La bomba que fabrica el modelo se oculta a la vista de todos

OPINIÓN Por Pablo Fernández Blanco
Si la pajarera de Julio De Vido en su casa de Puerto Panal hablara, contaría historias fantásticas...
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Si la pajarera de Julio De Vido en su casa de Puerto Panal hablara, contaría historias fantásticas sobre el congelamiento de tarifas en los años del kirchnerismo. Una de ellas ocurrió tras uno de los pocos aumentos de luz y gas que se aplicaron en la década pasada: el ministro había guardado las ediciones de LA NACION y de Clarín para enrostrarle a su vecino del establishment la cobertura de los diarios frente al ajuste, algo que pedían los empresarios. 
El abanderado del congelamiento tarifario era, de todas maneras, Néstor Kirchner. Indignada, Doris Capurro le llevó un día a la Quinta de Olivos su factura de Edenor. La consultora política quería pagar más y estaba convencida de que la clase media acomodada estaría dispuesta a hacer un esfuerzo para reducir los subsidios del Estado. 

Kirchner la desafió a que hiciera una encuesta en Barrio Parque y Barrio Norte que demostrara su afirmación. Ella le agregó por su cuenta otros distritos pudientes. El resultado fue apabullante: ocho de cada 10 consideraban que el Estado gastaba mucho, pero no querían aumentos en la luz y el gas. El tiempo cristalizó esa curiosidad en verdad para el kirchnerismo.

Axel Kicillof quiso aumentar las tarifas de los sectores acomodados cuando le tocó manejar la economía. Los números eran tan malos que habían doblado su espíritu keynesiano. Pero a esa altura De Vido había aprendido de las tapas de los diarios y le aconsejó a Cristina Kirchner no avanzar con la propuesta de su ministro dilecto. La convenció con un argumento contundente: ¿Si no lo habían hecho en una década, por qué tendrían que llevarlo a cabo meses antes de entregar el poder y pagar el costo político?

Manual para ganar elecciones

El kirchnerismo desarrolló un manual económico para ganar elecciones. Se puede resumir en tres capítulos: atraso del tipo de cambio, congelamiento de tarifas y control de precios. Viene con resultados garantizados: aumento de la expectativa de devaluación, sostenimiento efímero del poder de compra, caída en la oferta de productos (faltó gas y nafta en las gestiones anteriores) o el empeoramiento de los servicios (se cortaba más la luz y no se podía terminar sin interrupciones una llamada por teléfono).

El modelo que se consolidó después de 2005 armó una bomba invisible para la mayoría, sólo cuestionada por los afectados directos. Se podría transmitir en filosofía de sentido común: ¿Por qué una pizza costaba más que el servicio eléctrico del bimestre y el abono del tren, menos que el del celular? La gestión de Alberto Fernández comenzó a fabricar una amenaza similar.

El nombre técnico es distorsión de precios relativos. Marcelo Mindlin, uno de los empresarios más importantes de la Argentina, lo inmortalizó en una carta que le envió el 23 de febrero de 2011 a la presidenta Cristina Kirchner. Le reclamaba que la demanda había crecido 60%, los salarios 500% y las tarifas de luz estaban casi congeladas.

Diez años después, al cierre de 2020, Mindlin le vendió Edenor a un grupo de empresarios más cercanos al poder. Quizás anticipaba el renacimiento del monstruo que se esconde a la vista de todos.

La inflación general en la Argentina hasta noviembre pasado fue de 35,8% (1,5% en dólares, según la cotización oficial). Si se lo desarma a la luz de la historia reciente, ese número puede dar pistas sobre el futuro de la Argentina. Un ejemplo: la ropa y los zapatos aumentaron 58,1%.

¿De quién es la culpa?

Las vidrieras desataron una interna. Los fabricantes dicen que la culpa es de los que venden y sostienen que el Indec mide en los shoppings antes que en la calle Avellaneda. Se protegen con un escudo viral: si la indumentaria fuese tan cara, no se habría producido la aglomeración de fin de año que circuló por las redes sociales.

Más allá de las explicaciones, es curioso que uno de los sectores arropados por el Frente de Todos socave con remarcaciones la expectativa oficial de precios. Lo contrario pasa con la salud privada y los servicios públicos, denostados por Cristina Kirchner y cuestionados por Alberto Fernández, pero alineados coercitivamente con la Casa Rosada.

Daniel Vila, José Luis Manzano y Mauricio Filiberti podrían llevarle la planilla del Indec al Presidente y acusar discriminación. ¿Por qué el sector del que participa Edenor, su flamante compra, tuvo un aumento de apenas del 16,6%, con una caída del 12,9% si se lo mide en dólares? Quizás descubran en algunos años que les convenía vender zapatos antes que electricidad.

Claudio Belocopitt (Swiss Medical) y los dueños de clínicas privadas podrían molestarse con el mismo argumento. ¿Cómo explicarles que el estresado sector de la salud se merece una suba del 29,1%, la mitad en términos porcentuales que los jeans, las zapatillas y las remeras, en el mismo año en que se les pidió mucho más que al promedio?

Varios exfuncionarios sostuvieron que sería un error ver la voluntad del Gobierno en cosas que tienen que ver con sus posibilidades. Dicho en lenguaje llano: el Gobierno no pisa lo que quiere, sino lo que puede.

Pecado y penitencia 

En el pecado está la penitencia. Esas distorsiones generan desequilibrios que convierten la inflación reprimida de hoy en la explosión de mañana. Es una tradición del peronismo: las decisiones de Juan Perón las pagó Arturo Frondizi, y las de Cristina Kirchner, Mauricio Macri.

Cambiemos le dedicó la mitad de su mandato a resolver esas inconsistencias. Nada aumentó tanto como la electricidad, el gas y el agua en la gestión anterior.

En cambio, la ropa estaba comparativamente más estable. Los críticos del modelo anterior dirán que eso pasaba porque se dilapidaban dólares.

Es la paradoja de Juntos por el Cambio. Los aumentos de tarifas, que en parte les costaron la elección, fueron también los que les permitieron a las empresas recomponer los stocks sobre los que el Frente de Todos encastra ahora su sistema de cepos y distorsión de señales de precios.

Las dudas del kirchnerismo pasan por otro lado. Sus antecesores no les legaron esta vez la infraestructura de los 90 ni los dólares de la soja. Incluso armaron un conjuro antes de dejar el poder, cuando se congelaron los precios de los servicios públicos antes de las elecciones. Mauricio Macri le dejó un colchón delgado a Alberto Fernández. A diferencia de lo que le pasó a Néstor Kirchner con Carlos Menem y Eduardo Duhalde, difícilmente le alcance para descansar durante todo un mandato.

Pablo Fernández Blanco para La Nación

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