Las visitas a Olivos: un mal ejemplo

OPINIÓN 04 de agosto de 2021 Por Joaquín Morales Solá*
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Tal vez el morbo y el prejuicio hayan despertado a la política tras conocerse las reuniones sociales del Presidente en Olivos. Importa poco, sin embargo, quiénes fueron a la residencia presidencial, pero sí para qué fueron. ¿Fueron para participar de reuniones sociales? ¿Del cumpleaños del jefe del Estado o el de la primera dama, Fabiola Yáñez? La vida privada de las personas públicas también debe ser respetada, en tanto ellas no hagan pública su vida privada. Lo que ha sucedido en los últimos días fue consecuencia de una filtración de las visitas privadas a la residencia de Olivos en tiempos de pandemia. Desde ya, está fuera de cualquier discusión el ingreso a la casona presidencial de los funcionarios del gobierno nacional o de representantes de sectores sociales convocados por Alberto Fernández. Debe analizarse, por lo tanto, si el jefe del Estado cumplió -o no- con las severas restricciones que él mismo le impuso a la sociedad. Solo eso. La conclusión es que no lo hizo, como no lo hicieron algunos gobernadores, intendentes y legisladores.

El primer principio que debe tenerse en cuenta es el de la igualdad ante la ley que consagra la Constitución Nacional. Todos somos iguales ante la ley. La sabia disposición del único contrato unánime de la sociedad argentina, que es su Constitución, fue escrita precisamente para obligar a respetar la ley a los que coyunturalmente tienen el poder. Repasemos el artículo 16 de la Constitución: “La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento: no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley”. Es obvio que el ciudadano común sabe que no tiene privilegios ante la ley. La confusión surge cuando la política, o parte de ella, cree que es una casta que está por encima de la ley. Esa falsa creencia es habitual en la facción política del peronismo que responde al kirchnerismo. Alberto Fernández solía criticar tal tendencia cuando estaba enfrentado con Cristina Kirchner, pero ahora es él quien se colocó por encima de la ley. Colocarse por encima de la ley significa que algunos líderes autoritarios usan las leyes solo para disciplinar a los habitantes de sus países o, como en este caso, para gozar de privilegios de los que carece la gente común.

El segundo principio violado por el Presidente es el de la obligación de los gobernantes de ser un ejemplo para la sociedad, sobre todo cuando le piden a esta grandes esfuerzos y sacrificios. Hubo encuentros en Olivos para festejar el cumpleaños del Presidente y el de su pareja, entre los que se conocen, cuando el propio jefe del Poder Ejecutivo, su gobierno y muchos funcionarios provinciales (sobre todo los de la provincia de Buenos Aires) les exigían a los argentinos que cumplieran con severas restricciones. El ejemplo de los gobernantes es, a veces, más eficiente que la propia ley para el cumplimiento de medidas incómodas o ingratas.

En estos días, está siendo duramente criticado el expresidente norteamericano Barack Obama porque proyecta hacer una megafiesta en la exclusiva isla Martha’s Vineyard, en Massachusetts, para festejar sus 60 años. Están invitadas figuras de la política y del espectáculo, como Oprah Winfrey y Steven Spielberg. Obama es un expresidente, pero se le exige que siga dando el ejemplo. La autoridad sanitaria norteamericana aconseja austeridad y restricciones en los encuentros sociales. El actual presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, anunció que no asistirá al cumpleaños de quien fue vicepresidente durante ocho años y con quien mantiene una excelente relación personal. Dar el ejemplo es su prioridad. Las hermanas del rey Felipe VI de España, Elena y Cristina de Borbón, se vacunaron contra el coronavirus en los Emiratos Árabes durante una visita a su padre, el rey emérito. No tenían edad todavía para vacunarse en España. También fueron severamente criticadas en su país porque habían obtenido un privilegio al que no podía acceder la mayoría de los españoles. Ellas adujeron que habían liberado las vacunas necesarias para dos personas que viven en España. No importa, les contestaron; lo que importa es que violaron el ejemplo de que todos somos iguales. En cambio, su hermano, el monarca español, su esposa y sus hijas esperaron religiosamente el turno que les correspondía como ciudadanos españoles y se vacunaron en el centro de salud que les tocó. Dar el ejemplo, sobre todo después de lo que había sucedido con sus hermanas, era su objetivo fundamental. Los vacunatorios vip de la Argentina no sucedieron en ninguna parte del mundo. Ese fue un detestable invento autóctono.

Aquí, Alberto Fernández ya había empezado mal cuando al principio de la pandemia distribuyó una foto con la familia Moyano. Todos sin tapabocas y amontonados. Si definir a Moyano como un “ejemplo” de buen sindicalista fue un disparate, mucho más grande fue el error de mostrarse incumpliendo las restricciones que el propio Presidente había impuesto. Restricciones que incluían evitar los encuentros sociales o visitar a los familiares. Incluían también no poder despedirse de los que iban a morir o no poder enterrar a los muertos, que son los ritos más viejos de la humanidad. Ni hablar de la supresión de las libertades públicas, como la de circular libremente dentro o fuera del país. Fue en ese contexto en el que el Presidente se reunió con los Moyano o hizo encuentros sociales para festejar cumpleaños.

Debe ser difícil no poder disfrutar con los amigos de la casona presidencial y de la corte de cocineros, de ayudantes de cocineros y de mozos, que abundan en Olivos. Pero el Presidente es igual que cualquier otro argentino a la hora de cumplir la ley. Ni él ni sus amigos están exceptuados de respetar las medidas decididas por el propio Ejecutivo que él encarna. De hecho, luego de uno de esos encuentros sociales el jefe del Estado fue contagiado de Covid-19, a pesar de que ya tenía la dos dosis de la vacuna Sputnik V. Pueden sentirse por encima de la ley, pero nunca podrán estar por encima del virus.

El centro del escándalo de los últimos días es el olvido (o la cancelación) del principio de la igualdad ante la ley y de la obligación de los gobernantes a dar el ejemplo. Demorarse en quiénes fueron a Olivos y sacar conclusiones de lo que hacían en la residencia presidencial es inferir para meterse injustamente en la vida privada de las personas. Les sucedió a los diputados opositores Fernando Iglesias y Waldo Wolf, quienes sugirieron, entre ironías en Twitter, que hubo “encuentros sexuales”. ¿Cómo lo saben? ¿Quién se los dijo? ¿Qué pruebas tienen? También deslizaron socarronamente el nombre de una conocida actriz (más vale no hacer nombres propios), que efectivamente fue a verlo al Presidente, pero a las 11.30 de la mañana. ¿Por qué el maltrato, entonces? Los diputados opositores sacaron los reflectores del verdadero centro del conflicto y lo llevaron al territorio inasible de la rumorología. Sus deslices hirieron también la sensibilidad de muchas personas y la dignidad de las mujeres. La campaña electoral permite muchas cosas, pero debe respetar ciertos límites políticos y morales.

El problema no es con quién se vio el Presidente, sino por qué lo hizo. El problema, en fin, no son los nombres de las personas que lo visitaron, sino la decepción que el Presidente produce en muchos argentinos que vivieron -y viven- con miedo la pandemia, la enfermedad, la muerte y un violento cambio en sus hábitos de vida. El conflicto es del Presidente con la ley y con el necesario respeto que les debe tener a los ciudadanos del país que gobierna en excepcionales condiciones históricas. El conflicto es de Alberto Fernández, no de quienes lo visitan.

 

 

* Para La Nación

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