Para Alberto, la culpa siempre es del otro

OPINIÓN 21 de mayo de 2021 Por Fernando González*
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“La ola de Covid agarró a la Argentina con la guardia baja. La gente muere en menos de una semana. Hay una gran politización de la pandemia, ya que se acercan las elecciones legislativas. La vacunación avanza lentamente y el panorama parece sombrío”.

En el universo paralelo en el que parecen vivir algunos funcionarios del Gobierno, esos cinco conceptos podrían haber sido escritos por cualquiera de los enemigos que se inventan para contrarrestar a los demonios de la ineficacia. Pero no fue Rodríguez Larreta, ni Macri ni Elisa Carrió. No fueron los jueces de la Corte ni los empresarios ni los productores agropecuarios. Y tampoco fueron los medios de prensa hegemónicos, esa ficción que le gusta imaginar y repetir al kirchnerismo.

Los comentarios críticos para los pobres resultados de la Argentina contra la pandemia se publicaron en The Guardian, el prestigioso diario británico con una mirada editorial de centroizquierda. El mismo que, en mayo del año pasado, había elogiado la estrategia sanitaria de Alberto Fernández y, sobre todo, el consenso logrado con los gobernadores y con los intendentes. El Presidente lideraba una concepción diferente de su gestión y su imagen volaba en las encuestas de opinión. Ese país quedó muy lejos.

La Argentina se ha convertido en un país que disputa la mayor cantidad de muertos diarios por cada millón de habitantes, ranking en el que ahora compite con la India y a Brasil, diezmados por dos cepas mortíferas que se iniciaron en sus territorios.

Las vacunas prometidas por el Presidente para el verano pasado nunca llegaron. Vinieron con cuentagotas cuando empezó el otoño y ahora hay que pasar el invierno. Una metáfora que popularizó el ingeniero Álvaro Alsogaray, mucho antes de terminar subsumido en uno de esos experimentos de autodestrucción política que son las llamadas patas del peronismo.

El Presidente no necesita asesores con honorarios espectaculares para saber que su caída comenzó cuando se recostó en los vicios institucionales del kirchnerismo. Sus ataques a la Ciudad, la entrega mansa de ministros que le respondían, la proliferación de la vacunación VIP y la genuflexión ante el proyecto judicial de Cristina Kirchner derrumbaron su credibilidad hasta los niveles más bajos de los peores momentos de la democracia. “Para mi pesar, tuve razón”, sorprendió el jueves, durante el anuncio de un nuevo encierro total como única herramienta para contener la ola de contagios y muertes de la segunda ola.

Alberto Fernández pretendió centrar la responsabilidad de la suba de casos sobre el funcionamiento de las escuelas porteñas. Sin mencionar que la ausencia de clases presenciales en las aulas bonaerenses no impidió que la Provincia se mantenga al frente en cantidad de contagios. Y olvidando hacer alguna referencia al descalabro sanitario que Formosa recién da a conocer en estos días. La culpa siempre es del otro. Como ha sido costumbre desde que se deslizó en la curva descendente, no hubo ninguna autocrítica. Apenas una descripción de las cifras escalofriantes de la Argentina, como si no fuera él quien gobernara.

El lock down nacional de nueve días refleja, al menos, la reacción de la dirigencia argentina frente a la tragedia del coronavirus sin consenso y la apuesta a un atisbo de racionalidad. Los esfuerzos son desperdigados y, por lo tanto, insuficientes. La promesa presidencial repetida de vacunas que vendrán en algún momento. El anuncio del gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, sobre la compra a China de un millón de dosis que podrían resolver algún problema en el norte. Y el desafío para Rodríguez Larreta. ¿Podrá retomar las clases en la Ciudad cuando terminen estos nueve días de cuarentena dura? Los porteños, y muchos más argentinos, esperan expectantes la resolución de un conflicto sobre el que ya había fallado la Justicia.

 

 

* Para Clarín

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