La Democracia y la República ya empezaron a largar olor

OPINIÓN 03 de marzo de 2021 Por Javier Bohe*
La avanzada del gobierno sobre la justicia o la relativización de la violencia y los delitos hacen que nos preguntemos si la democracia y la república gozan de buena salud.
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Hace apenas unas pocas semanas escribí una nota en la que me interrogaba sobre hasta qué punto se puede hablar de democracia, usado un poco ampliamente como sinónimo de república. La división de poderes, la publicidad de los actos de gobierno, la alternancia en el poder y el voto popular libre de presiones son algunas de las características que se pueden identificar a golpe de vista.

El gobierno parece empeñado en negarlas a todas. Quizás no lo hace de manera directa, pero siempre a través de los eufemismos que ciertos personajes que gustan de usar un lenguaje ambiguo. Otras veces, como ayer, lo dicen sin sonrojarse. La democracia será lo que ellos digan. Nadie puede osar contradecirlos.

El discurso del presidente dejó mucha tela para cortar, aunque algunos sólo hayan hablado del pedazo de tela que no cubría la cara de la vicepresidenta, una de las que ya ha recibido la vacuna. La ofensiva oficialista deja en claro que el albertismo ha sucumbido por completo a las decisiones del kirchnerismo ortodoxo que recibe sus órdenes del Comité Central que funciona en el Instituto Patria.

 
Tal vez el presidente ha decidido dejar de pelear, como las personas que se entregan al destino cuando ya pierden las esperanzas de poder vencer a la enfermedad que los debilita poco a poco. Si quedaba algo de voluntad autonomista en el presidente, desapareció antes de ir al Congreso a leer su discurso.

Algunos, demasiado optimistas respecto a la paciencia de la gente, deslizaron que el verdadero plan de Alberto es perder las elecciones de medio término para demostrarle que su agenda grietista es garantía segura de derrota. Así, tendría vía libre para hacer las reformas que le permitan ganar las elecciones de 2023. En este país es imposible gobernar perdiendo las elecciones de medio término y cediendo el control legislativo.

En ese contexto de fragilidad, el gobierno avanzó aún más en su retórica belicista contra el Poder Judicial. Hablaron el ministro del Interior, Wado De Pedro, y varios cuadros más, que salieron a amplificar lo que había deslizado el presidente.

Bajo la excusa de la perspectiva de género (el nuevo caballito de batalla con el que pretenden correr a los políticos y la ciudadanía, afirmó que los jueces “o se transforman, o se van”. Aunque la referencia directa era hacia los jueces que liberan violadores, golpeadores y abusadores que luego reinciden provocando femicidios, se entiende que la referencia era directamente para apuntalar los deseos totalitarios de la vicepresidenta.

Ni vale la pena detenerse en la flagrante contradicción entre los dichos del ministro y la acción de su gobierno, comprometido con la apertura de cárceles a la comunidad o a la liberación de delincuentes bajo la premisa de que las cárceles no sirven o de que la reinserción social permitirá la rehabilitación de los reos.

Por supuesto que De Pedro no es el único que dice incoherencias. El Jefe de Gabinete, y miembro de la aristocracia justicialista, Santiago Cafiero, relativizó que los sindicalistas le hayan pegado a los jubilados que fueron a protestar a Olivos bajo la excusa de que los patoteros llegaron antes, como si se estuviese hablando de una butaca en el cine y no de un espacio de interés público para demandar a las autoridades que cumplan con sus mandatos.

Según Cafiero llegar antes da más derechos, una fórmula extrañísima que no aparece en ningún lado de la constitución. Lo que sí aparece en la carta magna es el derecho a la libe circulación, que sigue vedada a los ciudadanos de Formosa que anduvieron lentos y no llegaron antes de que se decrete la cuarentena.

Contradice además la civilizada convivencia entre verdes y celestes en la vigilia por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, que nos hizo sentir por una vez que podíamos ser como esas marchas que se ven en la series y películas norteamericanas, en las que están separados por un par de vallas sin intentar molerle a palos la cabeza al que piensa distinto.

La democracia y el republicanismo engarzan directamente con los derechos humanos, esos sobre los que Cafiero tuvo la soberbia de decir que nadie les podía venir a hablar. Quizás no sea la luminaria que vendieron en diciembre de 2019 y haya que tratar de recordarle qué son los derechos humanos y cómo las leyes y la justicia son pilares fundamentales para que se cumplan.

La avanzada del Poder Ejecutivo sobre el Poder Judicial no deja mayores dudas sobre el temor que tiene el gobierno, condicionado por una historia previa que cuenta muchas manchas que podrían convertirse en prontuario.

Pensemos por un minuto que este avance sobre la justicia fuese al revés. ¿Qué pasaría si el Poder Judicial diera curso a todo lo que tiene para avanzar sobre el ejecutivo?¿Qué pasaría si vetara reglamentos o leyes bajo una interpretación rigurosa de las normas?¿qué pasaría si el legislativo pidiera juicio político a todos los miembros del gabinete?¿No hablarían ahí de golpe de estado, del accionar de las corporaciones o del autoritarismo que envuelve a la región avalado por Estados Unidos?.

No se puede saber con precisión en qué momento mueren las democracias y las repúblicas. Pero cuando se ve un accionar como el descrito de parte de los que deberían velar por ellas, algo empieza a oler mal. Como a muerto.

* Para Diario Alfil

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