La historia secreta detrás de la guerra por las tarifas

POLÍTICA 02 de mayo de 2021 Por Nancy PAZOS
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Ni se fue Federico Basualdo ni se irá Martin Guzmán. Para que sean certeras, a ambas afirmaciones hay que adosarles un sensato “por ahora”. Pero la disputa por la continuidad del subsecretario de Energía, un cargo absolutamente menor en el universo del poder, desnudó como nunca los problemas innatos al primer gobierno de coalición que funciona de facto en la Argentina. Sin el visto bueno del Presidente no se puede avanzar. Pero sólo con su palabra claramente no alcanza.

Cuando Raúl Alfonsín acordó la reelección de Carlos Menem a cambio de una reforma constitucional que incluyera la figura de un Jefe de Gabinete al estilo de los primeros ministros europeos, ya intuía que el país necesitaba resortes más rápidos que las urnas a la hora de las reiteradas crisis económicas y políticas. El líder radical ideó ese mecanismo como un mix posible entre el presidencialismo y el parlamentarismo pero se murió sabiendo que en los hechos su idea nunca funcionó en ese sentido. Los jefes de Gabinete no hicieron más que reforzar el presidencialismo de los gobiernos de turno. Pocas veces fueron cargos ejercidos por aliados políticos. Más bien terminaron siendo siempre funcionarios a tiro de decreto.


El actual gobierno, en ese sentido, sigue esa tradición. Santiago Cafiero (“el nieto” o “cafierito”, como lo apodan sarcásticamente) es el brazo ejecutor de Alberto Fernandez. Sin juego propio, sin historia previa con sus pares políticos, sin peso específico. Una especie de Marcos Peña de Mauricio Macri con menos roce internacional e intelectual y posiblemente mucha menos maldad.

Sin embargo, el espíritu de lo que pretendía Alfonsín para la constitución de un gobierno de coalición nunca se plasmó en los hechos tanto como ahora. No desde la Jefatura de Gabinete. Pero sí desde el ejercicio cotidiano del poder.

Fernandez relega protagonismo y hasta paga el precio de aparecer dubitativo, en pos de mantener la unidad y el equilibrio de una alianza política que tiene diversidad de origen y de métodos pero con un objetivo claro y unívoco: evitar que la derecha vuelva a gobernar el país.

Después de un año y medio de funcionamiento está claro que Cristina Fernández de Kirchner tiene poder de veto -de funcionarios y de medidas-, que Sergio Tomas Masa sostiene su cuotaparte de la sociedad -fue el encargado de elegir al sucesor de Mario Meoni-, que Axel Kicillof tiene una interlocución privilegiada con el Presidente -los últimos DNU son casi una prueba de amor hacia el bonaerense-, y que Máximo Kirchner y La Cámpora pueden hacer sostener a un subsecretario a pesar del deseo contrario del ministro estrella, Martin Guzmán.

También queda claro que esta suerte de poder “cuotificado” ralentiza la gestión y muchas veces confunde. A tal punto que el viernes la propia coalición gobernante pareció estallar por los aires cuando se anunció primero el pase a retiro del subsecretario de Energía, Federico Basualdo y después se lo ratificó en el cargo.

La historia secreta detrás de esa comedia de enredos es una muestra cabal de un gobierno que aún no cristalizó la coalición de poder en un mecanismo de toma de decisiones orgánico y dinámico. Alberto interlocuta con todos de manera radial, va tomando decisiones y cambiándolas a medida que recibe las distintas demandas y observaciones. En el medio, obviamente, muchos se marean.

Guzmán fue y sigue siendo una apuesta personal de Fernández. Con roce académico y un equipo compacto, fue ganando terreno en el armado del poder gracias a su descontada supremacía intelectual, a su prepotencia de trabajo y a sus primeros logros objetivos de gestión: el cierre con los bonistas privados y la puesta en caja del dólar.

Recién llegado de una gira internacional en la que se sintió mimado hasta por el Papa, el ministro aterrizó en Buenos Aires con los bríos de un púber. Las tarifas de energía eran uno de sus temas pendientes y jugó todas sus fichas a terminar la semana resolviendo la cuestión.


El Instituto Patria, o el ala izquierda de la coalición, habían puesto un tope al aumento: 9%. Las empresas y el establishment pugnaba por un 30 o 40% y Guzmán pensando en el déficit, en el posible acuerdo con el Fondo, en la macro y en la inflación, se plantó en un 15% en dos cuotas.

A principio de semana, en una charla a la que asistió también Cafiero, el ministro de Economía se fue del despacho presidencial convencido que Fernández avalaba su postura. No sólo pidió pista para el aumento del 15% sino que alegó impericia del subsecretario para avanzar en una segmentación de los usuarios de energía eléctrica y pidió su cabeza. Gran admirador de CFK, Guzmán creyó que Basualdo entraba en la categoría de “funcionarios que no funcionan”.

El jueves por la noche desde Presidencia le llegó la esperada luz verde. Guzmán avanzó confiado creyendo que los Fernández ya se habían puesto de acuerdo. Y arremetió sin piedad. Le mandó a pedir la renuncia a Basualdo a través del secretario del área. Ante la resistencia, pidió el aval de Cafierito y por último dio la orden a su equipo de prensa de divulgar la noticia.

¿Qué le hizo pensar a Guzmán que podía cargarse a un kirchnerista de pura cepa sin consecuencias? 🤷🏻‍♀️ La verdad es una verdadera incógnita. Está claro que pensó que el tema había sido discutido y consensuado entre el Presidente y la Vicepresidenta. Pero a esta altura el ministro no puede darse el lujo de tanta ingenuidad.

Si bien repite en público y en privado que responde siempre a las directivas del Presidente, Guzmán no tuvo reparos en tomarse un avión a El Calafate en febrero para charlar largo y tendido con la Vicepresidenta.
Es decir, lejos de esa apariencia constante de vivir en Narnia, Guzmán sabe cómo navegar en el poder.

Pero posiblemente no conozca todos sus códigos y ahora está pagando las consecuencias. El viernes el decreto con el aumento del 9% en las tarifas se publicó en el Boletín Oficial. En el mismo momento en que se desmentía oficialmente la salida de Basualdo.

“Esperé un año y medio, puedo esperar dos semanas más o dos meses”, concluyó Guzmán ayer ante sus colaboradores ya bajada la espuma inicial donde había quienes creían que el ministro estaba dispuesto a jugar al todo o nada poniendo su renuncia sobre la mesa.

Está claro que la inteligencia también le está permitiendo a Guzmán adecuarse o reconocer errores. Pero más claro está que Alberto Fernández debería tomar este viernes de furia, en el que terminó desgastado su principal ministro, para encontrar un mecanismo de toma de decisiones mucho más funcional en tiempo electoral.

Quizás reflotar el comando de campaña del 19 no sería mala idea. Por entonces funcionaba de manera orgánica una mesa en la que se sentaban los Fernández, Massa, Máximo y Cafiero. Ese era el núcleo del poder y de ahí se bajaban todas las líneas directrices.

Así como Menem supo tener a su alrededor un anillo de colaboradores que lo defendía de sí mismo (los famosos apóstoles), Fernández debería empoderarse con su mesa política.

Porque está claro que el manejo radial para un gobierno de coalición termina siendo un problema más que una solución.

Fuente: Infobae

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