Enredados en el pasado mientras llega el futuro

OPINIÓN 29 de marzo de 2021 Por Claudio Jacquelin*
La actualidad del pasado puede opacar o eclipsar, pero no impedir, un decurso del tiempo en el que se empiezan a percibir algunos rasgos del futuro; varios hechos lo ponen de manifiesto a ambos lados del bicoalicionismo
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Las imágenes, como espejismos, pueden conducir al error. Empeñados (o inducidos) a revisar y discutir una y otra vez el pasado, cuesta advertir la construcción del futuro, que inexorablemente llegará, si no es que ya llegó. La política de estos días lo demuestra.

Cristina Kirchner y Mauricio Macri retomaron su centralidad y renovaron su vigencia, casi al mismo tiempo en que se producía el necesario e ineludible recuerdo de la dictadura nacional más sangrienta, iniciada hace 45 años y a la que la inmensa mayoría de los argentinos ya sentenció con el inapelable “Nunca más”. La democracia, en tanto, sigue acumulando cuentas no saldadas, que pasan facturas e impiden discusiones sobre el porvenir

Complejiza el presente un Alberto Fernández atrapado en su función de bisagra entre un tiempo y otro, que repone debates cuya oportunidad y beneficio resultan más que dudosos. Lo evidenció con el acercamiento fáctico a la autocracia venezolana de Maduro. También, con la profundización de las diferencias en el Mercosur por incomprensión de planteos y necesidades de los demás socios del bloque. Y por orgullo propio herido. Aunque no es su par Luis Lacalle Pou quien más ha golpeado y golpea recurrentemente su autoridad y (elevada) autoestima. Al uruguayo le tocó ser destinatario de una transferencia de impotencias.

La actualidad del pasado, sin embargo, puede opacar o eclipsar, pero no impedir, un decurso del tiempo en el que se empiezan a percibir algunos rasgos del futuro. Varios hechos lo ponen de manifiesto a ambos lados del bicoalicionismo en el que está estructurada la política nacional.

Las elecciones internas del radicalismo en los tres principales distritos del país movilizaron un número nada despreciable de afiliados para revitalizar a ese partido, que alimenta con hechos sus deseos de ser algo más que un mero acompañante en la alianza opositora. Discusiones por venir en el futuro cercano de la alianza opositora.

La terapia de rejuvenecimiento radical se produjo casi al mismo tiempo que Macri volvió para consolidar su núcleo duro de apoyos y a reposicionarse en el papel de contrafigura de Cristina Kirchner, como ocurre desde hace casi una década. El expresidente reafirmó que su liderazgo dentro de Pro no tiene todavía quien se anime a discutirlo y a desafiarlo públicamente. Aunque su reaparición también ahondó debates y cuestionamientos dentro de su propio espacio, que se mantienen bajo la superficie, ya sea por conveniencia, falta de intrepidez o mero cálculo de quienes pretenden convertirse en opciones superadoras. En Pro, la revisión de roles, funciones y proyectos para el “segundo tiempo” están más vivos que antes, aun cuando muchos todavía no superaron “Primer tiempo”.

La recorrida a la que Horacio Rodríguez Larreta sumó al expresidente la semana pasada opera como un buen ejemplo de que el presente es menos estático y unidimensional de lo que parece. Pese a las tensiones y diferencias subyacentes entre ambos (y, sobre todo, entre los respectivos entornos), Larreta considera beneficiosa la reaparición de Macri: empieza a tener la función de pararrayos.

En medio de la lluvia ácida a la que el oficialismo, sobre todo el kirchnerismo, lo somete desde el año pasado, el jefe de gobierno porteño aprovecha que el expresidente absorba esta nueva andanada y dé la pelea frontal que él prefiere seguir postergando. Aun a costa de relegar protagonismo y construcción de liderazgo. Todavía Larreta está tratando de definir cómo deber ser el nuevo traje que intenta vestir y, más aún, de superar algunos tropiezos que lo mostraron fuera de forma.

La tácita aceptación de Macri de que no descarta competir por la presidencia en 2023 no es vista por Larreta como un gesto de mezquindad capaz de obturar su proyecto personal, sino como una solución para no adelantar los tiempos. Otra coincidencia con María Eugenia Vidal. “Nadie es presidente tres años antes”, suelen decir los colaboradores más cercanos del gobernante porteño, con cierta autoindulgencia y con un sistema de medición del tiempo que no es totalmente compartido en ese subespacio.

Mientras tanto, Patricia Bullrich no duda y avanza sin límites territoriales, con una contracción y militancia poco usuales en el macrismo, a lo que suma el beneplácito y la tolerancia que Macri les dispensa a muy pocos. La exministra, que amenaza con complicarle a Larreta el distrito que creía tener alambrado, comparte con el expresidente la convicción de que solo hay lugar para la confrontación con el kirchnerismo. Aunque eso sirva para consolidar la base propia, antes que para expandir las adhesiones.

Menos benévolos son con la reaparición de Macri dirigentes muy cercanos a Larreta, que no solo trabajan para el proyecto presidencial de su jefe, sino también para construir su propio destino político. “Nos quieren meter a todos en lo mismo y seguir discutiendo el pasado, pero resistiremos”, dicen algunos habitantes de la calle Uspallata.

Amenazas al statu quo 

Con ellos coinciden los radicales que tienen por referente a Martín Lousteau, empoderado por el desempeño en las elecciones del radicalismo. El rotundo triunfo en el territorio porteño y las estrechas derrotas cordobesa y bonaerense de sus listas tienen valor a futuro, aunque el internismo radical y la resistencia a una renovación de algunos dirigentes de larga trayectoria partidaria no le allanarán el camino. El futuro puede ser una amenaza para quienes encuentran en el statu quo su zona de confort.

Juntos por el Cambio se debate así en una transición que va desde la explicación (o justificación) de la experiencia presidencial fallida y la reconstrucción de su base electoral hasta la renovación de dirigentes y candidatos sin contar con un sistema institucionalizado de resolución de diferencias. Macri ha vuelto a ubicarse en el vértice, pero ya no es un lugar indiscutido.

De cualquier manera, la renovación generacional en marcha no alcanza a mostrar con claridad cómo y con qué se diferenciarán de lo que quieren cambiar. Algunos advierten, sin ofrecer ideas ni tácticas superadoras definidas, que en la revisión de su pasado y en la leve autocrítica esbozada Macri sigue sin asignarles un lugar relevante a los métodos de construcción política utilizados. El foco continúa en las trabas y la incomprensión de los otros y en algunos errores técnicos de gestión. Volver a ser una opción de poder requiere de algo más.

En la otra vereda, mientras el gobierno de Fernández tropieza con el pasado, que todo el tiempo se le vuelve presente, y no parece atender a lo que el espejo retrovisor muestra avanzando a sus espaldas. La impactante reaparición pública de Cristina Kirchner el 24 de marzo fue tan rica en señales, gestos y mensajes que algunos detalles no tuvieron toda la atención que merecían.

La escenografía tanto como la ubicación y los roles protagónicos del acto constituyeron la obra misma. La vicepresidenta, rodeada de Axel Kicillof y Máximo Kirchner, a quienes más de una vez dirigió frases y miradas, hablan de la distribución del poder en la fracción más poderosa del oficialismo, tanto como condensan el pasado, el presente y, sobre todo, el futuro de ese espacio.

Se sabía que el gobernador y su hijo son las apuestas de mediano y largo plazo de Cristina Kirchner. Lo ratificó con una ruidosa exposición pública en uno de los momentos más complicados de la gestión de Alberto Fernández.

Se puso tan al frente de la situación que arrojó más sombras sobre el Presidente, aunque se propusiera darle un respaldo para atravesar el complicado presente, como dicen algunos referentes del oficialismo. La potencia que de ella sigue emanando tiene esos efectos. En cambio, es interpretado de manera casi unánime lo que quiso decir respecto del futuro. En la foto no estaba Fernández. Sí, Axel y Máximo.

Merece destacarse, entonces, una frase del discurso que pronunció ayer por la mañana el hijo bipresidencial, para cerrar la sesión de Diputados en la que se aprobó el proyecto de reducción del impuesto a las ganancias. Hizo suyo lo que su madre ya había dicho en una de sus cartas públicas: “Alberto, a diferencia de Cristina, es una persona que dialoga, y miren cómo pagan la oposición y los medios. Ahora el diálogo es una debilidad”. En la exégesis convendría incluir no solo a los adversarios políticos entre los destinatarios de la reflexión (o chicana). Especialmente en la Casa Rosada. Proyecciones.

Discutir el pasado puede ser menos complejo que definir el futuro. Pero no impedirá que llegue ni evitará que venga con las formas, los elementos y los nombres con los que ya se está construyendo. Para no sorprenderse.

 

 

* Para La Nación

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