La foto que teme Cristina Kirchner

OPINIÓN 19 de agosto de 2021 Por Carlos Pagni*
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En tiempos de Mussolini, los muros de Italia solían estar tapizados con un afiche que subrayaba la foto del líder con el slogan “Il Duce ha sempre ragione”. Allí está la esencia del culto a la personalidad. Del jefe no hay que esperar consistencia lógica. Sus palabras son verdaderas no por lo que afirman sino por quién las pronuncia. El kirchnerismo ya elevó a la vicepresidenta hacia esas alturas. Es lo que volvió a demostrarse en el discurso que pronunció anteayer en Avellaneda. El público al que ella se dirige no espera coherencia. Espera autoridad. No la escucha para obtener una explicación, sino para recibir las consignas que mantendrán viva la lucha. Solo así puede admitirse, por citar un ínfimo detalle, que alguien que, a su modo, hizo una defensa de la República, utilice los dineros de los contribuyentes, de todos los contribuyentes, para presentar a los candidatos del partido, como ocurrió en esa oportunidad. La congruencia argumental es una mochila de la que pueden prescindir quienes se dirigen a una audiencia incondicional. Esa ventaja viene acompañada de un costo penosísimo: en general se trata de dirigentes cuya imagen negativa es tan voluminosa que ya no pueden obtener la atención de quien piensa algo distinto.

Por eso a la señora de Kirchner no hay que solicitarle rigor lógico. Pero sí hay que agradecerle la sinceridad. En Avellaneda volvió a cultivar un género que había inaugurado hace ya tiempo: el de los consejos públicos a Alberto Fernández, su pupilo. Esa modalidad hace juego con una organización del poder. Por ejemplo: en Colombia, el caudillo Álvaro Uribe se dirige a su “Alberto”, Iván Duque, tratándolo de “m’hijo”. Las admoniciones frente a terceros, además de ser peyorativas, porque convierten al Presidente en una especie de Toto Paniagua -con perdón por la antigüedad-, son reveladoras de lo poco que hablan en privado.

En sus recomendaciones de anteayer hubo una que debe subrayarse. La vicepresidenta explicó a Fernández que no debe preocuparse demasiado por el escándalo de la foto del cumpleaños de su esposa. Se trata de un desliz que la oposición exagera para hacer escarnio de un gobierno popular. Igual que el proselitismo para imponer a Victoria Tolosa Paz y Daniel Gollán usando fondos públicos. Tiene razón Cristina Kirchner. Esas preocupaciones solo pueden angustiar a los culposos peronistas porteños, apichonados siempre ante el ancestral gorilismo de la Facultad de Derecho.

La agenda oficial es otra. No es la foto de Olivos. Es la foto de Puente Pueyrredón. Es decir, la imagen de pobres que se movilizan hacia el Ministerio de Desarrollo Social reclamando asistencia humanitaria. Esa escena es intolerable porque proyecta sobre el Gobierno el argumento con que el Gobierno demoniza a sus rivales: el de la perversidad social intrínseca al macrismo. Por eso la señora de Kirchner mira hacia el conurbano, aterrada porque una combinación de malestar social y conspiración palaciega le haga perder votos en una elección muy ajustada.

La preocupación por este frente ha obligado a un gran giro retórico. La vicepresidenta siempre tuvo una relación controvertida con el peronismo. A tal punto que, como confesó hace ocho años, en 1973 votó a Perón pero en la boleta del FIP de Jorge Abelardo Ramos. En Avellaneda, en cambio, apareció otra Cristina Kirchner. Una que, inflamada de pluralismo, confiesa no entender cómo alguien puede no ser peronista. Después de reconocer su enorme dificultad para comprender a gente que no interpreta el mundo como ella, entre otros a su padre, explicó a su público por qué esa gente existe: por odio de clase que es, en definitiva, odio al peronismo. Para que quienes la escuchaban tuvieran claro el concepto, subsumió a esos no peronistas en la comodísima categoría de “macristas”.

Sería incorrecto discutir esta taxonomía. Il Duce ha sempre ragione. Interesa, en cambio, detectar su sentido operativo que es, para una líder en campaña, el único que importa. Cristina Kirchner se peroniza en la retórica porque su poder está siendo amenazado por la cuestión social. Como graficó el economista Esteban Domecq, el poder adquisitivo del salario está en su punto más bajo de los últimos 10 años. Y a un universo de pobres que solo tiende a ampliarse, Martín Guzmán, es decir, Alberto Fernández, le inyecta una inflación superior al 3% por más de nueve meses. A pesar de haber realizado un impresionante ajuste fiscal que llevó el déficit, en mayo, a 3,1 puntos del producto. Esta es la foto que hace daño al gobierno nacional y popular. No la de Fabiola. Así piensa la señora de Kirchner.

El problema de las penurias sociales está agravado porque se instala sobre un conflicto entre facciones. El ex ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, fue expulsado del gabinete y depositado en el puesto número doce de la lista de diputados. Es un indicador objetivo de la valoración que tiene la vicepresidenta de la gestión de Alberto Fernández en esa área. En su lugar fue destacado Juan Zabaleta, cuya prestación social inaugural fue dejar vacante la intendencia de Hurlingham para La Cámpora. La primera foto de Zabaleta fue con Laura Alonso, representante de esa organización en el Ministerio, como encargada de Inclusión. Mientras Zabaleta hacía la genuflexión con ese retrato, otro dirigente de La Cámpora, Andrés “el Cuervo” Larroque, dictaminaba, desde el Ministerio de Desarrollo de la Comunidad bonaerense, que los planes sociales deben ser sustituidos por trabajo. Y, lo que es más relevante, deben ser asignados por el Estado y no por las organizaciones sociales. Obediente a esa instrucción, Zabaleta promueve ahora un proyecto para transformar subsidios a la pobreza en empleo. Plagia de este modo a Jorge Triaca, autor de una iniciativa idéntica en la perversa administración Macri. Todo plagio es un homenaje, decía Borges.

Las movilizaciones de pobres de estos días son la campaña más corrosiva que enfrenta el Gobierno. Y se inscriben en esas contradicciones. A Arroyo los movimientos sociales lo despidieron con un aplauso. Y a Zabaleta lo recibieron con una manifestación desde San Cayetano, liderada por Esteban “Gringo” Castro, del Movimiento Evita; Daniel Menéndez, de Barrios de Pie; y el Movimiento de Trabajadores Excluidos que conduce Juan Grabois. La mayoría de ellos forman el grupo “Los Cayetanos”, que en el kirchnerismo a ultranza denominan “Los Carolinos”, por los fondos que recibían de Carolina Stanley, otra colaboradora del insensible Macri.

El ojo de la vicepresidenta está puesto sobre el Movimiento Evita, conducido por Fernando “Chino” Navarro y Emilio Pérsico. Ella no les perdona haber servido de sostén a Florencio Randazzo, en contra de su propia candidatura, cuando compitió como senadora en 2017. Como suele suceder cuando la gente no se comunica, se agigantan las fantasías conspirativas. Hoy Pérsico y Navarro son, para el ultrakirchnerismo, los titiriteros de la protesta social. Les adjudican el intento de toma de la municipalidad de Lomas de Zamora. Y las marchas de la izquierda no peronista: “¿De dónde sacan los planes los que siguen al trotskismo de Néstor Pitrola?”, se preguntan. Respuesta: “Esos recursos los maneja Pérsico desde el Ministerio de Zabaleta”. Un detalle a tener en cuenta: Pérsico y Navarro son funcionarios de Alberto Fernández, el jefe de campaña de Randazzo cuatro años atrás.

El paisaje que contempla la atribulada Cristina Kirchner tiene un punto de fuga: la actual candidatura de Randazzo. El ex ministro de la vicepresidenta, en este tramo de la campaña eclipsado por Facundo Manes, se ofrece como un canal de protesta ante un gobierno que no consiguió recuperar la economía. El destino de esta propuesta electoral es estratégico: el Frente de Todos prosperará, sobre todo en la perspectiva de 2023, si sigue ejerciendo el monopolio de la base sociológica del peronismo. Si eso no sucede, lo que se reconquistó con el acuerdo con Sergio Massa, se filtrará por la hendija de Randazzo. La primera consecuencia de este movimiento está cantada: Massa tomaría distancia del oficialismo antes de que termine el año. Es lo que mejor le sale.

Para neutralizar esta dinámica, además de peronizarse, Cristina Kirchner elabora una narrativa. La esbozó en Escobar, cuando presentó a los candidatos, y terminó de formularla en Avellaneda antes de ayer. Es una presentación de los hechos con un rasgo principal: el menosprecio hacia el Presidente. La verdadera humillación de Alberto Fernández no es que su vice le dé órdenes en público. Ni que le arranque el micrófono para que quede claro lo que él no logra explicar. La verdadera humillación es que ella diga, refiriéndose a la gestión actual, que “este partido no se jugó” y que, por lo tanto, los votantes deben elegir al Frente de Todos en homenaje a las hazañas de su propia administración. In memoriam.

El mensaje de Cristina Kirchner parte, a pesar de Larroque, de un supuesto: gobernar es subsidiar. Es el problema: en este turno, el kirchnerismo es un populismo sin plata. La vicepresidenta recomienda, señalando a Fernández: no lo tomen en cuenta. Por supuesto, la inutilidad es culpa de Macri y la pandemia. El Presidente podría contrarrestar ese argumento. Defender, por ejemplo, cómo ha manejado la crisis. Pero debería conseguir que se olviden muchas evidencias. Jesús Rodríguez acaba de publicar un artículo en Clarín en el que expone estos tres datos: la Argentina es, según la Cepal, el país latinoamericano que más pobreza generó en el año 2020; es, según la OCDE, el único que necesitará más de 5 años para recuperarse; y es, según el Fondo, el que menos va a crecer en los próximos dos años, en comparación con otros 30. Mejor, entonces, sostener con la señora de Kirchner que el partido no se jugó. Porque se jugó muy mal.

En el acto de Avellaneda hubo un detalle importantísimo. La vicepresidenta elogió a La Cámpora por quejarse de un tuit en el que se festejaban los dos años del triunfo en las primarias, con una foto en la que no figuraba ella. El responsable de ese supuesto olvido fue Santiago Cafiero. Él maneja las redes sociales del PJ, a través de Cecilia Gómez Mirada. Es la segunda del “Chino” Navarro en la Casa Rosada. Para cualquier pesadilla persecutoria, todo cierra.

El dardo contra Cafiero va más allá de un tuit. Cafiero se ha transformado en la encarnación de un gabinete que no funciona. La mejor explicación del problema la ofreció ayer Máximo Kirchner: “La obsesión por el equilibrio político se fagocita la gestión”. Desarrollado: en el afán por tener contentos a todos, Alberto Fernández sacrifica el rumbo. Sin rumbo no hay gestión exitosa. Y sin éxito de la gestión, no hay coalición que se pueda mantener unida.

A Fernández le ofrecieron poner a Cafiero al frente de la lista bonaerense para después, en un amplio gesto de Kirchner, ubicarlo en la presidencia del bloque. El Presidente se negó. No entendió que no le están pidiendo la cabeza de Cafiero. Le están pidiendo que relance su gestión con otra lógica. Si no lo entiende es porque la peculiaridad más sobresaliente del Gobierno en estos días es la falta de comunicación entre quienes lo componen. Por eso se lanzan mensajes cifrados sobre el escenario y se arrebatan el micrófono.

Ante este cuadro general, la foto del cumpleaños de la primera dama tiene razón Cristina Kirchner, es insignificante. A pesar de todo lo que representa. El Presidente, igual, se mortifica. Ayer le atribuyeron filtrar un video de la fiesta, para evitar que aparezca dos días antes de las elecciones. Ese video es revelador: el único que parece estar inquieto frente a lo que ve es el perro Dylan, que ladra sin que le hagan caso. Alberto Fernández está sentado, tranquilo, un poco ajeno a los amigos o prestadores de servicios de su esposa.

Es una calma muy curiosa. Desnuda algo más preocupante que la violación de un decreto. Indica que, con 60 años, unos kilos de más y algún antecedente respiratorio, no tenía miedo del virus. Esto es quizá, lo más revelador de ese festejo: que, al parecer, el Presidente no tomaba en serio lo que en ese tiempo le decían sus infectólogos. Su participación en esa mesa lo aproxima a Bolsonaro, para quien la pandemia era una gripezinha.

Cristina Kirchner tiene otra lectura. Con una pizca de machismo que Elizabeth Gómez Alcorta sabrá disimular, le pidió que ponga orden. ¿Dónde? Es obvio: en su casa. En otras palabras, que controle a su mujer. Un colaborador de la vicepresidenta proyectó esa indicación sobre la situación política, con el mismo desagradable vicio del machismo: “Pobre Alberto: no puede contener a Fabiola y pretenden que le ponga límites a Cristina”.

 

 

* Para La Nación

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