Más allá de lo que suceda en las próximas semanas, por ahora seguimos condenados al ajuste

ECONOMÍA 26 de septiembre de 2021 Por Enrique SZEWACH
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El mundo, hasta dónde se conoce, no comercia, ni tiene lazos financieros con el resto del universo, de manera que, tomado el planeta como un todo, estamos ante una economía cerrada.

En cada momento, hay países que gastan e invierten más de lo que ahorran y existen países que ahorran más de lo que lo invierten. Los países ahorradores netos, aumentan sus reservas y exportan capital. Los países gastadores netos, por el contrario, importan capital. El resultado de la suma de todos estos saldos, obviamente, salvo discrepancias estadísticas, es cero.
Algunos países, por diversas razones son, estructuralmente, ahorradores netos y, por lo tanto, exportadores de capital. Podría nombrar a Alemania, Japón, China, como ejemplos emblemáticos. Y existen otros países que, también estructuralmente, gastan más que lo que ahorran internamente e importan capital. El más icónico, Estados Unidos, y podría agregar Gran Bretaña y Francia en Europa. Insisto, el mundo como un todo es un juego de suma cero, en donde los exportadores netos de capital se compensan con los importadores netos.

Fuera de este conjunto permanente de exportadores e importadores netos de capital, se presenta un grupo de países, la mayoría perteneciente al mundo emergente que compiten entre sí para atraer los capitales que se exportan, de manera de acelerar el crecimiento complementando su ahorro interno con el ahorro del resto del mundo.

La Argentina, desde hace décadas, se ha convertido en una “rara avis”, dentro de este último grupo (tan raro que recientemente nos han clasificado como “solitarios”). Siendo un país que debería ser importador neto de capitales, por el contrario, lo exporta.

Y esta es la razón clave de nuestra falta de crecimiento. Pese a ser un país necesitado de importar capitales, hemos creado las condiciones para expulsarlo, mientras que ahorramos internamente muy poco. Sin ahorro propio suficiente y sin atraer ahorro del resto del mundo (incluyendo los fondos de los argentinos en el exterior), no hay forma de financiar la inversión, y sin inversión en cantidad y calidad, resulta imposible el desarrollo. Sólo logramos crecer razonablemente, en los intervalos en los cuales pudimos revertir, transitoriamente, este flujo negativo de fondos.

Para crecer se necesitan dólares. Hace falta importar insumos, bienes que no se producen en el país, maquinarias, pagar regalías, transferencia de tecnología, propiedad intelectual, etc. Sin ahorros y sin ingreso de capitales, la única fuente de dólares surge del producido de las exportaciones.

En otras palabras, cuando hay ingreso neto de capitales, y/o un boom en los precios internacionales de nuestras exportaciones y/o ahorros previos, la Argentina puede aumentar sus importaciones, gastar más de lo que produce y crecer. Cuando hay salida neta de capitales y/o el valor de las exportaciones se estanca o cae, y se agotaron las reservas netas del Banco Central, la Argentina tiene que gastar menos de lo que produce, para que sobren dólares para financiar las importaciones y el resto de los pagos imprescindibles.

“Vivir con lo nuestro”, dado nuestro bajo nivel de ahorro interno, implica no crecer.

La regla, por lo tanto, es esta. “Desajuste” en los booms de precios de los commodities o crédito externo fácil. “Ajuste”, ante la caída de los precios de los commodities y el corte del crédito internacional.

Repaso los últimos años.

Después de una exportación neta de capitales en torno a los 50.000 millones de dólares, durante su primer mandato, la entonces presidenta y ahora vicepresidenta, tuvo que introducir fuertes regulaciones al movimiento de capitales y a las importaciones en el período 2011-2015. Una economía que, con semejante ajuste, obviamente, se estancó. No se notó tanto, porque, como mencionara, para evitar una devaluación mayor del peso, se recurrió a los cepos, a los controles y a las reservas acumuladas en el Banco Central hasta agotarlas y dejarlas negativas,

El gobierno del presidente Macri con el “shock de expectativas” generado por el cambio de gestión, logró crédito externo para financiar gasto público, e ingreso de capitales de distinto tipo. Se produjo una importación neta de capitales superior a los 6.000 millones de dólares en el bienio 2016-2017, que permitieron una fuerte mejora de las importaciones. Hubo dólares suficientes para financiar el crecimiento de la inversión y el consumo durante el 2017, cuando ganó las elecciones de medio término.

Ya en el 2018, la sequía, que achicó las exportaciones, el freno del crédito externo, y la desilusión ante la falta de reformas, aún con la victoria electoral del 2017, nos convirtieron nuevamente en exportador neto de capitales. Así llegó el ajuste devaluatorio, en principio sin usar cepo o controles, con la esperanza de que el acuerdo con el Fondo revirtiera las expectativas. Pero eso no sucedió, y después de las PASO del 2019, fue necesario otro ajuste devaluatorio y la introducción de restricciones cambiarias, para cuidar las reservas.

La devaluación del peso lo que permite es bajar el poder de compra en dólares de los argentinos, de manera de que haya mayor saldo exportable y principalmente que caiga la demanda de importaciones.

Pero como la unidad de cuenta en la Argentina es el dólar, el ajuste devaluatorio es, a la vez, inflacionario. El ajuste es convertir a los argentinos en más pobres medido en dólares y en pesos ajustables.

Parafraseando el lenguaje sexual pre-PASO, cuando se apaga el ingreso de dólares, se enciende el ajuste devaluatorio inflacionario.

El 2020 es más difícil de analizar, por la pandemia, pero el ajuste continuó, disimulado por los confinamientos, los cepos, el control de importaciones y el uso de las reservas del Banco Central, hasta volverlas nuevamente negativas hacia finales del año pasado.

Este 2021, como saben, hubo un boom de los precios de nuestras exportaciones agrícolas. Este premio permitió “desajustar un poco”, liberando más importaciones para lograr algo de crecimiento, pero sin ingreso de capitales y sin crédito internacional el desajuste fue modesto.

Ahora bien, lo anterior es la descripción del país como un todo. Pero ese ajuste no se distribuye de manera pareja entre todos los consumidores e inversores.

El descontrol monetario en el manejo de los confinamientos y sus consecuencias implicaron que al salto inflacionario originado por las devaluaciones del 2018 y 2019, lo siguiera el salto devaluatorio (reflejado en la brecha) e inflacionario del segundo semestre del 2020 y lo que va del 2021. El ajuste, 2018-2021, entonces, se tradujo, fundamentalmente, en un cambio en el régimen inflacionario. Pasamos de una velocidad crucero de aumento de los precios del 20-25% anual del período 2007-2017, a otra del 40-50% anual desde el 2018. De esta manera, todos los que cobran en la cuasimoneda peso que no tienen ahorro previo en dólares y tampoco tienen capacidad de ahorro actual, fueron los superajustados. A estos superajustados por la inflación, hay que agregarles los superajustados por la pérdida de ingresos derivados de las restricciones a la presencialidad que rigieron y todavía rigen parcialmente.

Gracias al comentado crecimiento por precio de las exportaciones, hubo menos ajuste total, pero la distribución del ajuste afectó, principalmente, a los sectores de menores ingresos, a los trabajadores informales, a las pequeñas empresas, etc. alcanzados por el impuesto inflacionario y por el mal manejo de los confinamientos.

El Gobierno comparte este diagnóstico, y por eso destinará estas semanas a liberar actividades lo más rápido posible, independientemente de las condiciones sanitarias y tratará de “devolver” por distintas vías, con una lluvia de pesos, parte del impuesto inflacionario cobrado a estos sectores.

Si eso le alcanza para revertir el resultado de las elecciones primarias en las elecciones generales, como le dije la semana pasada, lo ignoro.

Lo que no ignoro es que, en este contexto, la discusión en torno al “ajuste”, que surgió en esta semana, entre la Vicepresidenta y el ministro de Economía resulta, con todo respeto, inútil.

La Argentina está en modo ajuste estructural, porque no tiene dólares en las reservas, ni atrae capitales. Desajustar, ampliando el gasto público financiado con emisión, sólo se puede en el cortísimo plazo y es sólo una fantasía.

Sin un cambio de régimen económico, no podremos ser importadores netos de capitales de manera sostenible, como diría el ministro de Economía y, por lo tanto, tampoco podremos crecer en forma sostenible, como diría el ministro de Economía, y apostar a booms continuados del precio de los commodities, luce extremadamente optimista.

Un presidente argentino, a principios de este siglo, vaticinó nuestra condena al éxito. Pero cumplir esa condena obliga a un verdadero cambio de políticas. Con más de lo mismo, por ahora, le guste o no a la Vicepresidenta, y a sus seguidores, seguimos condenados al ajuste.

Fuente: Infobae

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