El problema Bullrich

OPINIÓN 29 de mayo de 2021 Por Jorge Fontevecchia*
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El paso del tiempo simplificó el pensamiento del célebre militar y estratega prusiano del siglo XIX Carl von Clausewitz en la frase: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Su tratado De la guerra, de ocho volúmenes, sostenía que en la guerra había tres elementos fundamentales: 1) el odio, la enemistad y la violencia primitiva; 2) el juego del azar y las probabilidades; y 3) la política, el único elemento racional que la justificaba: “la guerra es un acto político”.

Escribió sobre esa trinidad que “el primero de estos tres aspectos interesa especialmente al pueblo; el segundo, al comandante en jefe y a su ejército; y el tercero, solamente al gobierno. Las pasiones que deben prender en la guerra tienen que existir ya en los pueblos afectados por ella; el alcance que logrará el juego del talento y del valor en el dominio de las probabilidades del azar dependerá del carácter del comandante en jefe y del ejército; los objetivos políticos, sin embargo, incumbirán solamente al gobierno”.

Desde mediados del siglo XX la continua proliferación de medios de comunicación, su efecto creciente de segmentación de las audiencias en el marketing electoral y finalmente en la política misma, hizo que algunos invirtieran la frase von Clausewitz en “la política es la continuación de la guerra por otros medios”, conduciendo al callejón sin salida al que llevó a los gobiernos la polarización. 

La inversión de la simplificación de su doctrina sería para von Clausewitz un error garrafal, un suicidio colectivo de violencia. El escribió: “La guerra constituye un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad”. Y en la política –por su esencia hacia el interior del cuerpo que el eventual vencedor integra– se seduce, convence, persuade y se acepta la legítimidad de la voluntad del otro, porque aun en el triunfo electoral habrá que convivir con una parte generalmente tan voluminosa como la de la mayoría obtenida, además de ser siempre circunstancial.

“La política no es la guerra” es el título del reportaje a Carlos Corach, actor principal de la política en los años 90, cuyas consecuencias, como la ampliación de los jueces de Comodoro Py, siguen resonando hoy. Tras dejar en 1999 el Ministerio del Interior y la senaduría en 2001, Corach fue profesor de Ciencias Políticas durante cinco años en la Universidad de Oxford y más allá de que en el reportaje se rehusaba a hablar del presente –solo quería hacerlo de su reciente libro Los noventa–, en su visión del pasado está implícita una crítica a la actual beligerancia en el ejercicio de la política.

El título del otro reportaje de esta edición: “Si se postula Bullrich, Rodríguez Larreta debe presentar a Vidal”, en este caso cita de Julio Cobos, ex vicepresidente de Cristina Kirchner en la alianza transversal con parte del radicalismo de 2007 y miembro hoy de Juntos por el Cambio, destaca a la personalidad más guerrera de la coalición opositora. Patricia Bullrich comparte con el ala dura del kirchnerismo su pasado setentista (“la fuente de lo opuesto es el opuesto”) y gracias a su oralidad agresiva se fue convirtiendo en un icono del PRO cosechando la preferencia de los votantes más críticos al Frente de Todos.

Su discurso suma votos que le resultan útiles a Horacio Rodríguez Larreta para sumar a quienes se irían con libertarios y la derecha más dura si ella no estuviera. Pero ese discurso, después de ganar una elección impide gobernar. Es una posición testimonial, adecuada a un partido que, siguiendo el Teorema de Baglini, no precisa de consensos porque no tendrá la responsabilidad de gobernar.

Aunque con un posicionamiento ideológico inverso, Elisa Carrió representó a comienzos de siglo ese discurso y quizás por eso siempre se mantuvo sin tener que conducir el Poder Ejecutivo de ningún distrito. No sin regresos a su estilo de siempre, hoy Lilita busca acercarse a una posición más ecuménica. Quizás los años, como sostenía Perón de él mismo, hagan “herbívoros” a aquellos políticos que pudieron evolucionar tras su éxito. Lula en Brasil es el ejemplo actual más relevante. Bullrich tiene la misma edad de Carrió pero recién veinte años después que ella obtuvo la misma visibilidad.

La espectacularidad del discurso de Patricia Bullrich logra concitar en los medios –a favor y en contra– el mismo rating de Bolsonaro en Brasil y Trump en  Estados Unidos. 

En la Argentina, como ya lo demostró Cambiemos entre 2015 y 2019, como ahora también Alberto Fernández, sin un acuerdo con la oposición nadie podrá llevar adelante un gobierno exitoso. Tampoco Trump  pudo ser reelecto y Bolsonaro va en la misma dirección.
En estas épocas de fragmentación de audiencias, se puede liderar el rating  de segmentos horarios con 4% del total de los habitantes y generar un doble efecto: revulsivo en quienes rechazan esas formas y retroalimentador en quienes precisan un catalizador de su malestar. Pero no le alcanzará al candidato a presidente con ganar una elección, luego tendrá que poder gobernar con éxito para que pasar por la presidencia no se convierta en un castigo perpetuo.

Patricia Bullrich le viene siendo muy útil comunicacionalmente al PRO y como sucede con ciertos atributos y hasta algunas virtudes, su prevalencia en exceso se convierte en un problema. Para quien aspire liderar el PRO y, desde él, al país, disciplinar a Patricia Bullrich será su primera condición. Macri se ufana diciendo que lo hace pero su identidad similar a ella lo hace luego incapaz de los consensos necesarios para gobernar con éxito. 

Entender la política como una guerra ya hizo fracasar a los últimos gobiernos. Volver mejores de verdad es el imperativo de esta tercera década del siglo.

 

 

* Para www.perfil.com

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