El viaje a ninguna parte de un país marginado

OPINIÓN Por Sergio Suppo
Una niña llevada a un recorrido incierto sirve como dolorosa metáfora de una nación gobernada sin rumbo
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Un largo viaje en el universo tangible pero invisible de la sordidez y la marginación. Aun el mejor desenlace expone el drama en toda su intensidad; en todo caso evita la confirmación de los peores presagios y genera un alivio que no borra el horrible sabor de lo que no puede digerirse. 

El resumen de la búsqueda de una niña de siete años en situación de calle y de su captor es una metáfora de un país extraviado, guiado a ninguna parte o, en todo caso, obligado a caminar por cada vez peores y más lejanos caminos. Un gobierno con poca conciencia y escasa capacidad timonea un vehículo precario y lleva a los habitantes de una Argentina que parece dejarse llevar, dócil e inocente. El mundo mira sin explicarse el rumbo decadente del país que alguna vez pudo ser una potencia. Los últimos tiempos de la Argentina se parecen bastante al incierto viaje de M.

Alberto Fernández, improvisado ventrílocuo de su jefa, al anunciar el nombramiento del nuevo ministro de Justicia, Martín Soria, dijo que lo que la Justicia “no hizo por las buenas” ahora tendrá que entenderlo de otra forma. ¿Qué son “las malas” maneras que anunció el Presidente? Cinco días antes de jurar, el funcionario ya exhibe su envalentonamiento y consolida al Poder Judicial como un mismo bloque donde antes había fracciones dispersas y criterios enfrentados. La unidad de los miembros de la Corte es el ejemplo más significativo de una dimensión nueva impulsada por el atropello.

Soria no se enredó como su antecesora Marcela Losardo en presentar reformas ni proyectos leguleyos. Ya dijo que su objetivo es lograr que la Justicia “libere de culpa y cargo” a Cristina Kirchner. El ministro asumirá a bordo de una topadora con la que la vicepresidenta ya se llevó puesto el último vestigio de la supuesta moderación del profesor de derecho que ocupa la Casa Rosada.

El oficialismo quema sus pocas energías en encontrarle una solución a Cristina y, cuando puede, se ocupa de equivocarse en los problemas verdaderamente graves que tiene bajo su responsabilidad.

Echarle la culpa a Mauricio Macri es un recurso válido –lo han usado todos los gobiernos– que cubre cada vez con mayor dificultad la inexistencia de acciones concretas para dejar de cobrarles el impuesto inflacionario a todos, y por orden ascendente, en especial a los más pobres. Si es cierto que la anterior gestión dejó índices muy elevados, es una verdad del presente que el ministro Martín Guzmán no muestra porque no tiene un plan para frenar la escalada de precios. En su lugar, se reviven gloriosos fracasos, como apretar a las empresas para que muestren sus números, a la vez que se habilitan aumentos de los combustibles, pero se frenan alzas en el valor de los servicios de electricidad y gas.

No hay rumbo ni se aprovechan los beneficios de no tener que pagar deuda (la renegociación con los bonistas es un éxito cierto de Guzmán) ni de los ingresos significativos que volverá a aportar al Estado ese viejo enemigo, el sector agropecuario. Como las elecciones siempre serán una excusa, el kirchnerismo se dispone a construir un relato épico con el no acuerdo con el Fondo y con el congelamiento de las tarifas. Viejos fracasos usados como nuevas soluciones. ¿Qué puede salir mal? Los números sociales tampoco podrán ser encubiertos por mucho tiempo más por la multiplicación de planes y asistencia. Cada vez más necesitan la ayuda de los que pueden cada vez menos; así no hay indicador que no oculte que la pobreza aumenta y margina a millones.

La desgracia global de la pandemia se cruzó en la Argentina con una administración que improvisa hasta su desorganización. El año pasado se enamoró del encierro colectivo; fue comprensible durante los primeros meses mientras se reforzaba el sistema de salud. Pero luego la paralización completa del país se convirtió en un instrumento para ocultar la falta de soluciones a los muchos problemas agravados por la pandemia.

El precio fue un mayor hundimiento de la economía en general y la destrucción, otra vez, de las pequeñas empresas.

Cuando llegó el turno de comprar las vacunas, la Argentina pagó el precio del historial de país incobrable y, peor, de las maniobras oscuras de las operaciones de compra. A cada quien lo suyo. Se supone que los sanitaristas deben decir qué vacuna conseguir y los especialistas en comercio exterior y relaciones internacionales tener el manejo de la operación de esas compras. En un mundo con enorme demanda de dosis, delicadas operaciones geopolíticas para conseguirlas y miles de millones para poner sobre la mesa, el Gobierno improvisó sus compras con apuestas fallidas, negocios poco transparentes, desacuerdos inexplicables y ninguna cabeza visible que se haga responsable de ser uno de los países de ingresos medios más retrasados en su plan de vacunación.

Se están llevando un país a ninguna parte, en una vieja bicicleta que rueda, pero no avanza.

Sergio Suppo para La Nación
Ilustración: Alfredo Sábat

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