Sus padres sobrevivieron a los nazis y ella a la bomba en la AMIA: “Hay un hilo de odio que une ambos eventos”

CIUDADANOS 18 de julio de 2021 Por Hugo MARTÍN
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Anita Epelbaum de Weinstein pensó que ese lunes 18 de julio sería como tantos otros tantos lunes. Aquel 1994, como Directora del Centro de Documentación e información sobre Judaísmo argentino Marc Turkow de AMIA, le tocaba coordinar las celebraciones del centenario de la institución y trabajaba en dos oficinas que tenía en la mutual judía. Una en la calle Ayacucho 632, y otra, en Pasteur 633. En ambas, su asistente era Mirta Strier, una mujer de 42 años, separada y con tres hijos. Pasaron 27 años de aquella triste jornada, y hoy Anita -Directora Emérita además, de la Federación de Comunidades Judías de AMIA- le cuenta a Infobae que los festejos “se preveían para hacer durante todo el año, porque hay una historia muy enraizada con los judíos argentinos”.

Anita y Mirtha pasaron por Ayacucho y caminaron las cuatro cuadras que las separaban de Pasteur. “Entramos al segundo piso, era una oficina relativamente nueva, sobre el frente del edificio. Hasta la semana anterior ocupábamos una del primero”, recuerda. A poco de llegar, Anita caminó hasta el fondo del edificio. “Tenía que recuperar unas cartas y fui hasta la oficina de Miguel Salem. Antes de decirle nada empezamos a sentir el movimiento de las paredes y los armarios, y se apagó la luz. Quedamos a oscuras y escuchamos como partes de algo caer. En nuestras cabezas no entendíamos nada…”
Lo que sucedía en el frente del edificio de la AMIA era que un coche bomba había despedazado los bostezos de los lunes, los había transformado en sangre, gritos, sirenas de bomberos, de ambulancia, más de 300 heridos… 85 muertos. A las 9.53 de ese lunes 18 de julio de 1994, Argentina sufrió el peor atentado terrorista de su historia. Hoy es 18 de julio de 2021, y la justicia, además de los ojos, tiene todavía tapados los oídos y la boca. Jamás se avanzó hacia la verdad.
Pero Anita está ahí hace 27 años, en medio del polvo y la oscuridad, con miedo pero viva. “Escuchaba palabras: ‘Estalló el tanque de gas’, ‘estaba el pintor con un andamio’...” Y entonces, cuando el primer sacudón pasó, su reacción fue ir adónde esta Mirta, hacia el frente del edificio. Alguien la detuvo. “No sigas, no hay piso para pisar…”.

“Encontramos una puerta de emergencias que no se usaba, llevaba como a un puentecito y una terraza. Era tal la desubicación que teníamos que gritábamos que llamaran a los bomberos. Pero cuando nos dimos vuelta y dejamos de mirar hacia el fondo, vimos los pedazos de la AMIA cayendo, personas a los gritos buscando a sus familias y ahí nos dimos cuenta lo que había pasado y empezamos a gritar ‘¡una bomba, una bomba!”. No pude dejar de pensar en la Embajada”, dice. Nuestro país ya había sentido la garra del terrorismo dos años atrás, cuando el 17 de marzo de 1992 otra bomba había estallado en la Embajada de Israel, en la calle Arroyo, con un saldo de 29 muertos.
Llegó a una terraza, alguien puso una escalera y logró salir por la calle Uriburu. Abrazaba a una señora que lloraba por su marido, se acuerda. “Vi cómo querían mover las piedras y que ya se había reunido gente. Sentía dolor, sed y miedo, todo junto”, dice. Caminó por la calle Tucumán. Alguien le prestó un teléfono y se pudo comunicar con su marido y con su hija, que estaba trabajando. Un rato después ellos llegaron. “Pude estar acompañada todas esas horas que estuve allí. Nos convocaron al edificio de Ayacucho, el mismo lugar donde había empezado mi día. Nos dieron unos papelitos con los nombres de los familiares que la gente que venía no encontraba, pensando que estarían bajo los escombros. Me quedé como hasta las diez de la noche”

A pesar del terrible estruendo, y las piedras que cayeron como misiles, Anita no sufrió heridas físicas. “La herida mía fue anímica -relata-. Tengo el recuerdo de haber estado como tres o cuatro días colaborando, consolando a las familias, distribuyéndoles comida, porque tardaron hasta el jueves en sacar los cuerpos. Yo hacía todo eso, pero no era muy consciente.”

El jueves hubo una concentración frente al Congreso de la Nación pidiendo justicia. Llovía: Anita la llama “la tarde de los paraguas”. “Tomé un colectivo para ir allá y de repente sentí que podía quedarme sentada ahí, en ese colectivo, para siempre. Pero hice un clic, decidí que no y bajé para ir a esa marcha”.


Pero su primera evocación, cada vez que llega esta fecha o que alguien le nombra al atentado, es para Mirta. “Ella estaba donde fue el mayor impacto, tardaron días en encontrarla. Fue una tortura emocional esperar noticias suyas. Era una persona muy inteligente, muy dispuesta a hacer su trabajo, responsable. Se había quedado sola con tres chicos, pero tenía mucho coraje para sacarlos adelante”.

La semana pasada, en la AMA, se colocaron placas en los lugares de trabajo de cada empleado fallecido. Mirta Strier tiene la suya. “Fui para honrar su memoria. Está en el lugar donde ahora funciona el Centro de Documentación. Pude ver a sus hijos, escucharlos… Yo soy hija de sobrevivientes del holocausto. Y la vida de mis padres también estuvo signada por coincidencias y desgracias. Esas cosas que define el destino, como estar en el lugar justo donde te salvás… o no”.


Pola y Hersz Epelbaum, sus padres, eran de Polonia. Y así como ella se salvó por estar en una oficina del fondo del edificio -donde se encontraba la mayor parte de los sobrevivientes-, ellos nunca padecieron el horror de los campos de concentración pese a la persecución nazi sobre los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. “A mi mamá y su hermano los escondió en un granero un polaco socio de mi abuelo. Estuvieron allí tres años y medio. Tuvo la enorme acción de jugársela, porque si los descubrían él y su familia también la iba a pasar mal. Hoy fue reconocido como uno de los Justos entre las Naciones. Y mi papá anduvo por los bosques, escondiéndose, yendo de un lugar a otro. A veces se acercaba a una casa y le daban algo para comer. Otras le daban, le decían que volviera y cuando lo hacía se daba cuenta que había nazis esperándolo. Muchos no tenían pruritos en denunciarlos”.

Cuando finalizó la contienda, Pola y Hersz volvieron a su pueblo, Wlodawa, cercano a Lublin. De sus familias no hallaron a nadie. Ellos se conocían desde antes, pero recién cuando se reencontraron empezó su romance. “Las instituciones judías y no judías comenzaron a construir listados de sobrevivientes que circularon por todo el mundo. En La Paz, Bolivia, vivía un primo de mi mamá, que se había ido antes de la guerra. Y vio los nombres de mi mamá y de mi tío. Se puso en contacto y les dijo que los iba a recibir. Así que mis padres viajaron a Bolivia, y yo nací en Santa Cruz de la Sierra”.


Anita llegó a Buenos Aires después de varios años. “Cuando terminé la secundaria viajé con mis padres a Israel a visitar a unos familiares. Desde la guerra que no se veían. Cuando se iban a volver a Bolivia, les pedí quedarme a estudiar en Israel. Hice Sociología en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Y en los cinco años que estuve allí, ellos se vinieron a vivir a Buenos Aires. Entonces regresé para acá, me casé, tengo dos hijos y seis nietos…”

Seguramente hay un hilo conductor entre ambos horrores que hizo posible que Anita y sus padres los hayan atravesado con vida. Será invisible, porque la protagonista de esta historia duda… “tal vez, qué sé yo”, responde. Pero también hay otro que une el odio de ambos espantos que sufrieron ella y su familia. Y aquí se explaya: “Sí, hay un hilo de odio que une al holocausto con el atentado y con las guerras donde unos buscan excluir a otros. Después de la AMIA me encontré con mi madre y me dijo: ‘No pensé que mi hija sobreviviría a un ataque de odio, creí que después del Holocausto, la humanidad había aprendido la lección’. Mirá, en Alemania, en un tiempo, una niña judía jugaba con su amiguita que no lo era. Hasta que un día, la madre sale y le dice que no puede jugar más con ella porque es judía. Así fue el principio del odio. Los alemanes acataron esas órdenes porque el odio se inocula, y llega a extremos como las cámaras de gas. Cuando converso con jóvenes les explico que hay situaciones de odio que parecen menores, pero si no se lo detiene, si se piensa que la discriminación, el odio y el antisemitismo son poco relevantes, pueden no tener freno y terminar en lo peor: ataques terroristas o la Shoa”.


Desde su lugar al frente del Centro de Documentación, Anita supo bien lo que debía hacer desde el primer día. “El IWO, donde se guardaban materiales con la vida de los judíos de Polonia, libros en idisch y de la vida judía acá en Buenos Aires estaba en el tercer piso. Algunas cosas se dañaron, otras se reconstruyeron y otras se perdieron para siempre. Yo estaba preocupada, después del atentado, por guardar toda la documentación y las publicaciones que perpetúen lo que sucedió el 18 de julio. En esa tarea continuamos todos estos años. En esa misma semana recibí ofrecimientos de ayuda. Una fue la de un historiador, que me dijo ‘juntá todos los diarios, revistas, expresiones impresas” y eso lo hice, esos son los materiales que mantenemos, preservamos y vienen a consultar los que vienen a investigar, principalmente alumnos de escuelas secundarias que eligen este tema para algún trabajo. Veo como se emocionan cuando leen esos periódicos y revistas. Me impacta. Y se que ellos quizás expongan frente a compañeros que no conocen los hechos. A través de lo que aprendan sabrán que el bullying y la discriminación, como decía antes, pueden no parecer graves en un aula, pero si crece, terminan en un atentado”.

Por último, su mirada sobre la justicia es negativa. “Estoy sumamente decepcionaba. No puede ser que hayan pasado 27 años de tantas vueltas, cosas políticas cruzadas, oscuras, escondidas. Ya no pienso que la justicia sea ejercida alguna vez y tengamos el cierre de esta historia. No tengo esperanza. Una sociedad sin ley, sin diferenciar el bien del mal, sin mostrar una justicia activa, es dolorosa. Pero por eso mismo, hay que seguir reclamándola”.

Fuente: Infobae

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