próximas semanas Martín Guzmán deberá demostrar que empezó a serenar, paulatinamente, el mundo delirante de los dólares alternativos. Ese escollo terminó con la carrera de muchos de sus antecesores, o sea que su pellejo se juega en el asunto. Pero eso quizás sea lo de menos. El resultado de la pulseada definirá también la situación de millones de personas que ya miran con angustia su propio futuro y gran parte del destino del Gobierno que integra. Es un desafío complicadísimo, en condiciones muy adversas, porque tiene que maniobrar en un país sometido a retos extremos y en el medio de un mar de rumores e intrigas, muchas de las cuales surgen del propio Frente de Todos y de la mismísima Casa Rosada.

Guzmán es el ministro que recibió como herencia uno de los países más endeudados y con una de las tasas de inflación más altas del planeta. Ese es el fondo de pantalla sobre el cual empezó a trabajar el 10 de diciembre. A ese drama, en marzo, se le apareció uno mucho peor desde el área sanitaria: la pandemia del coronavirus. A diferencia de otras sociedades, el país casi no tenía dinero para socorrer a las víctimas económicas de la pandemia ni podía endeudarse porque había agotado ya toda la confianza. Todos estos detalles sirven para entender las dificultades que tuvo que enfrentar. Pero los Gobiernos –y dentro de ellos sus ministros de Economía—no son elegidos para describir los problemas que enfrentan sino para resolverlos. Si no lo hacen, o si los agravan, pagan por eso. Son las reglas.

Cuando Guzmán explica la crisis de los dólares alternativos recurre a una serie de datos que en condiciones normales alejarían las perspectivas de una devaluación. Argentina tiene superávit comercial, no debe pagar deuda, los salarios están licuados en dólares, el precio de la soja está altísimo, hay un fuerte control de cambios. O sea que la economía real, a diferencia de otros momentos, no requiere de una corrección cambiaria para ordenarse. Es, para decirlo brutalmente, un país muy barato.


Sin embargo, hay dos elementos que empujan los dólares alternativos hacia arriba. En los últimos meses el Gobierno emitió un montón de dinero para ayudar a empresas y particulares a convivir con la crisis sanitaria. Esa necesaria medida fue reclamada hasta por Carlos Melconián, que no es precisamente un fanático de la emisión monetaria. Ahora, esa montaña de dinero presiona sobre el dólar.

El segundo elemento tiene que ver con un legado. Los fondos que llegaron al país durante los primeros años de la gestión de Mauricio Macri empezaron a huir en tropel en marzo del 2018. Allí arrancó una corrida que aun no termina. El dólar por entonces estaba en 17 pesos. Cuando el Gobierno de entonces impuso los dos cepos cambiarios, hubo Fondos de Inversión que quedaron atrapados en pesos. Desde hace unos meses esos Fondos intentan salir pagando cualquier valor a través del contado con liqui. Eso, naturalmente, impulsó su precio.

La situación es delicadísima. Porque a todo eso se le suman errores serios de procedimiento por parte del Gobierno. Así lo reconoció el propio Ministerio de Economía el martes, en el comunicado de prensa que anunciaba correcciones: “Las medidas tomadas el 15 de septiembre incrementaron la volatilidad”. Son solo diez palabras que explican mucho de lo que está pasando.


El 15 de septiembre se endureció el control de cambios. Esa decisión era el eje de un un debate que agitaba al equipo económico desde marzo. Cuando se emitió el IFE, hubo funcionarios que plantearon su preocupación por los efectos cambiarios de la medida y pidieron que se prohibiera a los beneficiarios comprar dólares. En ese momento no había corrida contra el peso con lo cual los efectos habrían sido menos dañinos. Mes a mes fue creciendo la demanda hasta que en agosto cinco millones de personas compraron sus doscientos dólares. Primera pregunta: ¿por qué se demoró tanto la intervención?

A medida que el problema aumentaba, en el Gobierno se instaló otro debate: ¿cómo enfrentarlo? Allí convergieron dos puntos de vista antagónicos. Uno de ellos sostiene que existe una conspiración en marcha, que se debe perseguir a los conspiradores y, mientras tanto, prohibir que se compren dólares. Ese tipo de razonamiento termina con mayores controles para todo tipo de compra de dólares, incluidos los necesarios para importar insumos. El otro punto de vista plantea que hay una crisis de confianza y el abordaje debe ser técnico. El Gobierno debe aplicar, según este enfoque, una serie de medidas que desinflen la demanda y aumente la oferta de divisas. Para eso, progresivamente, quienes tienen dólares deberían sentirse confiados por cómo se están desarrollando las cosas.


Durante seis meses la superposición de esos enfoques potenció el problema grave que ya existía. El debate, increíblemente, se hizo público. A mediados de agosto, el presidente Alberto Fernández, en diálogo con Eduardo Aliverti, dijo que esa tarde de sábado, en Olivos, se iba a discutir qué hacer con el dólar ahorro. Unas horas después, el Ministerio de Economía se apuró a desmentirlo: no se iba a modificar nada. Pero el rumor ya había sido echado a rodar por el mismo Fernández. La demanda de dólares se incrementó.

El 9 de septiembre, Alberto Fernández, en el programa A dos voces, fue categórico pero en sentido inverso: ajustar el cepo sería contraproducente, dijo. El 13 de septiembre, el ministro Martín Guzmán fue más taxativo: “Queremos ir en la senda hacia la normalización, no hacia cerrar aún más, porque eso sería una medida para aguantar. Nosotros no venimos a aguantar, sino a tranquilizar la economía”. El martes 13, apenas dos días después, el Gobierno anunció que estrecharía el cepo. El Presidente se desmintió dos veces a sí mismo y dejó desairado al ministro que había resuelto la negociación con los acreedores externos unos días antes. En ese contexto, un sector de la prensa oficialista empezó a maltratar a Guzmán.


El mercado de cambios en la Argentina es un campo minado. Tomar una medida tan sensible, en medio de una corrida, con el ministro de Economía en contra, tal vez termine mal. Guzmán lo había advertido. Caerían las reservas y los depósitos, subirían todos los dólares, crecería la brecha y después sería difícil intervenir. Cuando todo eso ocurrió, el Presidente volvió a investir de autoridad a su ministro. “El que decide es Martín”, dijo.

Guzmán volvió a su plan original que consistía en cerrar el acuerdo con los acreedores, luego empezar la negociación con el Fondo Monetario, lograr que el Congreso apruebe por mayoría abrumadora un plan de reducción del déficit fiscal de tres años, y emitir un bono en dólares que habilite a los Fondos de Inversión una salida, entre otras cosas. Pero ahora debe hacerlo en condiciones más frágiles, donde la impaciencia empieza a jugar un rol determinante. Para colmo, apenas dio sus primeros pasos alguien filtró a los principales medios que el Presidente le había dado un plazo de 15 días. Las personas que descreen del enfoque del ministro siguen en puestos clave. Un zapato pisa el cordón del otro una y otra vez. Encima, desde fuera del Gobierno hay gente lanzada a promover la salida de Guzmán y una nueva devaluación. Y desde dentro, algunos se entusiasman con el “leading case” de reforma agraria que se está llevando a cabo en un pequeño campo de Entre Ríos.


Hace años que en la Argentina se discute si es necesario un ministro de Economía fuerte. Líderes de signos opuestos, como Nestor Kirchner o Mauricio Macri, siempre estuvieron en contra. El argumento tenía nombre propio: Domingo Cavallo. Hay experiencias internacionales que sugieren otra cosa. De hecho, en Bolivia, el Movimiento al Socialismo acaba de arrasar: su candidato fue Luis Arce, el histórico ministro de Economía. La ejemplar gestión del Frente Amplio en Uruguay se explica por la permanencia del equipo económico conducido por Danilo Astori. El mismo kirchnerismo pudo mostrar variables económicas controladas en los inicios, cuando estaba el poderoso Roberto Lavagna, y al final, cuando Cristina Kirchner decidió entregar el tablero de controles a Axel Kicillof.

Los desafíos que plantea la economía argentina son enormes. Si el ministro de Economía no cuenta con poder real tendrá muchísimas menos chances. Ese ministro puede ser Guzmán o cualquier otro: pero debe encarnar un plan de acción coherente y sostenido en el tiempo.


Tal vez así también fracase porque este es el país que es.

La Argentina se ha transformado en un lugar muy exótico. Echarle la culpa de eso solo al Gobierno sería de un simplismo extremo: hay demasiados pescadores a río revuelto y no todos ellos en uso de sus facultades.

Fuente: Infobae

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