Cristina en cuarentena: un mes y medio para volver a enamorar o...

OPINIÓN 04 de octubre de 2021 Por Hugo E. Grimaldi*
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Cada vez que alguien ingresa al Instituto Patria, muchos de sus moradores, sobre todo quienes que viven escondidos tras las faldas de Cristina de Kirchner (apellido y preposición con impronta machirula que ha retornado a su perfil en las redes) temen que la mala nueva le llegue a la vicepresidenta si noviembre le es esquivo, sobre todo si el Frente de Todos pierde la mayoría en el Senado y si no se la consigue en la Cámara Baja. Ella ya ha zafado cuando su partido perdió la Presidencia de la República en 2015 y se supo reciclar. La diferencia es que, por primera vez, en muchísimos años, su liderazgo ha comenzado a ser discutido de verdad, sobre todo en dónde ella ha dicho políticamente que es su segundo "lugar en el mundo": el Conurbano bonaerense.

Los corrillos de Rodríguez Peña 80 no hablan de otra cosa. El principal problema que algunos le ven a la situación es que el fallo del kirchnerismo y sobre todo de su conducción es que muchos "se subieron al banquito" y se olvidaron de la gente. Esa es la factura que se le está pasando al cristinismo y a su Jefa, ofensiva que la tiene más que preocupada. Cuando un peronista huele que alguien se deshilacha, inmediatamente lo aísla, lo pone en cuarentena, paso previo a la figura del cortejo fúnebre. Porque ya estuvo del otro lado, ella sabe que eso es así y por eso busca recomponer la situación de arriba hacia abajo de la pirámide. Cristina es pragmática por definición, pero esta vez ni ella sabe si le alcanzará, pero la va a pelear hasta el final, cambiando lo que haya que cambiar aun explicando lo inexplicable, porque ésa es su esencia.

El problema que se observa es que quizás un mes y medio es poco para recomponer el vínculo con los votantes y si no lo logra, entonces el ninguneo será feroz.

Según un frecuentador del viejo edificio cercano al Congreso, en rigor más metido en temas de investigación que en la rosca política, también están comprometidos por los aires del recambio los demás miembros del "Cuarteto de Alejandría" nombre de guerra de los hacedores del llamado gobierno de coalición del Frente de Todos, el heredero Máximo (Kirchner), el polifacético Sergio (Massa) y Alberto (Fernández). "Pobre Alberto", suelen decir. El tema que se observa allí es que si además de Cristina hay también corrimiento de los otros tres socios (solían llamarlos la "troika") la gobernabilidad se caerá a pedazos.

Para muchos de quienes trabajan en el Patria, más por afinidad ideológica hacia la izquierda que por haber mamado la plasticidad del peronismo, la situación post PASO es de "derechización" absoluta de las decisiones y no les gusta nada que eso pueda continuar hasta el fin del mandato. En este punto hay cierto consenso, aunque la verdadera discusión pasa por las motivaciones, ya que algunos entienden que es algo táctico para evitar que el cortejo se disgregue antes del cruzar el portón de ingreso, aunque otros creen que no mantener los principios es cobardía.

El séquito cristinista se la pasó en la previa de las PASO haciéndole los rulos a la vicepresidenta hablándole pestes del Presidente y de sus ministros. De Fernández lo menos que decían es que todos sus fallidos fueron para perder las elecciones y en ese complot incluyeron la difusión de la foto del cumpleaños "a un canal opositor", lastre que terminó con la gestión de Juan Pablo Biondi. Ellos fueron quienes le metieron fichas especialmente contra el "ajuste" de Martín Guzmán y contra la "pasividad" de Juan Pablo Cafiero y la impulsaron a traerle al Presidente un interventor desde Tucumán: Juan Manzur.

Desde su posicionamiento, el nuevo Jefe de Gabinete es el cuco de muchos en el Instituto que se dicen progresistas, ya que expresa posiciones dogmáticas de la Iglesia. Por eso, les ha sonado mal, en un gobierno poco afecto a ese palo (salvo su interesada cercanía a Francisco), la apelación de Manzur a que Dios "nos dé una manito" en relación al pago de las todas las deudas que tiene la Argentina. Como ya lo habían hecho en 2015 a favor de María Eugenia Vidal, ahora los curas también interfirieron en la elección. "No votar es opinar" le decían a los fieles interpretando a la jerarquía. La llegada del tucumano ha sido además una patada en la línea baja de la progresía defensora del aborto, sobre todo. "Al menos no habla de astrología como (Victoria) Tolosa Paz" suelen decir, quizás para conformarse, de otro de los nombres intragables en el cenáculo cristinista.

"No hay que confundirse, algunos gobernadores se la jugaron a Cristina, pero tampoco Manzur los representa para sostener a Alberto como se quiso hacer creer. Llegó para hacer la de él, candidatearse a Presidente desde la derecha del peronismo", cuentan desde Tucumán quienes lo tildan de "conservador" por sus acciones allí. Nada para extrañarse. Finalmente, Cristina y su esposo en vida, también fueron dos conservadores, típicos caudillos de provincia. "Son de Santa Cruz, como Menem, pero con frío", se solía decir en 2003. Igualmente, ni en la usina de pensamiento kirchnerista saben bien quién lo trajo al tucumano al gobierno central.

Lo que no se vieron venir (y mucho menos entre quienes hacían gala de una descomunal soberbia en la cúpula del Frente de Todos) fue el sentimiento de bronca de muchísimas personas que solían constituir la base electoral del kirchnerismo, quienes quedaron resentidos por la ostentación de la nueva oligarquía. A ellos están dirigidas hoy las dádivas con las cuáles, a "maquinita" batiente y con un lúgubre destino inflacionario, se intenta repechar la cuesta con la excusa de que fue la economía la culpable del desastre. "A Cancha Rayada le siguió Maipú", dicen quienes buscan poner esperanza en que se revierta el resultado en noviembre, aunque la cosa parece que va más allá de poner "platita" en el bolsillo. La gente que era cliente seguro dejó de serlo harta del encierro, la falta de trabajo, la mendicidad, la droga y las vacunas para privilegiados, pero también saturada por muchas actitudes despectivas del Gobierno, que algunos asemejan a las de una casta.

La profundidad del fenómeno que dejó a muchos ciudadanos sin votar fue más evidente entre los más pobres del Conurbano y eso fue lo que puso en pie de guerra a los intendentes. Entre quienes le calientan la oreja a Cristina surgió enseguida el mote de "traidores", aunque la vicepresidenta siguió su instinto y le cargó la mochila al gobernador Axel Kicillof, le bajó a su Jefe de Gabinete y le puso a un intendente, primus inter pares de casi todos los demás, Martín Insaurralde, mientras que hizo correr a su hijo de toda operación destinada a cooptar dirigentes en los municipios por parte de La Cámpora.

Pese a todo, la rebelión de los jefes comunales, cuyo malestar visibilizó el intendente de Escobar, Ariel Sujarchuk, todavía no termina porque muchos están buscando un tercer período, algo que las leyes provinciales no permiten de momento y culpan a Máximo y a Kicillof porque no activan las presiones a la Justicia provincial para dar vuelta un fallo que ratificó la Ley. Los jefes comunales conocen mejor que nadie que deben aprovechar la actual debilidad de Cristina para sacarle concesiones que los vuelvan a poner en carrera. Saben que llegará el momento en que la campaña sólo será para ganar Santa Fe, Chubut y La Pampa, para recuperar allí senadores en peligro, pero, por sobre todo, para ganar "aunque sea por un voto" en la provincia de Buenos Aires, donde sonó más fuerte el cachetazo. Una especie de victoria moral.

Al joven Máximo tampoco lo tratan del todo bien sus compañeros de bancada quienes, de a uno, lo han ido cuestionando cada vez más. El desastre de Quilmes, donde gobierna La Cámpora, le bajó el copete al hijo de la vicepresidenta, quien siguió a rajatabla las indicaciones de su madre para achicar el daño en el Conurbano. Pero, dentro del bloque parece que ya su palabra no es tan santa, se lo discute y le llueven demandas de todas las provincias, de Santa Cruz en primer término.

A Sergio Massa se lo cuestiona internamente porque su caudal de votos parece haber desaparecido, aunque lo persigue ahora la posibilidad de perder la presidencia de la Cámara de Diputados, algo que la oposición podría ejercer si tiene mayoría de bancas, aunque la tradición indique otra cosa. Ha querido arrimar un equipo económico y saltar al Ejecutivo, aunque por ahora todo indica que no es el momento ya que, si hay una nueva derrota, el Gabinete actual -incluidos los recién llegados Manzur, Aníbal Fernández y Julián Domínguez- es provisorio de toda provisoriedad.

En cuanto a Massa y a Máximo, antes de las elecciones estarán abocados a despanzurrarle el Presupuesto 2022 a Martín Guzmán, un proyecto que venía flojo de papeles ya que sus parámetros lucen inconsistentes (crecimiento de 4%, inflación minorista de 33%, dólar de $131,10 a fin de año y déficit primario de 3,3% del PBI) y sus supuestos ultra-optimistas (suba de recaudación en términos reales, no más gastos por pandemia y préstamos de organismos). Mientras tanto, los dólares del Banco Central se evaporan.

Mientras tanto, en medio de todos estos vaivenes que le agregan desesperanza a la gente, ha quedado atrapado el Presidente en su soledad. Sus patéticas visitas a casas de familia no sólo recuerdan a Mauricio Macri, sino que lo muestran en modo básico con un cuaderno entre las manos, anotando lo que seguramente nadie cumplirá. Por la investidura no deberían hacer leña del árbol caído, pero el cristinismo lo sigue criticando y han comisionado a Wado de Pedro para que sea el auditor del Patria en la Casa Rosada. "Pobre Alberto".

 

 

* Para El Cronista

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