EL TRABAJO DE ZAPA

EDITORIAL Por Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N
El sistema democrático funciona mal cuando a un sector político lo único que le interesa es destruir
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Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

Los hechos suelen ser ingratos con algunos de los que obran con mala fe. Claro que existen aquellos a quienes nada les preocupa que la realidad los deje en evidencia. El periodismo mayoritario al servicio de los dueños del poder se ocupa de que pocos -o nadie- se entere ni de los errores ni de las infamias. 

Hay tantos ejemplos de esto que la selección -atendiendo a la magnitud del número de episodios- es difícil. Podemos mencionar la primera plana de Clarín “informando” que Máximo Kirchner tenía una cuenta secreta en los Estados Unidos; que Cristina había hecho aterrizar el avión presidencial en las Islas Seychelles para realizar una operación bancaria offshore; que Aníbal Fernández era el traficante de drogas conocido como “La Morsa”; que el juez Casanello había visitado a Cristina en Olivos para pactar su impunidad y la de Lázaro Báez; que Cristina había pedido a Interpol levantar las alertas rojas que pesaban sobre iraníes sospechados de participación en el atentado a la AMIA; y un larguísimo etcétera, que merecería un libro con numerosos capítulos. 

Eso en el plano nacional, pero, por supuesto, nuestro territorio no es el único donde estas cosas suceden. El expresidente de Brasil, Lula Da Silva, ocupó también innumerables primeras planas con la denuncia de que había recibido un departamento en la localidad playera de Guaruyá como coima por facilitar presuntos negociados de Odebrecht. Y procedieron de una manera tan desvergonzada que evidencia que para cierta gente todo es válido. Porque el juez Moro reconoció inicialmente que no tenía ninguna prueba para comprobar el supuesto delito, pero que albergaba la “íntima convicción” de que la propiedad de ese inmueble le había sido otorgado a quien fuera presidente como retribución por servicios ilegales. 

Ahora la verdad salió a la luz, pero no antes que evitaran que Lula fuera candidato en las elecciones, que sin duda le darían el triunfo. Y no se conformaron con eso sino que además lo encarcelaron por largo tiempo. 

En la Argentina también los temas se fueron aclarando. Desde USA dijeron que no existía tal cuenta de Máximo; después, quien era el jefe de Interpol afirmó que nunca la Argentina pidió el levantamiento de las alertar rojas. Los muchachos que denunciaron la visita a Olivos del juez Casanello terminaron confesando que  habían mentido (y fueron condenados por falso testimonio, aunque a una pena excarcelable). 

Nicolás Winazki, en una nota de Clarín, de julio de 2016 afirmaba que, al final de cuentas, no tenía importancia si Aníbal Fernández era o no “la Morsa”. Él postula su inocencia, alega el periodista al servicio del multimedio, pero aclara que también decía, siendo funcionario, que no había inflación ni inseguridad (Esto solo merece figurar en la historia universal de la infamia).  Vale la pena citar el título de su artículo: 

El alcance de la primera indagatoria de Pérez Corradi

Aunque Aníbal F. no sea “La Morsa”, tiene otras sospechas que despejar 

El uso perverso de la llegada a una audiencia casi cautiva -en la Argentina, el medio dominante y sus satélites acaparan la mayor parte de los sistemas de comunicación (diarios, radio, TV e Internet)- se puede apreciar claramente también en relación a la actuación de distintos gobiernos frente a la epidema covid-19: el público fue bombardeado con informaciones sesgadas que contrastaban la situación argentina frente a la de otros países, en los que se aplicaban medidas de resultados aparentemente muy superiores. 

En un momento dado el ejemplo a seguir fue Brasil, donde el presidente Bolsonaro indujo a sus connacionales a despreocuparse por la pandemia; para el mandatario era “una gripecita”, nomás. Es decir, lo mejor era privilegiar el movimiento económico. Luego el modelo a imitar fue Suecia, despues Uruguay, y más recientemente Chile. 

Los argumentos para desvalorizar la actuación de nuestras autoridades fueron variando según las circunstancias. Inicialmente criticaron la cuarentena, y organizaron manifestaciones en su contra, consiguiendo que se relajara el cuidado necesario para minimizar los contagios (alentando y participando de aglomeraciones callejeras que se realizaban sin empleo de barbijos). Al iniciarse negociaciones con los países proveedores de vacunas, y firmarse un acuerdo con Rusia por la Sputnik-V, atacaron a esta opción con argumentos tan absurdos como que provenía de un país comunista, o que faltaban comprobaciones de su inocuidad  y capacidad de inmunización. O peor aún, que se trataba de un veneno (Elisa Carrió). 

Una vez más la realidad desmintió las afirmaciones malintencionadas de la prensa hegemónica (impulsadas por los intereses políticos contrarios al gobierno, claro) y entonces las críticas viraron hacia señalar que no se proveía a la ciudadania de dosis suficientes. 

En todo momento, el gobierno nacional trató de consensuar las medidas recurriendo al diálogo con representantes de los distintos sectores. Pero es inútil hacerlo con quienes recurren a la insidia con el objetivo de lograr algún rédito político. En tales instancias, lo único que se consigue es potenciar al adversario y recibir acusaciones de tibieza e inoperancia. 

Sea la vacunación, la inconducta de una parte del poder judicial o cualquier otro campo del quehacer nacional, todo intento racional de las autoridades enfrenta una feroz cruzada de aquellos que no vacilan en mentir y tergiversar los hechos defendiendo mezquinos intreses. 

Es hora de que la sociedad despierte y sancione con la indiferencia y el desprecio a esos personeros de la derrota. 

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