El misterio argentino: ¿qué será de nosotros luego de votar?

OPINIÓN 12 de septiembre de 2021 Por Jorge GRISPO
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“Lo correcto es correcto, aunque todos los condenen, lo incorrecto es incorrecto, aunque todos lo aprueben” Charles Spurgeon

Charles Haddon Spurgeon fue un teólogo londinense, predicador, misionero, y pastor bautista, conocido porque, según la Internet Christian Library, a lo largo de su vida evangelizó a decenas de millones de personas y a menudo predicaba casi a diario en distintos lugares. Se lo recuerda como el “Príncipe de los predicadores”, gozaba de una oratoria sin igual capaz de convencer a cualquiera que lo escuchara unos minutos. En tiempos electorales la envidia de cualquier candidato que se precie de tal, máxime en una elección hasta donde el “clima” juega un rol determinante, aspecto que los principales candidatos y encuestadores evalúan en sus análisis, ya que, por ejemplo, no es el mismo votar en un día soleado que hacerlo en el medio de una tormenta, donde los sectores más vulnerables de la población se ven dificultados de salir de sus hogares para ir a votar.

Finalmente llegó el día. Hoy nos toca ir a las urnas en ejercicio del legítimo derecho constitucional que tiene el pueblo para decidir colectivamente su destino. Mucha agua corrió por el río en una campaña electoral que quedó atrás con sabor a poco. Lo que no podemos perder de vista es que las PASO son -comparándolas con una competencia de autos- la clasificación para la carrera, se decide en qué posición saldrán los candidatos en el momento de la verdad. La carrera por los puntos se corre el 14 de noviembre. Son solo 63 días que separan las PASO de las Elecciones Generales. Pero son 63 días muy importantes donde mucho puede pasar, máxima en una nación tan impredecible como la que hoy nos toca vivir.

Lo anterior impone mesura y prudencia tanto en el triunfo como en la derrota (en esta instancia parcial). Muchas veces vimos que el que largó primero terminó último y viceversa. Lo más importante que deberán tener en cuenta los postulantes a un trabajo público, pago por los contribuyentes, es que ellos son los “candidatos”, y los que nos tienen que convencer de contratarlos. Y, precisamente por ese motivo resulta trascendental dejar en el olvido una campaña electoral que se caracterizó por la discusión de la nada misma y comenzar a debatir propuestas serias y concretas. Los candidatos nos deben un debate a la altura de la catástrofe que enfrenta nuestra nación. Es hora de que la dirigencia política discuta seriamente propuestas y alternativas de un mañana mejor que se empecina en no llegar.

Nuestra sociedad sobrevivió a un largo y penoso año y medio de encierro, hablando de enfermedades, contagios y muertes, con una situación económica muy complicada, quizás la más compleja que jamás enfrentamos. En ese escenario la votación en sí misma es todo un enigma, incluso lo sería para el pastor Spurgeon. Resulta enmarañado vaticinar cómo reaccionará la ciudadanía a todas las penurias vividas y a las imágenes que cada ciudadano guarda en su interior de los últimos tiempos. Para colmo, sin propuestas claras sobre cómo solucionar el futuro nacional que luce incierto y grave. Pero esa reacción electoral es la que nos definirá como modelo de país. Son las consecuencias de elegir y de las que nos debemos hacer cargo.

Atravesamos momentos hondamente complejos. Tanto por lo que no se discute, como por lo que se discute mal (el debate electoral fue paupérrimo, de los peores de nuestra historia). Argentina tiene hoy un colapso productivo, sin posibilidades de seguir emitiendo y gastando desde las arcas del Estado al mismo tiempo. Se dilapidó más de lo que podíamos, pero no solucionamos nada. La situación en 2021 es mucho peor que el 10 de diciembre de 2019. En el último año hemos generado más de dos millones de nuevos pobres (lo que nos daría el increíble promedio de 5.479 ciudadanos sumergidos en la miseria al día). Los datos son los datos, cada uno los sabrá interpretar a su leal saber y entender.

La pandemia es toda una catástrofe en sí misma. A nosotros nos costó 400.000 puestos de trabajo que se perdieron, dos millones de pobres, una inflación que no cesa de dar azotes en las espaldas de los trabajadores, con un futuro incierto en un país intoxicado por la mala política y -lo más importante- un número impensado de muertes por Covid. El problema se agrava porque además venimos de crisis en crisis permanente. Vivimos de anomalía en anomalía, arrastrando largos años de estancamiento. En las últimas dos décadas nuestro país destruyó más del 5% del empleo formal. Antes tuvimos la recesión del 2002 con el estallido social del 2001, luego la crisis de 2018. Es decir, venimos de mal en peor.

La política argentina, sin distinciones partidarias, es la principal responsable del fracaso actual con niveles de pobreza que llegan al 50%. Tenemos más pobres desde la recuperación de la democracia a la fecha con cada año que quedó en el camino. Muchos de los nuevos pobres son personas de clase media, educados como tal, pero que hoy se encuentran socialmente desplazados hacia la periferia de la sociedad, lo que se suma al pobre estructural, que siempre vivió en esa misma condición social toda su vida. Vale decir, tenemos un fenómeno “nuevo” donde comienzan a convivir distintos tipos de pobres, los estructurales y los nuevos pobres, lo cual nos lleva, más allá del desafío de entender ese nuevo fenómeno social, a internalizar que convivimos con un entramado social diferente y con ello un país muy distinto de aquél que prometía un futuro mejor que nunca llegó.

Argentina ha sufrido significativos cambios en su conformación social. Sin entender esas nuevas realidades no es posible comprender la política y lo que se está votando. Somos una nación con muchos más pobres. Es otro país, uno diferente, donde en el conurbano bonaerense la pobreza es superior al 50% de la población, con el agravante de tener el récord de 63% de menores de 14 años sumergidos en la pobreza y con nula o escasa educación.

Eso por sí solo agrava los problemas fiscales, porque a esa pobreza incremental de nuestra nación hay que atenderla, darle comida, salud y servicios. En definitiva, son más “planes” que cuelgan sobre las sobrecargadas espaldas de los contribuyentes. Además de producir una generación de chicos que no cuentan con la educación básica mínima e indispensable a la que debe aspirar cualquier ciudadano nacido en la patria de Sarmiento. Nuestros chicos, en una gran mayoría están “mal educados”, no pueden comprender un texto simple, y eso, se relaciona directamente con sus posibilidades laborales que se reducen a la nada misma, y por cierto con su futuro y el de todos nosotros como proyecto de país.

También se produce otro problema adicional: la inseguridad que todos estamos viviendo a diario, la cual se ve incrementada a niveles récords y que aún no está saltando -pandemia mediante- a la luz pública en la magnitud de lo que realmente es. Con el 50% de pobreza se cocina el caldo de cultivo que sostiene los formatos populistas que hacen del asistencialismo social el grillete que los mantiene atados a las fauces de la pobreza. Eso es lo que genera este tipo de problemas, porque no pueden esperar tiempo para resolverlos, los más necesitados, al igual que el resto, necesitan comer todos los días.

La agenda de nuestro país deberá ser la de una nación pobre, a partir de la cual se construya un calendario distinto al que hoy tenemos, tristemente evidenciado, por el paupérrimo debate electoral que por suerte ya quedó atrás. Los hechos éticamente reprochables de nuestros dirigentes tienen un abismo de distancia con las necesidades del 50% de la población a la cuál solo le interesa, porque no le queda otra, lo que le llega del Estado todos los meses, y ese nudo borromeo es lo que nos termina hundiendo como proyecto de país. Argentina es una máquina “exitosa” que produce cada vez más pobres. En el resto de los países sudamericanos hay menos pobreza actualmente que hace dos décadas. No sucede lo mismo en nuestro caso. El pacto social de que nuestros hijos iban a vivir mejor que sus padres “ha dejado de existir” (perdón por el recordatorio a los amigos racinguistas).

En una nación donde la incertidumbre es el padre nuestro de todos los días, la inversión privada se convierte en una utopía. Se hicieron realidad nuestros peores temores, más de 113 mil muertos. Pasadas las elecciones el botón de “recalculando” es el primero que tendremos que apretar todos los argentinos. Para muchos ese nuevo cálculo puede implicar incluso salir corriendo del país porque consideran que no están dadas las condiciones para seguir operando, como ya lo han hecho decenas de empresas multinacionales.

La emisión monetaria para cubrir el déficit fiscal enorme que tenemos hoy supera cualquier nivel de prudencia. Eso impactará más tarde o más temprano en una corrida cambiaria, y en un ajuste de precios al consumidor final, que, si no es hecho en forma ordenada, puede terminar estallando. La economía nacional es una olla a presión puesta a fuego alto. Todos los indicadores señalan el camino de la implosión, veremos si es más tarde o más temprano, antes o después de noviembre. Porque en definitiva será la elección de medio término, la que cuenta los “porotos” que valen, a diferencia de las internas actuales, la que terminará de marcar el destino de todos nosotros.

El tiempo es el padre de todas las verdades, y también de las mentiras. En época de elecciones las respuestas quedan en manos de los votantes, y el devenir de los próximos 63 días nos revelará poco a poco cuál será el futuro que elija la ciudadanía ¿Qué será de nosotros luego de votar? Es una pregunta que aún no tiene respuestas.

Fuente: Infobae

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