Pasó 12 años presa por el “crimen pasional” de su marido y era inocente: “Inventaron una novela macabra”

CIUDADANOS 04/12/2021 Por Gisele SOUSA DÍAS
U73HZE6HMNBW3OAPKKNXYHJIXI

Las fotos son del 10 de julio de 2004. María tiene 35 años, un vestido blanco, un ramo de novia entre las manos y una sonrisa que aún no ha podido recuperar. A su lado, su flamante marido, Omar, le rodea la cintura, mira a cámara. Vienen de vivir un amor a la distancia -ella es correntina, él santafesino- y lo que él pensó el día en que la conoció acaba de concretarse: “Con esta mujer yo me caso”.


Están en Arequito, muy cerca de la casa en la que planean formar una familia, tener hijos: la misma casa en la que, dentro de 7 meses, los van a encontrar tirados, semidesnudos, cubiertos de sangre, muerto él, agonizando ella.

Se están por cumplir 17 años de la madrugada de verano en que todo cambió para siempre y María Antonia Gauna se acomoda del otro lado de la cámara y conversa con Infobae. Es la mujer que fue condenada a prisión perpetua por el “crimen pasional” de su marido, la mujer que encontró una forma de probar su inocencia cuando ya había pasado 12 años en la cárcel.

María, que ahora tiene 52 años, fue absuelta y volvió a su Corrientes natal sola: sin su marido, sin los hijos que querían tener. Hace dos semanas un tribunal resolvió que, por esa “mala praxis judicial”, el Estado de Santa Fe deberá indemnizarla con 7 millones de pesos, un monto que ella, por todo lo que perdió, califica ahora con dos palabras: “Una burla”.

Una noche de verano

María Antonia Gauna vivía en Sauce, Corrientes, pero viajaba seguido a Arequito, Santa Fe, a visitar a sus dos hermanas. Omar Bartorelli, el hombre del que se enamoró en uno de esos viajes, era un productor agropecuario íntimo amigo de su cuñado.

“Fue una relación muy hermosa”, dice María y sonríe por primera y única vez en la entrevista. Estuvieron dos años y medio de novios hasta que ella, que era docente en una escuela primaria, pidió el traslado para poder mudarse y casarse con él.

“Teníamos un proyecto de vida juntos. En primer lugar, ser padres. Todo eso quedó trunco”, lamenta. María había pasado por dos operaciones en los ovarios, por lo que el plan de la pareja era buscar un embarazo a través de un tratamiento de fertilidad o anotarse en el registro de adoptantes.

La noche del 6 de febrero de 2005 -casi siete meses después de la boda- María y Omar fueron a cenar a la casa de una de las hermanas de ella. “Estábamos de luto”, cuenta ahora, y se refiere a su mamá, que había fallecido una semana antes. Las tres hermanas habían viajado a Corrientes junto a sus maridos para despedirla y por eso mismo habían decidido cenar en familia ese sábado.

“Después de cenar regresamos a nuestra casa. Mi marido acostumbraba a dejar el auto en el garaje de sus padres, a una cuadra, por lo que yo siempre bajaba primero, entraba y le abría cuando volvía”, comienza. “Al ingresar a mi casa me encuentro con una persona encapuchada y con un arma. Tenía una barba muy larga y se le veían sus ojos... tiene ojos muy celestes. Ante semejante susto, grito. Cuando me habla escucho su voz y lo reconozco. Le digo ‘sos Pirulo’”.

María lo declaró desde el primer momento: dijo que el encapuchado era un familiar, por eso lo llamó por su sobrenombre. “Lo único que me decía era ‘dónde está la plata’”. La plata que quería -entendió ella enseguida- eran los 25.000 pesos que se suponía que Omar había retirado del banco Bisel unos días antes para comprar un tractor.

“Pero el cajero le había dicho que estaban ocurriendo muchos episodios de inseguridad en Arequito, que mejor hiciera una transferencia”, por lo que esa plata no estaba en la casa. María, entonces, le dijo que tenía un poco de dinero en un placard.

“Se lo doy y me ata de las dos muñecas con un cable hacia atrás. En ese momento llega mi marido y me grita de afuera: ‘Mari abrí la puerta’”. Dice que le abrió como pudo y que Omar también lo reconoció y lo llamó por el sobrenombre. “Ahí nos dijo ‘entren, si no los mato”.

Una vez adentro, “nos hizo arrodillar, también le ató las manos a mi marido y pedía la plata”. María recordó que en un bañito a medio construir tenía 1.000 pesos que una de sus hermanas le daba todos los meses para festejar los 15 de su hija y se los ofreció. “Me dijo ‘levántate y buscalos’, siempre apuntándonos. Yo ya no podía reaccionar, lo único que pensaba era en la muerte, más aún porque lo habíamos identificado”.

Después -declaró ella- el hombre sacó una bolsita de papel madera, fue a la cocina, sirvió Coca-Cola en dos vasos y les dio de tomar algo efervescente. “Nosotros le implorábamos y le suplicábamos que no nos hiciera nada, yo inclusive le decía ‘por favor, andate tranquilo que no te vamos a hacer la denuncia’”.

Dice que Omar se echó hacia atrás y se volcó gran parte del líquido sobre la ropa. Que ella pensó “cuando se va, vomito” y se lo tomó todo. “Después nos dijo ‘ahora se desvisten y se van a acostar’. Nos acostamos, ambos con ropa interior”.

Fue un vecino quien los vio al día siguiente, domingo, a la hora de la siesta: desde las rejas negras se podían ver los dos cuerpos semi desnudos en el piso en medio de una gran mancha de sangre.

Mi calvario

“Me desperté en un sanatorio con cortes en ambas muñecas. Tuve dos paros cardiorrespiratorios, estuve en coma, perdí muchísima sangre”, cuenta María y levanta las dos manos para mostrar las cicatrices. “Mi marido tenía heridas cortantes de arma blanca en el brazo, en el abdomen, en el corazón y la cara totalmente destrozada a golpes”.

Era evidente, sostiene, que Omar había luchado con el asesino. En la casa encontraron un reloj pulsera con la malla arrancada, la bicicleta de Omar tirada, la cama desordenada y con esquirlas de vidrio. Debajo de la almohada estaba escondida el arma: una cuchilla de 21 centímetros con mango blanco.

No hubo ningún testigo que declarara que María tenía algún motivo para matar a su marido: que hubiera descubierto una infidelidad, una familia paralela, que iba a abandonarla. Fue el contexto, describe ella, lo que preparó el terreno para armar la teoría del “crimen pasional”.

“Arequito venía sufriendo muchos episodios de inseguridad. En 2002 habían matado a una chica (Estela Maris Godoy, de 26 años) y en 2003 habían matado a un joven de 30 años de una puñalada en el corazón (José Luis Cignoli). Este último crimen fue muy resonante y el pueblo se alzó, se manifestó”.

La “pueblada” en los pagos cansinos de “La Sole” llegó a todos los medios nacionales: hubo autos incendiados, gases lacrimógenos, balazos de goma.

“El sábado que sucedió lo nuestro habían encontrado un auto lleno de armas y habían entrado a robar a una oficina a mano armada, por lo que empezó a correrse la voz de que iba a haber otra pueblada. Entonces ¿qué hacen? El presidente comunal junto con el comisario salen a apaciguar a la gente por el canal de Arequito. Les dicen que se queden tranquilos que lo que había pasado no era otro episodio de inseguridad sino un crimen pasional. Yo aún estaba peleando por mi vida”.

Cuando María despertó, el sanatorio estaba rodeado de policías. Ese día declaró lo mismo que cuenta hoy a Infobae:

“Grité a viva voz quién era el asesino de mi marido pero la jueza no me creyó, dijo que yo fabulaba. Su hipótesis fue: ‘Primero le dio golpes a su marido (con una botella de cerveza), lo mató con una cuchilla, luego lo arrastra y lo lleva al jardín de la casa. Luego vuelve hacia la cama, toma el mismo elemento cortante y se corta las muñecas para simular un suicidio’. Una novela inventaron, una novela macabra donde el personaje principal lamentablemente he sido yo”.

Pocos días después del crimen, con los brazos enyesados hasta los codos, María Antonia Gauna quedó detenida en la Alcaidía de Casilda. El crimen fue caratulado como “homicidio doblemente calificado agravado por el vínculo con tentativa de suicidio” y en 2008 fue condenada a prisión perpetua.

“Así comenzó mi calvario: 12 años estuve para demostrar que era inocente”, dice ahora.

12 años perdidos

Una a una, María enumera la larga lista de “irregularidades” que hubo en su caso: “La faja de prohibición de ingreso que se le pone a una casa cuando sucede un crimen fue puesta una semana después. ¿Sabés a quién le llevaron la cuchilla para saber si podía matar a alguien? A un carnicero. Todo esto está en el expediente”.

Y sigue. “Yo declaré que nos había dado algo de tomar y la policía dijo que había mandado muestras a analizar y habían dado negativo. Pero en el juicio confesaron que en realidad nunca habían mandado a analizar nada. Ya habían empezado con la novela del ‘crimen pasional’ y tenían que sostenerla como fuera”.

Cuenta, además, que hubo un testigo que vio al hombre entrar a su casa con una bolsita de papel madera (de donde ella dice que sacó el efervescente). “Pero fue amenazado, recibió un llamado en el que le dijeron ‘si hablás sos boleta’”.

Así, durante los años en los que estuvo presa “mi familia batalló desde afuera, con el asesino libre e impune, y yo desde adentro”, cuenta. “Mi fe y mi inocencia me mantuvieron viva y fuerte”.

Llevaba nueve años en la cárcel cuando su familia logró recuperar un estudio llamado “electromiografía” que había quedado archivado en el sanatorio en el que María había sido operada de los cortes en las muñecas. La evaluación era la llave de su libertad.

“Dice que yo tenía cortados los tendones, venas y flexores de mi muñeca izquierda profundamente”. ¿Qué significa? María es diestra: si hubiera agarrado el cuchillo con la mano derecha para cortarse la muñeca izquierda, habría sido imposible después usar la mano izquierda -”que quedó casi colgando”- para cortarse la derecha. El médico que la había operado ya había dicho que los cortes eran profundos “pero no le creyeron: la jueza dijo ‘miente para favorecer al reo’”.

Con ese estudio lograron que la Corte Suprema de Santa Fe revisara el caso y le diera la razón. “Era imposible que me hubiera hecho esos cortes sola”, contó ella la semana pasada a la radio Cadena 3. El 20 de diciembre de 2016 la Corte anuló la condena y dispuso su inmediata libertad. Había quedado detenida a los 35 años, cuando salió tenía 48.

Durante los años que siguieron, María demandó a la provincia de Santa Fe por “daños y perjuicios”. Enumeró el “daño material” que había sufrido, el “daño psíquico”, la “pérdida del proyecto de vida”, el “lucro cesante” y el “daño moral”. Y hace dos semanas, un tribunal le dio la razón y ordenó al Estado provincial pagarle unos 7 millones de pesos, aunque su defensa había pedido 30 millones.

“Parece una burla, no hay plata capaz de resarcir todo lo que me quitaron. Yo soñaba formar una familia con Omar, soñaba con tener hijos. Todo eso es irreparable”, se queja ella, que volvió a la escuela pero ya no como maestra sino como bibliotecaria, porque el daño psicológico limitó su trabajo a “tareas pasivas”.

“Sigo pidiendo a la justicia que me escuche y me responda, yo ya demostré mi inocencia. Están por cumplirse seis años desde que estoy libre: ¿qué esperan para que el asesino de mi marido sea investigado?”, se despide. Se refiere a que en 2016, cuando la Corte ordenó liberarla, también ordenó reabrir el caso para encontrar al verdadero homicida de Omar Bartorelli.

“Todavía no pude volver a mi casa, no me devolvieron mis pertenencias, hace seis años que alquilo. ¿Por qué? Porque cuando fui condenada la justicia civil me declaró ‘heredera indigna’ de mi marido y eso sigue igual. ¿Viste el símbolo de la justicia que tiene los ojos vendados? Bueno también tiene los oídos tapados, en mi caso la justicia sigue siendo sorda”.

Fuente: Infobae

Te puede interesar