Dejó Ciudad Evita y emigró a Suecia: “No está mal lavar copas cuando te pagan 15 euros por hora y estás en blanco”

CIUDADANOS 27 de marzo de 2021 Por Soledad BLARDONE
Hace un año, Antonella Agliolo (25) partió al Viejo Continente en busca de un cambio y hoy asegura que lo consiguió. Trabajó como mesera, recolectó frutillas en el campo, vivió en una granja, cocinó en un restaurante e hizo tareas de limpieza
LLRPU6T6I5EZ5GGSBBBDGQQNCI

El 3 de marzo de 2020, apenas unos días antes que el caos por la pandemia comenzara a desatarse en la Argentina, Antonella Solange Agliolo dejó su casa de Ciudad Evita y tomó un avión hacia Barcelona: su destino final era Dinamarca, donde había planeado instalarse y comenzar una nueva vida. Sin embargo, los vaivenes del COVID-19 modificaron sus planes y terminó viviendo unos meses en ese país, pero también, en Irlanda y en Suecia, donde hoy se encuentra completamente instalada y feliz. Le bastó un año viviendo en Europa para darse cuenta que solo retornará a nuestro país a visitar a los suyos: “No volvería a vivir en la Argentina, solo iría a visitar a mi familia y amigos”, deja en claro en una nota con Infobae, mientras camina por las apacibles y coloridas calles de Estocolmo.

A los 24 años y después de un revelador viaje por el sudeste asiático como mochilera, Antonella decidió que era hora de un cambio de vida. Trabajaba en Buenos Aires como cosmetóloga y mesoterapeuta, una actividad en la que asegura que le iba muy bien. Pero sus ganas de conocer el mundo, de crecer y de buscar nuevos horizontes hicieron que posara sus ojos en Europa, mientras aún espera que le otorguen la ciudadanía italiana. Sin embargo, comenzó una minuciosa búsqueda por internet para saber cuáles eran los países en los podría conseguir una visa de trabajo.


“Siempre me gustó mucho viajar. Soy muy curiosa y me gustan los idiomas. En 2019 me fui sola como mochilera y durante 4 meses al sudeste asiático. Saqué pasaje de ida y vuelta porque lo tomé como una prueba piloto. Recorrí Malasia, Indonesia, Singapur, Camboya... Ahí mismo hice ‘click’ y dije: “No quiero vivir más en la Argentina”. Quería conocer otras cosas... merecía probar otras culturas. Quería un cambio porque me sentía estancada en mi vida profesional y personal, por eso, decidí emigrar. Volví de Asia en octubre de 2019 y empecé a planear el viaje a Europa, para irme a principios de 2020″, cuenta.


Antonella revela que se quería ir rápido del país, mientras esperaba -y aún hoy sigue esperando- la ciudadanía italiana. “Me puse a buscar otras opciones, como intercambios estudiantiles o visas de trabajo. No me importaba trabajar de lo que fuera con tal de poder irme de la Argentina, así que me puse a investigar y encontré varias opciones. Dinamarca me llamó la atención y, en ese momento, el trámite era simple. Se vive y se gana muy bien, al margen de que me iba a facilitar los trámites para obtener la ciudadanía italiana. Era una visa fácil y rápida de obtener sin tantos requisitos, como por ejemplo los que piden en Australia, donde exigen un examen de inglés, una carrera universitaria, etc. Dinamarca solo te pedía un pasaje, un seguro médico y mostrar los fondos económicos necesarios, es decir, solo lo básico. En tres meses, organicé todo y el 3 de marzo llegué a Barcelona. Cuando tomé el vuelo, en la Argentina ni se hablaba de COVID-19: estaba en las noticias pero lo veíamos muy lejano. En España, tampoco noté que le daban importancia al tema, hasta el 8 de marzo que empecé a ver a muchas personas usando máscaras. El 10 de marzo, volé a Dinamarca, ya que mi destino final era Copenhague. Me fui sin la visa porque iba a aplicar allá, ya que si lo hacía en la Argentina tenía que demostrar los fondos económicos y me pedían 2500 dólares depositados en una cuenta bancaria... con todos los problemas que eso implica en nuestro país. Por eso, preferí mostrar ese dinero en efectivo a mi llegada a Dinamarca, donde tampoco te cobraban los 15 mil pesos que me pedían en la Argentina para iniciar el trámite”, explica.

Pero precisamente al día siguiente de su llegada a Copenhague, el panorama se puso muy oscuro. La pandemia ya azotaba a a Dinamarca y se ordenó el cierre de todo aquello que no fuera un servicio esencial, como oficinas públicas, embajadas, escuelas, comercios y hasta las fronteras. Antonella no salía de su asombro: en menos de 24 horas sus planes habían cambiado por completo. “El 11 de marzo, me presenté en la embajada argentina en Copenhague para el trámite de la visa: al día siguiente se declara la pandemia en Dinamarca, así que cerraron absolutamente todo. Éramos miles de argentinos, uruguayos y chilenos, entre otros, que no sabíamos qué hacer... porque hasta podrían habernos echado del país. Ni el Gobierno, ni la Embajada nos daban explicaciones y Dinamarca es un país muy caro para vivir: es uno de los más costosos de Europa. Así que, estar allá sin saber si iba a poder conseguir trabajo, era desesperante”, recuerda.

Pero Antonella había sido muy previsora, ya que antes de viajar había arreglado para hacer un “Work Away”, un intercambio de trabajo por casa y comida. Por lo general, las tareas que se prestan se desarrollan en granjas y, también, está la posibilidad de trabajar como niñera. La oferta que surgió fue la primera y la tomó feliz de poder mantenerse con esa actividad, aunque le preocupaba la demora de la visa de trabajo.


“Me fui a una granja, a 50 kilómetros de Copenhague, donde me dieron casa y comida a cambio de trabajo. Pasaron los meses y no había noticias de la visa. Mucha gente tuvo que volver a sus países, porque se les terminaron los ahorros y no consiguieron ni siquiera lo mismo que yo: poder vivir en una granja a cambio de techo y comida. En junio, finalmente nos dijeron que iban a suspender las visas: quedamos varados y los vuelos de repatriación eran carísimos, al margen de que tampoco queríamos volver. Por eso, me puse a buscar otras alternativas y vi que Suecia estaba disponible”, explica.

El 4 de junio aplicó para obtener la visa de trabajo en Suecia, que tardaba entre 3 y 6 meses, así que tenía que buscar alguna actividad para sobrevivir durante ese período. “El tiempo máximo como turista es de 3 meses, pero los daneses fueron muy considerados y extendieron el plazo. Conseguí empleo como camarera en un restaurante, donde trabajé toda la temporada de verano: lo disfruté muchísimo y pude ahorrar el 90 % de mi sueldo, algo que en mi vida me hubiera imaginado que me iba a suceder. Comía en el local y vivía con mis jefes en una isla al sur de Dinamarca, ya que por lo general, también te dan hospedaje. La pasé muy bien y aprendí un montón. Ganaba bien en la Argentina y era feliz, pero quería un cambio: quería conocer el mundo”, afirma.

“Pude cumplir mi deseo, superé mis expectativas, me di cuenta que soy capaz y útil para adaptarme a cualquier empleo, me divertí, mejoré mi idioma, conocí mucha gente... El trabajo era agradable y, por más que trabajaras muchas horas, no te sentías esclavizada como suele pasar en Latinoamérica. La gente tiene ese prejuicio y dice: “Van a lavar copas a Europa”. ¡No, nada que ver! No está mal lavar copas cuando te pagan 15 euros por hora y estás en blanco. ¡Lo disfrutas un montón!”, asegura.


En Dinamarca, estuvo de marzo a septiembre; vivió durante un mes en la granja a cambio de comida y casa. Después, hizo lo mismo en la casa de campo de una mujer, a quien ayudaba con las tareas del jardín, hacía trabajos de pintura y arreglos, y se ocupaba de la limpieza. “Era muy relajado y la señora me hacía sentir como alguien más de su familia, Trabajaba solo 3 o 4 horas diarias, 4 o 5 días por semana y me hacía una comida excelente: no me daba sobras o arroz. ¡Nada que ver!”, dice. “En mayo, empecé a conseguir mis primeros trabajos. Hice un par de limpiezas en casas particulares, pasé un mes recogiendo frutillas en un campo -en plena temporada de cosecha- hasta que conseguí trabajo de mesera por 3 meses. Pero en septiembre, se me terminaron los permisos de extensión, así que me fui con una amiga de vacaciones a Chipre, mientras esperaba noticias de Suecia. Después, me fui a Dublin, en Irlanda, donde trabajé otros tres meses como mesera, cajera y hasta ayudé en la cocina de un restaurante de comida rápida, que pertenece a la ex mujer de mi jefe en Dinamarca. Me recomendó y me tomaron con alojamiento y comida. Solo ahí sufrí la cuarentena, porque en Dinamarca nunca la tuvo -ni siquiera se usaba barbijo- pero en Dublin el tema fue mucho mas riguroso”, aseveró.


Finalmente, el 6 de noviembre tuvo buenas noticias: su visa estaba aprobada y partió a Suecia, donde vive ahora junto a su novio, un cordobés a quien conoció a través de un grupo de WhatsApp para viajeros y a quien recién pudo ver en persona varios meses después. “A los 3 meses que vine a Suecia, llegó mi novio. Hicimos un viaje en auto para recorrer el país, mientras nos salían los papeles. Pero, como yo ya había trabajado bastante, quería encontrar un empleo que realmente me gustara: no quería estresarme, tenía dinero ahorrado y no tenía apuro. Ambos nos pusimos a buscar empleo y, al principio, nos costó encontrar. Yo tenía muy claro que no quería un trabajo full time: no iba a agarrar lo primero que encontrara, como hace cualquier persona que acaba de emigrar”, afirmó.


Mientras seguía buscando una actividad acorde a sus expectativas, Antonella hizo una pasantía en una radio cultural, ya que había estudiado un año y medio de periodismo. “Me pareció divertido, pero después conseguí trabajo en una empresa de delivery y eso es lo que hago ahora. Estoy muy contenta porque manejo mis propios horarios, ando en bicicleta por toda la ciudad -algo que me encanta hacer- no tengo mucha presión, no cumplo horario de oficina, no tengo días fijos, elijo los turnos y trabajo cuando quiero. No es el mejor trabajo del mundo, pero es lo que yo busco ahora: algo tranquilo, sencillo, que no me estrese, que me permita manejar mis tiempos para poder disfrutar de cosas simples, como leer un libro a la tarde, estudiar, descansar, entrenar, conocer la ciudad... Me gusta mi trabajo de delivery, el sueldo es muy bueno: me alcanza para vivir bien, puedo ahorrar y hasta darme gustos. Que sea un trabajo no calificado no hace que vivas mal, porque acá todos los sueldos son muy buenos”, sostuvo.


“Hago delivery en bicicleta porque es lo que más me gusta, pero tenés la opción de hacerlo en moto o auto. La mayoría de las personas creen que acá solo se encuentra trabajo no calificado, como camarero, cocinero, limpieza... Sí, es lo más fácil de conseguir -sobre todo cuando no sabés idioma o no tenes estudios- pero te pagan muy bien y no es como en la Argentina, que si limpiás casas no llegás a fin de mes. Te pagan entre 10 y 15 euros por hora de limpieza. Si tenés estudios siempre es más fácil, pero hay un sinfín de posibilidades, porque podes trabajar como chofer o haciendo limpieza en casas u oficinas, y vas a vivir muy bien. Insisto, con cualquier trabajo vivís y comes bien, ahorrás, te das tus gustos, te compras las zapatillas y la ropa que querés... Claro, con estudios accedés a otros trabajos, como secretaria -por ejemplo- o como varios de mis amigos que trabajan como ingenieros en sistemas o en software. ¡Hasta conocí gente que vive de hacer castings, trabajando como extras en actuaciones! Les pagan sólo por quedarse parados simulando que esperan un tren, mientras graban una publicidad”, dijo.

Antonella cuenta que una de las primeras cosas que la sorprendió en su llegada a Suecia fue la gran cantidad de latinos que viven en ese país y el buen trato que reciben los inmigrantes. “Hay mucha comunidad latina, gente que vive hace años, familias formadas por suecos con chilenos, peruanos, argentinos, colombianos... No hay solo jóvenes esperando una visa, sino que hay mucha gente grande que está instalada hace mucho. Es un país muy abierto a los inmigrantes”, destacó.

Pero, a pesar de que sólo pasó un año desde que emigró, asegura que extraña muy pocas cosas de la Argentina, excepto -claro está- a su familia y amigos, pero también, los asados y, sobre todo, la cancha de Boca. Sin embargo, cuando pone en la balanza todo lo que encontró fuera de su país, la lista es mucho más extensa.
“Lo que más disfruto es la seguridad. Vivía en Ciudad Evita, en la provincia de Buenos Aires, y acá tengo la tranquilidad de saber que a la noche puedo volver sola a mi casa, porque nadie me va a robar o a violar. Podés darte el gusto de comprarte el celular más caro y sabés que nadie te lo va a tocar. Trabajo con la bicicleta, la dejo en Estocolmo hasta el otro día y me vuelvo en metro a casa, porque vivo lejos. Pero cuando vuelvo a buscarla, ¡la bicicleta está donde yo la dejé! Eso sería impensado en Buenos Aires, ¿no?”, pregunta.

“Por otro lado, acá voy al supermercado y no me tengo que estar fijando en los precios porque son siempre los mismos y, si cambian, ¡es porque bajaron! No me tengo que privar de comprar carne, porque sino no llego a fin de mes. ¡Eso no existe en este país! Las calles son limpias, la gente se toma en serio el reciclado y la ecología. En el invierno, no pasas frío ni siquiera en la calle, porque tenés calefacción hasta en las paradas del bus y el metro. La tecnología que tienen las casas es asombrosa, la estabilidad económica que impera... ¡Hasta bajan el precio de la nafta!, ¿te imaginás eso en la Argentina? Nunca pensé que iba a vivir para verlo... Es otra vida...”, indica.


Pero la lista continúa. “Me sorprendió que, tanto en Dinamarca como en Suecia, todos hablan inglés: chicos, adultos y ancianos. Aprenden en las escuelas y todo está señalizado en ambos idiomas. Otra cosa que me llama la atención es que, en cada inicio del ciclo lectivo, los padres no tienen que comprarles los útiles a sus hijos: todo lo que necesitan usar en la escuela se los brinda el Estado con lo que recaudan de impuestos. También, lo hacen para que todos los niños y adolescentes estén al mismo nivel, y no que un alumno tenga una mejor mochila que otro. Los impuestos son caros: van del 30 al 50% de los ingresos, pero realmente no lo notás porque los sueldos son muy buenos y el dinero que el Estado recauda lo ves invertido en la educación, en los subsidios para los estudiantes -que, por ejemplo, no pagan el uso del transporte público- y, ade la medicina es gratis. Es un mito de que la medicina sueca es cara: lo es para el turista, pero no para el residente. Es increíble la cantidad de impuestos que se pagan, pero acá todo funciona bien. Ni que hablar de la seguridad, la limpieza de las calles, el excelente mantenimiento de las ciudades... Es espectacular”, indica.

“Otra cosa que me sorprende, y me gusta, es que en Suecia -creo que es igual en Dinamarca- por lo general, el 90% de los puestos de trabajo se pagan por hora y el empleado no está obligado a cumplir una jornada laboral fija. Son muy flexibles con los horarios y eso es muy bueno, porque uno puede tener una vida, además de un trabajo y, por ejemplo, puede tomarse tres días para hacer un viaje. ¡O un mes entero! En la Argentina, para poder tomarte ese mismo mes de vacaciones, tenés que trabajar como 20 años. Me gusta porque lo veo con mi espíritu de viajera: son más libres y manejan todo con turnos laborales. Puedo elegir trabajar mucho uno semana y a la siguiente no, o hacerlo muchas menos horas. Solo tenés que avisar unos días antes, pero no te van a echar por eso. Ese sistema te permite que te organices mucho mejor, te da más libertad y no hace que estés todo el año trabajando, para después tener una semana o 15 días de vacaciones”, dijo.


Antonella cuenta que los suecos se levantan entre las 6 y las 7 de la mañana, se toman una hora para desayunar, van al gimnasio, salen a correr, llevan a los chicos al colegio y almuerzan entre las 11 y las 12 del mediodía. Después, entre las 18 y las 19, se sientan a cenar. “Lo tengo bien claro porque hago delivery de comida y veo que al mediodía almuerzan comida fría, una especie de pan lactal con alguna verdura o pescado; mientras que a la noche, ingieren un plato caliente. ¿Otra curiosidad? Ni en los supermercados, ni en los kioscos se vende alcohol. En los primeros, solo se consiguen cervezas suaves o bebidas que no superen el 3% de graduación alcohólica. El resto se vende en una tienda que está monopolizada en todo el país y se llama Systembolaget. Así que, si te olvidaste de comprar el vino para la cena y estas tiendas ya cerraron, ¡olvidáte! No hay kiosquito ilegal, ni un delivery de alcohol que te salve. Te piden tu documentación y no podés ir con menores. De hecho, cierran el 23 de diciembre a las 15 y reabren el 28 de ese mes. Así que durante todos esos días, incluyendo Navidad, te quedás sin alcohol si no tuviste la previsión de comprarlo antes”, afirmó.

El medio de transporte sueco por excelencia es la bicicleta y los monopatines eléctricos, que se pueden alquilar mensualmente a un precio muy accesible. “Es muy sano, entretenido y barato. La ciudad está muy preparada, ya que hay bicisendas por todos lados y rampas especiales con ascensores. Eso sí; el clima es muy duro y la pasé muy mal con 10 grados bajo cero y tanta nieve”, revela. “Ahora, quiero instalarme en otro país de Europa, pero no en uno nórdico. Me gustaría vivir en países como Francia, Alemania, Italia, España.... Tengo 25 años y, por ahora, no quiero instalarme en ningún lado puntual porque quiero seguir moviéndome. También, me gustaría ir a Australia y a Nueva Zelanda, que siempre fueron mis dos objetivos principales, pero no es nada fácil lograr emigrar allí. En Canadá, hay buenas posibilidades de obtener la visa... pero la verdad es que todavía estoy intentando descubrir cuál es mi lugar en el mundo”, explicó.


“Tengo la visa de Suecia disponible hasta el 31 de octubre, con la posibilidad de extenderla si un empleador me contrata de manera permanente, pero a mí me gusta trabajar y, a la vez, poder moverme. Hungría, Noruega y Alemania están abiertos con otros tipos de visa y siguen aceptando argentinos con “Working Holiday”. Estoy terminando de tramitar la ciudadanía italiana, porque con la ciudadanía europea ya no necesito más visas”, indicó.

A todas aquellas personas que hoy piensan en emigrar, Antonella les recomienda que no posterguen su sueño y se arriesguen, porque -si la experiencia no resulta buena- siempre está la posibilidad de volver. “Todos tenemos mucho miedo cuando emigramos, pero hay que animarse y probar. Si no es lo que esperabas, siempre podés volver o, incluso, probar en otro país. No está mal volver... porque volver no es fracasar. Lo hacés porque probaste y no fue lo que esperabas. Yo luché por lo que quería y lo logré, a pesar de que tenía todo en contra, pero nunca bajé los brazos. Volver a la Argentina hubiera sido peor, por eso, puse todo mi esfuerzo para quedarme”, indica. “Después de haber vivido acá, no siento que pueda volver a instalarme allá. A fin de año, planeo visitar a mi familia y amigos, ir a la cancha, llenarme la valija de alfajores, comer muchos asados, ir de compras... pero no planeo volver, ni buscar un trabajo y una casa. Después me vengo a Europa... No volvería a vivir en la Argentina, sólo iría de visita”, finalizó Antonella Agliolo.

Fuente: Infobae

Te puede interesar