La inflación es multicausal pero la vacuna se produce en el Banco Central

ECONOMÍA 18 de abril de 2021 Por Enrique SZEWACH
Mientras sigamos queriendo combatir la suba generalizada de precios con los instrumentos equivocados, el problema no hará más que agravarse
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Como ya conté más de una vez, el mundo terminó con la pandemia de la inflación cuando los países decidieron centralizar en sus Bancos Centrales la responsabilidad de combatirla. Para ello, les otorgaron a sus autoridades la credibilidad y el respaldo institucional requeridos, y limitaron legalmente la emisión monetaria para financiar sus déficits fiscales. Los Bancos Centrales ganaron reputación y la confianza del público en su tarea de defender el valor de la moneda que emiten, sostenidos en ese trípode: credibilidad, centralización de la responsabilidad e instrumentos para ejercerla eficientemente. A su vez, el rol de las Secretarías de Comercio se concentró en establecer los niveles de protección arancelaria y no arancelaria respecto de los bienes importados y en asegurar la competencia interna y la defensa de los consumidores. En síntesis, dos objetivos bien diferenciados. Los Bancos Centrales para combatir la tasa de inflación y las Secretarías de Comercio para definir la competencia interna y externa en los mercados.

Como seguramente intuyen el amable lector y la amable lectora, en la Argentina, con la excusa de que “la inflación es multicausal”, se mezcló todo. La responsabilidad de la inflación se diluyó entre el Banco Central y la Secretaría de Comercio. Es más, en la práctica, se le otorgó la responsabilidad primaria de la inflación a la Secretaría de Comercio, mientras el Banco Central funcionó como una caja adicional de la Tesorería. Obviamente, esta desorganización institucional llevó a la destrucción del valor de la moneda, convirtiendo al peso en una cuasimoneda y al dólar en la moneda de referencia de los argentinos.


Es por eso que ahora, la multicausal inflación argentina depende, fundamentalmente, del precio del dólar. Y como el precio del dólar, a su vez, se vincula con la política monetaria y con el stock de reservas, al final del día, la llave para controlar la inflación la tiene el Banco Central y no la Secretaría de Comercio. Pero como el Banco Central no tiene el marco institucional adecuado, ni reputación, ni credibilidad, carece de capacidad para influir en las expectativas de inflación, por lo tanto, no puede convencer “de palabra” como hacen la mayoría de los bancos centrales del mundo, si no que tiene que convencer “con dólares”. Cuando el Banco Central tiene muchos dólares en sus reservas y el Estado tiene superávit fiscal o pocas necesidades de emisión, el régimen inflacionario de la Argentina tiene un “aire de familia” con los regímenes inflacionarios más civilizados. En cambio, con pocas reservas, perspectivas negativas para aumentarlas y el Tesoro con déficit fiscal financiado con emisión, la Argentina tiene un régimen inflacionario “salvaje” que, algunas veces, por el deterioro de las condiciones políticas, llega a ser hiperinflación.

Hoy estamos en medio de ese régimen “salvaje”. En realidad, estamos bajo ese régimen desde la crisis cambiaria del 2018, moderado, en su momento, por el acuerdo con el FMI, la recesión y una política monetaria muy dura, y retomado luego por la explosión posterior a las PASO, cuando las expectativas de que se venía otra vez el kirchnerismo “coordinaron” una mayor dolarización de portafolios. Un Banco Central sin reservas y un Tesoro necesitado de la emisión de pesos en cantidades equivalentes a 5 o 6% del PBI, explican la multicausalidad inflacionaria argentina. En parte del año pasado, hubo cierta moderación por la recesión del COVID y la demanda de pesos por precaución, pero apenas se empezaron a levantar las restricciones a la movilidad, ya a partir de septiembre, volvimos al régimen actual.

La emisión de pesos se traslada, después de cierto tiempo, a la demanda de dólares. Esa demanda hace subir la brecha. La brecha afecta directa o indirectamente a las reservas del Banco Central. Se acelera, entonces, un círculo perverso. El Banco Central incrementa los controles sobre las importaciones y el movimiento de capitales. Esos controles llevan al sector privado a fijarse más en el precio del dólar libre que en el del dólar oficial, al momento de definir los costos de reposición de sus stocks y su rentabilidad. Es allí donde hace su entrada triunfal la Secretaría de Comercio, tratando de evitar que la brecha se traslade a los precios, mientras el Banco Central “atrasa” el precio del dólar oficial y usa parte de las reservas para intervenir en el mercado del dólar libre. Pero como la emisión de pesos continúa, y el Banco Central no puede, o no quiere, usar la tasa de interés como mecanismo equilibrador del mercado de pesos (tema para una nota más específica), la presión sobre la brecha continúa, y entonces, más controles y más intimidaciones de la Secretaría de Comercio. Puede haber “pequeñas alegrías” de muy corto plazo, pero este régimen inflacionario sólo se corta con otra situación fiscal, otro Banco Central y un esquema regulatorio favorable al ingreso de capitales y a la inversión, Pero ese marco regulatorio nuevo, necesita de otro contexto político.

En síntesis, en el actual contexto político, con el actual esquema fiscal, monetario y regulatorio resulta imposible modificar este régimen inflacionario. Podrá haber mejoras transitorias, si las hay, pero serán eso, transitorias.

Y menos mal que la suba en los precios de los commodities que exportamos le ha permitido al Banco Central no perder más de las escasas reservas que tiene, que si no la situación ya se hubiera hecho insostenible. Y si el Gobierno pretende frenar los precios de los exportables cerrando las ventas al exterior corre el riesgo de agravar aún más la situación, porque la tasa de inflación de fondo no va a bajar, y sí van a caer las exportaciones y las reservas, alentando las expectativas de inflación futura.

Mientras sigamos queriendo combatir la inflación con los instrumentos equivocados, la multicausal inflación argentina seguirá siendo un grave problema.

No sé por qué recuerdo en este momento la vieja anécdota que involucra a dos extraordinarios actores: Dustin Hoffman y Laurence Olivier, quienes filmaron juntos una muy buena película de mediados de los setenta del siglo pasado: Marathon Man. En un alto de la filmación, Hoffman le comenta a su colega que llevaba dos días sin dormir ni comer, para poder ser más verosímil en la escena en la cual su personaje había pasado dos días sin comer ni dormir. Ante esa situación, Laurence Olivier lo miró y le dijo: “Jovencito, ¿y si prueba con actuar?”.

Fuente: Infobae

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