Un gobierno colapsado que vive en Macondo mientras la ciudadanía padece una cruda realidad

POLÍTICA 03 de octubre de 2021 Por Jorge GRISPO
ocasio

Macondo es un pueblo de ficción al que Gabriel García Márquez dio vida en sus novelas, especialmente en Cien años de soledad (considerada obra maestra de la literatura hispanoamericana y universal). El premio Nobel describe que “Macondo” era el nombre de una finca “bananera” que llamó su atención de niño. El “realismo mágico” que impregna la obra relata la historia de siete generaciones de la familia Buendía que encuentra en Macondo su lugar en el mundo. Las desgracias se suceden una tras otras, al mismo tiempo que las miserias humanas y la lucha por el poder con elecciones amañadas. La decadencia se va apoderando de la ciudad. La pelea por el poder se vuelve una constante. El final marca el estado de decrepitud de lo que una vez fue un pueblo próspero.

Macondo tiene muchos puntos de contacto con las vivencias actuales de Argentina, como la repetición inentendible de los problemas del pasado que condenan el presente y el futuro. Como modelo de país no logramos liberarnos de las cadenas de nuestras propias ineptitudes sociales. Como pueblo nos pudimos unir contra la dictadura militar. Logramos dejarla atrás. Nuestra democracia goza de una salud razonable, pese a todas las torpezas que, en una seguidilla sin fin, gobernante tras gobernante ocasionaron. Cada sucesor de Alfonsín a la fecha nos ha dejado un poco peor. El amontonamiento de pobres es la cruda demostración de nuestro fracaso como país. Las nuevas cifras de pobreza informadas por el Indec son tan pornográficas como inaceptables.


El realismo mágico con el que se describen las desventuras de Macondo es casi un calco con el que los argentinos escribimos nuestra propia realidad. Argentina es hoy una novela “colectiva” escrita por mentes turbadas. El odio social producto de la grieta salvaje nos impide dialogar desde las diferencias. Mientras los argentinos no ensayemos el arte de escuchar al que piensa diferente seguiremos habitando en un mundo de fantasía, más parecido a Macondo que a un país real con gente de carne y hueso, que sufre, que se enferma, se contagia de Covid y se muere. En un país serio el diálogo es la única herramienta para acercar las diferencias y encontrar los consensos que nos permitan acceder a ese futuro mejor que nunca llega.

Para quienes leen estas páginas o han leído mis columnas anteriores, mi línea de pensamiento es o trata de ser clara, enfocada en el respeto de las instituciones de la república y la libre expresión de las ideas. Tengo amigos, muchos, que profesan pensamientos políticos distintos. Uno, Javier, más conocido como “El Chango”, muy querido para mí, se encuentra en las antípodas de mi pensamiento. Somos, políticamente hablando, como el agua y el aceite. Pero nos queremos y nos respetamos. Cuando podemos dejar de lado las “agresiones” que refieren al zoologismo (gorila, bestia, burro, serpiente, etc.) y nos ponemos a dialogar seriamente sobre la realidad argentina, los dos aprendemos mucho. Pero lo llamativo es que las diferencias reales, que antes parecían irreconciliables, ahora son pocas. Ambos tenemos en claro que la pobreza crónica que padece nuestra nación debe ser solucionada de forma urgente, al igual que la inseguridad, el narcotráfico y tantos problemas endémicos que azotan desde hace décadas a un pueblo herido y al borde del abismo. Valoro que piense diferente porque me obliga a mejorar mis argumentos, a ser más profundo, a estudiar más. En algunas cosas él tendrá razón, yo en otras. Pero la realidad es que para salir del realismo mágico que nos impone la Argentina que se asemeja a Macondo, es necesario que la dirigencia política se ponga los pantalones largos y comiencen seriamente a dialogar.


Argentina modelo 2021, al igual que Macondo, camina cuesta abajo. El gobierno del presidente Alberto Fernández, colapsado y sin la “ayuda de Dios”, se encuentra en su peor momento, tal cual lo muestra el Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) publicado por la Universidad Torcuato Di Tella a fines de setiembre de 2021, luego del traspié electoral sufrido por la coalición gobernante en las PASO. No es un dato menor, todo lo contrario, debe ser analizado en el contexto de las actuales medidas que el reforzado Gabinete Nacional está implementando. El Frente de Todos fue duramente castigado en las urnas, muy especialmente en el interior del país y en los sectores más humildes de nuestra población, lo que marca todo un mensaje de cara al 14 de noviembre. Ese mensaje es de tinte moral y económico. No se arregla lo segundo, sin lo primero.

La desescolarización de los chicos que asisten tanto al nivel primario como secundario no tiene parangón alguno en nuestra historia -ni en la de Macondo-. Es de una gravedad tal que hipoteca nuestro futuro a niveles impensados. Una de las principales tareas de cualquier gobierno, sin importar su signo político, es la de educar a la población, es allí donde se encuentra el futuro y donde deben centrarse los mayores esfuerzos. Mejorando la calidad de los edificios, la calidad de la educación de los propios maestros y profesores, y la calidad educativa como producto final que llega a los niños y jóvenes, los cuales, educados correctamente, podrán encontrar un futuro mejor que el que hoy les depara nuestra deteriorada nación. Huelga decirlo, la educación debe ser sin adoctrinamiento político alguno, como lamentablemente vimos en plena campaña de las PASO a una profesora militante discutiendo y adoctrinando a sus educandos. Frente a ese tipo de hechos debemos decir también “nunca más” todos juntos.

Por otra parte -como en Macondo- la degradación moral de nuestra casta dirigente, generó que, mientras el pueblo cumplía con una cuarentena dura, privados de derechos constitucionales básicos, nuestro mandatario, estaba confesamente de fiesta en la Quinta de Olivos. Tan insensato como inmoral, ahora, desplazado a la categoría de presidente testimonial y con meras tareas protocolares, prácticamente escondido, no tuvo más remedio que deponer su intento de alzamiento, agachar la cabeza y acatar el nuevo orden impuesto por la dueña del poder. Todo lo que sucedió desde el primer día de encierro de nuestras vidas (20 de marzo de 2020) fue para peor. Se degradó la economía, la salud, las instituciones, la seguridad y la educación de nuestra nación. No sufrimos una pandemia sino cinco al mismo tiempo (salud, economía, instituciones, seguridad y educación). El ejercicio del poder del Estado, en plena pandemia, mutó de una república democrática a una autocracia exacerbada, donde el poder, el deseo y la voluntad de una sola persona prevalecieron por sobre el interés del pueblo. La jubilación anticipada del presidente relegado a figura testimonial es un claro ejemplo de la pandemia institucional que padecemos.

Resulta tan llamativo como irresponsable que en tiempos electorales nos repitan las mismas promesas carentes de contenido alguno, sin ninguna propuesta concreta, seria y pensada, sustentada en datos sólidos e irrefutables. La zaraza es el himno de la campaña electoral. Se los come el personaje que inventan para salir con cara de pandemia (como se le escuchó decir al Gobernador de la Provincia de Buenos Aires). La autocracia populista nos terminó de convertir en una sociedad del miedo, donde se nos gobernó por medio de los temores existenciales que la pandemia hizo aflorar en cada uno de nosotros. La descripción mágica de Macondo se empieza a quedar corta comparada con la realidad Argentina donde para “Sir Gollan” la platita es la mejor vacuna.

Se ha convertido en todo un trabajo poder discernir lo que es verdad de la mentira. Los relatos salvajes nos toman de rehenes a todos por igual. Somos las víctimas del campo de batalla en que se ha convertido la política nacional, degradada a política de aldea pobre sin pretensiones de crecer. Los argentinos hemos perdido, como sociedad, el sentido de la cordura y el respeto por el que piensa diferente. Recordemos que un ex alto funcionario de la Provincia de Buenos Aires tuvo la imprudencia y el desprecio de llamar nazis a quienes tenían una mirada diferente a la suya. O más recientemente cuando el actual Ministro de Defensa -Aníbal, el otro Fernández- dijo: “Me cuesta creer que el pueblo se vaya a suicidar pensando que quienes están en la derecha berreta de este país puedan pensar en algún momento por sus familias, por sus cuidados, por sus soluciones. No puede ser eso”. Esto nos lleva a la dilución o pérdida del sentido común social. Si no nos escuchamos con respeto jamás podremos entendernos y encontrar consensos en las diferencias.

Dijo García Marquez: “Entonces veo otra vez la calle, el polvo luminoso, blanco y abrasador, que cubre las casas y qué le ha dado al pueblo un lamentable aspecto de mueble arruinado. Es como si Dios hubiera declarado innecesario a Macondo y lo hubiera echado al rincón donde están los pueblos que han dejado de prestar servicio a la creación” (La Hojarasca, 1955). Esperemos que Argentina, pese a todo, jamás deje de prestar servicio a la creación. Tenemos por delante mucho trabajo.

Fuente: Infobae

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