Alberto Fernández y Cristina Kirchner reeditan el ‘75, sin los tiros

OPINIÓN 26 de septiembre de 2021 Por Marcos Novaro*
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Se reinicia la campaña, y el oficialismo trata de disimular lo mucho que han cambiado las cosas, no solo con la derrota sino más aún con la crisis interna que le siguió.

La idea parece ser desactivar las peleas, al menos hasta noviembre, y recuperar parte de los votos perdidos ofreciendo una imagen de pacificación interna y regreso a un “peronismo neutro”. Una suerte de “común denominador peronista”, que es en verdad, si se lo observa con algún detenimiento, un peronismo bien de derecha. Y que si Scioli no se hubiera quemado tanto desde 2015 a esta parte hubiera sido su mejor representante, pero en su ausencia intentarán representar dos exministros de Cristina Kirchner no particularmente dotados ni populares, Aníbal Fernández y Juan Manzur.

El primero quiere expresar un giro hacia la mano dura en materia de seguridad, tras los dislates de Sabrina Frederic; el segundo, un acercamiento con la Iglesia católica en materia de aborto, cuestiones de género y, más en general, tirria hacia la modernidad.

Ninguno de los dos ayuda a pensar en renovación ni apertura. Pero hay que tener en cuenta que este gobierno no aspira a recuperar a los moderados e independientes sino como mucho a rescatar algunos apoyos entre quienes siempre votan peronistas, y esta vez prefieren quedarse en su casa, o sienten que más peronista es Diego Santilli.

Los dos fungirán, además, igual que los jefes municipales incorporados al gabinete de Kicillof, como guardianes del oficialismo nacional contra el corte de boleta, que por buenas razones se teme puedan promover gobernadores e intendentes peronistas, para que sus listas distritales y locales zafen en las elecciones generales de una derrota tal vez aún peor que la de las PASO. ¿Podrán lograrlo? Lo tienen cuesta arriba.

Por de pronto necesitarían un argumento, aunque más no sea una idea ordenadora. Y por lo que se ve, no tienen ni una cosa ni la otra. “Macri y la pandemia” no sirvieron de mucho. La “unidad peronista ante todo” tampoco alcanzó. A juzgar por sus primeras intervenciones no tienen ni para empezar. Aunque, a falta de ideas, tienen sí dos impulsos: dar buenas noticias sobre la pandemia, con liberalizaciones indiscriminadas, y sobre la economía, gastando toda la “platita” que haga falta.

Esto último ya de movida lo echó a perder Daniel Gollán cuando expuso abiertamente y de un modo bastante infantil el tipo de cosas que los votantes deberán olvidar a cambio de esa “platita”: las festicholas de Olivos para empezar, pero también los 115.000 muertos, la inflación, el desempleo, la falta de horizontes y 18 etcéteras. De paso Manzur se pudo anoticiar en la ocasión de lo difícil que va a ser mantener callados y en segundo plano a los candidatos, que seguramente se preguntan “si Alberto sigue hablando, ¿por qué me tengo que callar yo?”

En cuanto a los anuncios sobre el “fin de la pandemia” hay todavía demasiadas incógnitas abiertas como para saber si el tránsito acelerado de insistir con restricciones en muchos casos inútiles a levantarlas en forma indiscriminada va a servirle al oficialismo para recuperar adhesiones o va a traerle más problemas aún.

Por de pronto, los anuncios de Vizzotti sobre una supuesta “situación óptima” a la que habría ingresado el país en las últimas semanas, y el planteo en la misma línea del nuevo ministro de Educación, reclamando un regreso a la plena normalidad en todos los niveles educativos, encontraron algunos obstáculos nacidos de sus propias patrullas perdidas: fue lamentable ver, en simultáneo, al líder de Ademys, uno de los sindicatos más kirchneristas del sector docente, emprenderla a los gritos y empujones contra funcionarios de la Ciudad de Buenos Aires, delante de unos cuantos niños que asisten al establecimiento donde este energúmeno ejerce supuestamente su función, acusándolos de promover una “presencialidad criminal”; a lo que se suma la resistencia de los gremios de docentes universitarios a permitir un rápido regreso a las aulas. Resistencia que alienta a los rectores y demás autoridades a moverse con pies de plomo, y bien puede conducir a los estudiantes de nivel superior a sentirse aún más frustrados de lo que ya están, ante un aislamiento que a esta altura, además de interminable, es incomprensible, visto que mientras tanto se permite y hasta alienta el regreso a las tribunas futbolísticas y a las bailantas.

Pero tal vez donde más dificultades estén encontrando Aníbal Fernández y Juan Manzur no sea en ninguno de esos terrenos sino en el propio gabinete. Su objetivo primordial allí es convencer a los heridos por la terrible batahola que armaron Alberto Fernández y Cristina Kirchner tras las PASO, de no seguir voceando sus rencillas y resquemores. Pero mucho no estarían consiguiendo, ni de un lado ni del otro de la nueva “grieta”.

En la “semana de la pacificación”, Larroque se largó contra Guzmán por seguir amarreteando recursos, Moroni contra Wado de Pedro por su injustificable renuncia, y el ex de educación, Trotta, prefirió despacharse contra todos a la vez, objetando que se puedan corregir dos años de despropósitos (que tal vez no se dio cuenta, pero cargan también sobre sus espaldas), en menos de dos meses. Así que Máximo no quiso quedarse callado y mandó avisar que los dos proyectos que presentó últimamente el presidente al Congreso, la ley de presupuesto (un dibujo que difícilmente mejore cuando le agreguen sus propias fantasías los camporistas) y la de hidrocarburos (un proyecto en que Alberto dejó su huella: no le gusta a nadie), van a sufrir demoras y profundos cambios. Conclusión: parece que las bancadas del FdeT competirán desde ahora por mostrarse más opositoras que las de oposición.

En medio de tanto despropósito, se entiende que las dos buenas nuevas que el oficialismo preparó para esta semana hayan pasado bastante desapercibidas. No fue culpa de los medios, como podría pensar Mario Ishii y seguramente refrendarían con sus aplausos y sonrisas de cocodrilos Máximo y Alberto. Fue el propio Frente de Todos el que conspiró para que tanto la suba del salario mínimo, como la del mínimo no imponible de ganancias, hayan pasado bastante desapercibidas. Y, en todo caso, además de en las dudas sobre los efectos político-electorales de esas inyecciones de “platita”, la atención se enfocará en la peligrosidad de la bomba que los tres Fernández, Alberto, Aníbal y Cristina, recibirán de sí mismos en noviembre.

Hasta hace unas semanas, temores de ese tenor eran compensados por la esperada sobrevida de la fórmula política en que se basara desde su origen el FdeT: el módico equilibrio que resultaba de mezclar kirchneristas, gobernadores, intendentes, sindicalistas y, flotando sobre todos ellos haciendo sus malabares, los “jóvenes y moderados albertistas”, mediando como podían también entre las expectativas de sus votantes, el FMI y los rigores de un mercado de deuda cerrado a cal y canto. Pero desde que los votantes marcaron los límites de su tolerancia, y Cristina decidió no compartir más los costos de ese precario equilibrio, ni aceptar como propio el pobre resultado electoral que Alberto demostró poder ofrecer y puso una pata fuera del gobierno, lo que era una cooperación acotada, pero cooperación al fin, se ha vuelto un hormiguero pateado, en el que todos tratan, ante todo, de ayudarse a sí mismos.

Restablecer un mínimo orden en ese hormiguero tal vez no sea imposible, pero parece una tarea que excede las posibilidades del “nuevo” gabinete y del comando de campaña de acá a las legislativas.

Así que el 14 de noviembre se presenta no sólo como un desafío electoral amenazante para ese equipo, pues las listas nacionales del oficialismo pueden reunir aún menos apoyos que en las PASO, sino también, y en consecuencia, como su muy probable fecha de vencimiento. Lo que conspira aún más contra su autoridad y efectividad: muchos se preguntan, en los tres niveles de gobierno, ¿para qué hacerle caso a esta gente, si está de paso?, mejor no hacer nada, esperar y como mucho cuidar el metro cuadrado en que cada uno está parado.

Más o menos como en el ´75. Sin las bombas ni los tiros, por suerte.

 

 

* Para TN

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