Hacia el inexorable fracaso del tercer gobierno de coalición

OPINIÓN 07 de noviembre de 2021 Por Nancy PAZOS
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¿Cuántos gobiernos fracasados más vamos a tener que tolerar para darnos cuenta de que no están fallando sólo los políticos y economistas de turno (que desde ya también fallan) sino el propio sistema?

La última reforma constitucional argentina fue pensada por los líderes de un peronismo y un radicalismo que ya no existen como partidos políticos únicos. Carlos Menem y Raúl Alfonsín imaginaron la alternancia en el poder entre dos fuerzas. Nunca pensaron que sus sucesores iban a estar hoy enfrentados en dos coaliciones de poder sin liderazgos claros. Y mucho menos que habría alfonsinistas y menemistas en ambos bandos.

El diagrama institucional del poder pensado en los 90 es básico. Un Presidente que es líder, jefe y manda. Un Congreso que acata o se opone pero que de ninguna manera coadministra o cogobierna. No hay lugar para tibios ni para medias tintas.

Por eso cuando una coalición llega al poder (pasó con la Alianza que ungió a Fernando De la Rúa, con Cambiemos que catapultó a Mauricio Macri y pasa ahora con el Peronismo en sus distintas vertientes que convirtieron en Presidente a Alberto Fernández), está destinada al fracaso.

¿Por qué? Porque al no haber herramientas institucionales para garantizar un gobierno de coalición al estilo de las democracias europeas, una vez que una coalición gana la elección deja de funcionar como tal. En el mejor de los casos un sector fagocita al otro (el macrismo al radicalismo, por ejemplo) o, en el peor, conviven en una tensión claramente paralizante como sucede hoy con el actual gobierno.

Pero el final es inexorablemente el fracaso. Al menos así lo indica la experiencia hasta hoy.

Si las nuevas generaciones que están llamadas a dirigir los destinos del país en las próximas décadas pudieran sacarse las anteojeras de la grieta, dejarían de pensar en un inalcanzable y etéreo Pacto de la Moncloa para ponerse de acuerdo en qué rumbo tomará la Argentina toda. Estarían apelando al pragmatismo más básico e ideando un sistema político institucional acorde a la complejidad de la sociedad argentina de este siglo.

El radicalismo y el peronismo pueden seguir teniendo su peso específico como los partidos más antiguos y tradicionales del país. Pero está claro que hoy por hoy son sólo una parte del todo. Y que la irrupción de una tercera fuerza y de minorías concretas en los extremos amerita una reformulación del sistema.

Porque además la pauperización de la Argentina no da lugar a la paciencia. La gente se ilusiona y desilusiona casi al instante. Y cuatro años se convierten en una eternidad cuando los de más abajo, que son mayoría, no se sienten escuchados. En este marco conceptual dentro de una semana estaremos votando. Y, como se dijo en esta misma columna hace siete días, votando para que nada cambie. La cantidad de diputados y senadores que contabilicen los dos extremos de la grieta girarán para un lado o para el otro el fiel de la balanza de acuerdo a los proyectos que lleguen al recinto.

Uno de los primeros -si todo sale como espera parte del Gobierno- será el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). ¿Se mantendrán unificadas las dos coaliciones a la hora de levantar o bajar la mano?

El gobierno de los Fernández fue el primer intento de gobierno de coalición por parte del peronismo. Como pasó con De la Rúa y con Macri, la mezcla de líneas internas los potenció electoralmente a la hora de competir en las urnas pero esa misma mixtura se volvió nociva a la hora de gobernar.

En el caso de los gobiernos filo radicales la tensión interna se resolvió por la ley de la selva. El sector más fuerte fagocitó al otro. El radicalismo al Frepaso en el caso de De la Rúa y el PRO al radicalismo bajo el gobierno de Macri.

El peronismo, para bien y para mal, siempre fue especial a lo largo de la historia. Y en estos dos años de ejercicio cooperativo del poder demostró que la sumatoria de sectores o individualidades (Alberto per se se representaba sólo a sí mismo antes de ser elegido por Cristina), fue suma cero: en vez de potenciarse directamente se terminaron anulando.

Si bien algunas cosas cambiaron desde las PASO hasta acá, nada es lo suficientemente contundente como para vaticinar que el Gobierno pueda dar vuelta la elección. Es cierto que votaremos sin protocolo COVID, que no estamos más encerrados, que hay reactivación económica, que hay un pseudo héroe antiinflacionario que pelea contra las empresas por los precios y que Mauricio Macri volvió a sacar la cabeza reavivando la memoria emotiva de quienes lo sufrieron.

Pero en los hechos la gente sigue sin llegar a fin de mes, entre los artículos más comprados en el Cyber Monday no estuvieron los viajes ni televisores sino los barbijos y la comida, y el nivel de indigencia y desocupación sigue destrozando hogares.

Es sensato entonces esperar otra derrota del Gobierno a nivel nacional y también en la provincia de Buenos Aires.

El gran tema es que así como nadie se hace cargo del gobierno tampoco nadie se termina de hacer cargo de la futura derrota. “En el 2019 ganó el kirchnerismo pero el que gobernó hasta acá no fue un gobierno kirchnerista”. La frase parte del Instituto Patria y resume el clima reinante en ese sector de la coalición desde la carta de CFK post PASO hasta acá. Expectantes esperan el día después para que se defina el rumbo del gobierno.

Pero contra lo que muchos desde afuera presumen, no está claro tampoco que quieran hacerse cargo del hierro caliente.

Cristina parece más cansada y posiblemente enojada con ella misma por haberse equivocado una vez más en la elección del candidato, que otra cosa.

La cirugía programada (y no de urgencia) justo diez días antes de la elección fue en lo político casi como otra carta abierta al Presidente.

El albertismo (o los que llegaron al poder más por amistad que por peso político específico) no se queda atrás a la hora de expiar culpas. Para ellos el gran problema es lo presionado que se siente Alberto por las exigencias de Cristina. Sin embargo, también reconocen que el Presidente es la indecisión caminando, que se enamoró de la cuarentena sin percibir qué le estaba pasando la sociedad y que estar en la cúspide del poder potenció todas sus inseguridades.

Hay tantas interpretaciones del día después como interlocutores en el Gobierno. Lo que está claro es que no hay mucho espacio para navegar en dos aguas.

El acuerdo o no con el FMI es el punto de inflexión. Hay quienes dicen que Gustavo Beliz y Juan Manzur recibieron un pedido expreso por parte de Washington para que cambiaran los interlocutores por parte del gobierno. Eso apunta directo contra Martín Guzmán. El ministro de Economía volvió a tener diálogo fluido con Cristina. Pero está claro que si las urnas hablaron sobre algo en septiembre fue sobre el rumbo económico y, salvo la incorporación de Roberto Felleti en Comercio Interior, no hubo ningún otro cambio en el área más cuestionada y más sensible.

Inflación, disparada del dólar blue y financiero, riesgo país en alza y un Presupuesto para el próximo año que no termina de convencer a los propios, son a esta altura un cóctel explosivo. Sin definición.

“O acatan al Fondo o nos radicalizamos, no hay alternativa”, sentencia un conocedor de los dos sectores en los que hoy por hoy está dividido el Gobierno. Claro que a esta altura también juegan otras fichas.

Manzur y sus nunca bien ponderados gobernadores y sindicalistas que tiene a mano siempre en su construcción cotidiana de poder, y Sergio Massa, quien todavía está sumando puntos para recomponer con Máximo y Cristina después de haber tenido una postura tibia -según La Cámpora y el Instituto Patria- cuando forzaron los cambios de gabinete post derrota.

Jugador de toda la cancha, Massa igual espera su oportunidad. Conseguir credibilidad es fundamental para el proceso que viene. Y en eso se tiene fe.

Veremos. Hoy por hoy el panorama está totalmente abierto.

Fuente: Infobae

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