Desarraigo y familias que gastan millones: qué hay detrás del milagro del tenis argentino

DEPORTES 08 de noviembre de 2021 Por Federico KOTLAR
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Cuarenta mil dólares por año. Ese es el cálculo muy conservador de lo que un tenista profesional tiene que gastar en cada temporada si todavía no accedió al grupo de los que juegan los challenger, la segunda categoría de torneos del circuito. “Y esa plata es sin entrenador y haciendo magia”, deslizan entendidos del tenis de formación. “Y ni hablar si no vivís en tu casa y tenés que alquilar un departamento en otro país”, apunta Pedro Cachín, luchador del circuito. En la base de la pirámide de un deporte en el que las imágenes que más se ven son las de los exitosos que ganan millones, se acumulan historias no tan felices en las que los tenistas argentinos arrancan en condiciones muchísimo menos favorables que sus colegas del resto del mundo.

¿Es exagerado decir que el tenis argentino es un milagro? No parece. Porque si bien no hay en este caso una intervención divina –o por lo menos, no se registran pruebas de eso-, la Real Academia Española define que realizar milagros es “hacer mucho más de lo que se puede hacer comúnmente con los medios disponibles”. Por diferentes razones, el tenis argentino es un ejemplo en materia de carencia de medios disponibles. Por la falta de torneos a nivel local (en 2021 apenas se celebraron y con mucho esfuerzo dos ATP, un challenger y dos certámenes de nivel ITF, a los que se agregarán otros tres antes de fin de año), porque los sponsors son menos que en otras latitudes, porque intentar dar el salto implica pagar pasajes a lugares lejanos. Y se podría seguir con la enumeración. Sin embargo, hasta fines de octubre Argentina figuraba entre los países más ganadores de 2021 a nivel profesional con 41 títulos (2 ATP, 17 challengers y 22 ITF), solo superada en ese rubro por Italia, donde se realizaron nada menos que 34 torneos. Porque lo que no falta, eso sí, es voluntad para tapar los huecos que la realidad impone.


Por su naturaleza, más allá de diferentes geografías, el tenis es caro. “Tiene muchas complejidades estructurales de base porque es un deporte individual”, cuentan desde la Asociación Argentina de Tenis a Infobae. Vale un ejemplo como punta del iceberg: un chico de 8 años que juega al fútbol se subirá a un ómnibus con los compañeros de club y competirá con otros que llegan en condiciones similares; si en cambio juega al tenis, el traslado para los partidos estará a cargo de su familia. A partir de ahí, si el chico empieza a avanzar en el camino hacia el profesionalismo, los viajes a los torneos de su categoría –muchos de ellos en diferentes provincias– serán parte de la primera inversión en una carrera que, en la mayoría de los casos, se frustra poco después de comenzar.

Con menos dinero disponible que sus pares de países centrales, la AAT busca acompañar a los jóvenes desde el Departamento de Desarrollo y está presente, por ejemplo, junto a quienes se clasifican para los torneos de juniors de los Grand Slam, adonde viajan acompañados por un entrenador. Un aporte para el crecimiento de los chicos, aunque por lógica, en un escenario en el que no sobra la plata, la parte grande del respaldo se va para los mejores -que muchas veces no son los que después se destacan como profesionales.
Todo este camino, arduo y poblado por la esperanza, encuentra recién su momento más difícil desde que el tenista cumple 18 años. Más allá de que la AAT incorporó un Equipo de Transición para tratar de disminuir la brusquedad del cambio y ayudar a los tenistas con algunas facilidades en diferentes torneos, la situación en esa etapa sigue siendo muy difícil. Porque se vuelve imperioso, a partir de ahí, generar ingresos para sostener una carrera en la que sí o sí se debe viajar a destinos diversos y contar como mínimo con un entrenador y un preparador físico (en general, en esa etapa, compartidos con otros tenistas). Un caso exitoso de ese recorrido es el de Francisco Cerúndolo, una de las grandes esperanzas del tenis argentino.

“Por suerte en mi caso fueron solo seis, siete meses en los que mis padres me tuvieron que bancar. Esa etapa es la peor, porque es en la que más perdés”, le cuenta Cerúndolo a Infobae. Actualmente 115º del ranking mundial, comenzó a jugar casi desde que tuvo uso de razón: su papá, Alejandro, que llegó a ser 309º del ranking y una vez retirado se dedicó a ser coach, los llevó tanto a él como a su hermano Juan Manuel (campeón este año en el ATP de Córdoba) a practicar desde muy chicos. Cuando quedó claro que el talento de Fran lo ameritaba, decidieron en familia que hiciera su primera gira. “Como ahora en Argentina no hay torneos –precisa-, tenemos que salir a viajar a Europa, a EE.UU., a África, y eso sí que es muy costoso. Viajás solo, porque salvo que tengas un sponsor no podés costear el viaje de acompañantes. Y como en esa etapa la Asociación ya no te cubre nada, cada uno se hace cargo de su carrera y trata de hacer lo más económico posible”.

A esta situación se suma una dificultad extra: el “envejecimiento” de la élite del tenis, que hace que la etapa de transición se haya vuelto más larga y, por ende, más costosa. Los números no dejan mentir: apenas hay cinco menores de 21 años en el top 100, uno de ellos el argentino Juan Manuel Cerúndolo (85º), hermano de Francisco. “Capaz hace 20 años, si tenías 18 ya aspirabas a meterte entre los 100 mejores del mundo. Hoy en día se alargó eso, es muy difícil meterse en el top 100 a esa edad. También porque la vida útil del tenista se estiró y hay gente que juega hasta los 40 años. Hoy en día a los 23 o 24 es donde todos empiezan a jugar su mejor tenis”, precisa Fran, un gran ejemplo en ese sentido: con 23 años, está en el mejor momento de su carrera y en camino ascendente.

El cordobés Pedro Cachín muestra, a sus 26, una cara más sufrida de la historia. Cuando tenía 13 dejó su Bell Ville natal para mudarse solo a Villa María, donde tenía más posibilidades de desarrollar su tenis. Y apenas llegó a la mayoría de edad decidió aprovechar una oportunidad de instalarse en Barcelona para ser jugador de la empresa de representación que tenía Alex Corretja, ex número 2 del mundo, con su hermano. Fue un nuevo desarraigo. “Yo no era muy consciente de la decisión que estaba tomando. Vine a Barcelona literalmente solo y hubo tres años de aburrimiento feo… Socialmente, nada. No en el sentido de que si me pasaba algo no sabía a quién recurrir, porque la familia Corretja me recibió como a uno más. Pero bueno, ellos tienen hijos y no podés estar hinchándoles todo el día”, relata Pedro, que cuando jugó el challenger de Buenos Aires en octubre vio a sus padres por primera vez desde que comenzó la pandemia de COVID-19.

Aunque llegó a ser 166º del ranking, algunas lesiones lo complicaron y actualmente se ubica 261º. Por estos días atravesó un parate de cerca de un mes y medio a raíz de un edema en la tibia y este tiempo de inactividad, aunque le permitió terminar de acondicionar el departamento al que acaba de mudarse con su novia, fue de pura pérdida económica. Para él es una gran ayuda poder estar instalado en Barcelona y desde ahí llegar a cada torneo.

“El hecho de que en Europa haya torneos y en Argentina no… Es todo. El poder elegir dónde vas a jugar debería ser básico en tu carrera. Entiendo que no se pueda hacer en Sudamérica porque necesitás mucha plata de inversores y sponsors. Estando acá, se reduce al mínimo el gasto por estar en otras ciudades, porque yo sé que si pierdo a la noche tengo un vuelo para volver a casa. Y si ya jugás challengers, tenés cubierto tanto el hotel como las comidas”, explica en la nota con este medio.

A eso, Cachín le agrega la participación en los torneos Interclubes que se realizan en Europa durante el año. “Es lo que te da más seguridad desde lo económico. Si no te va bien esa semana, jugás Interclubes el fin de semana. Lo hace todo el mundo, casi desde el 50º del ranking para abajo. Y del 100º para abajo, todos”, precisa.

También a Facundo Lugones le tocó emigrar muy joven. A los 18 años, en una época en que en Argentina todavía había una buena cantidad de futures –los ITF de hoy-, empezó a notar que le costaba insertarse y decidió aceptar la propuesta de una beca en la Texas Christian University, para estudiar Economía y ser parte del interesante circuito de tenis universitario de EE.UU.

Cuando partió, seguía con la idea de meterse en un futuro en torneos ATP, pero de a poco entendió que su destino era otro. “No era tan bueno como yo creía al principio y además terminaba siempre las semanas con el físico tocado. Si no podía aguantar ese ritmo, menos iba a poder ser profesional y jugar 30 o 35 semanas por año”, detalla.


Esa historia trunca lo llevó a un sendero que no había imaginado: comenzó una carrera como entrenador y de esa manera conoció en la universidad a otro alumno, el británico Cameron Norrie, a quien le veía un enorme afán competitivo pero también muchas cosas para corregir. Lo que vino después es más conocido: hoy Facundo, con apenas 29 años, es el coach de uno de los grandes tenistas del momento.

A la distancia, no duda en recomendar como un camino posible el que él exploró. “Con lo que cuesta subir hoy en el ranking por los pocos puntos que dan los ITF, salvo que seas buenísimo y ya a los 18 o 19 años ganes torneos, ir a una universidad en EE.UU. es una muy buena posibilidad. Tenés que ir a lugares con buenos entrenadores y donde haya voluntad de mejorarte como jugador, que no pasa en todos lados. Ahí estás dos o tres años evolucionando, jugando en cemento y mientras tanto no gastás un peso”, le explica a Infobae.

Con el sueño de algún día integrar esa élite a la que accedió Norrie, Valerio Aboian regresó en octubre de su primera gira importante. A los 19 años, ascendió al puesto 1047º del ranking luego de buenas actuaciones en torneos ITF jugados en destinos tan disímiles como Serbia, Polonia y Egipto. En dobles, especialidad en la que juega con su hermano Leonardo, se ubica 607º.

Más allá de que cuenta con el sponsoreo de Babolat y eso le sirve para cubrir parte de sus gastos, está en una etapa pantanosa, en la que los premios de los torneos alcanzan para muy poco y el sacrificio es grande. “Lo más duro es que todavía tengo que jugar la clasificación a los torneos. Jugás tres partidos duros y si los pasás, te toca por ahí otro duro, llegás al tercer set y ya estás cansado. Y el otro quizá jugó un solo partido y tiene mucho más resto”, describe desde su casa en Buenos Aires, en un rato de descanso luego de su viaje de más de un mes y medio.

Valerio, que se entrena con Blengino Tenis en Parque Norte, tiene motivos para esperanzarse con su carrera: no solo recibió una de las invitaciones para la clasificación del challenger de Buenos Aires sino que además firmó un acuerdo con el mismo grupo inversor que apoyó a Diego Schwartzman en su carrera. “La verdad que es muy bueno. Me dijeron que sí, me va a ayudar mucho, y estoy contento con eso porque si no todo es muy caro, más que nada en los futures”, comenta con alegría.


Ese tipo de contratos suele ser el salvataje para de los que no tienen los medios para costear su carrera. Aunque también en el circuito hubo casos de acuerdos leoninos. “He escuchado barbaridades de lo que hay que devolver. Sé que ha pasado… Te dicen ‘nosotros te damos todo pero vos no ves nada en los próximos 10 años’. Y a veces pasa, porque económicamente no se puede. A veces es aceptar eso o dejar de jugar”, relata Cachín.

Así, mientras esquivan los peligros y las dificultades que surgen desde diferentes costados, ellos siguen con su obstinada tarea de hacer historia grande. Muchos no pueden contra la lógica y quedan en el camino. Pero siempre, de alguna manera, aparecen los que hacen milagros.

Fuente: Infobae

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