¿Por qué Alberto Fernández no tiene escapatoria?

OPINIÓN Por Pedro Paulín*
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Si pedís disculpas, esto pasa. Si no, créeme, tenés un problema de cara a una elección que viene mal.  

-Estás leyendo mal la elección.  

Este intercambio tuvimos con Alberto Fernández el día 22 de agosto, jornada inolvidable en la que que se hizo público que mientras casi todo el país permanecía encerrado viendo como sus locales se fundían (el de mi mamá, por ejemplo, después de 26 años de dedicación y diseño, La Campiña desembarcó a la fuerza en el e-comerce), había una minúscula crema nacional que brindaba a puertas cerradas por diferentes motivos. Sólo se supo de la noche de Fabiola y sus amigos y asesores; hubo muchas y por variados motivos más.  

Alberto Fernández es la muestra más cabal de que en la Argentina la falta de memoria y humildad suele trazar el final de las personas en su vida pública. Cristina Kirchner dice en una de sus maltratadoras y violentas cartas, que le explicó a Alberto porqué perderían las elecciones, y que él de todas formas continuó trazando el sendero inexorable de la derrota. Los atenienses consideraban a los demagogos como aquellos que gobernaban diciendo tonterías con tal de obtener su propio bienestar. En este caso, asistimos a la particular demagogia invertida, es decir, un demagogo que gobierna para que otra persona habite su bienestar, aunque sea por unas pocas horas.  

Nunca habrá nada que le aporte una sonrisa a Cristina Kirchner, es un desafío mayúsculo para Alberto u otra persona, Cristina sólo sonreirá cuando la resolución de un juez confirme que sus hijos no irán presos por su manifiesta corrupción familiar. No va a pasar, pero cabe aclarar que algún curioso le planteó semanas atrás a un hombre fiel a Rodríguez Larreta si pudiese existir una tregua en caso de que sea presidente y, según dijeron a este columnista, la respuesta fue positiva. Después verá la nueva política cómo se lo explica a su electorado. 

Muerta la verdad, el país transita entonces el traicionero camino de la construcción subjetiva, donde los promulgadores de sentido moldean medias verdades con poca creatividad y enceguecen aún más a la opinión pública, más cercana a los instagramer que a Telenoche. Alguna vez un juez federal comentaba entre pieza y pieza de exquisito sushi que Alberto era quizás el mejor lobbista que había tenido la argentina moderna y el peor presidente que había tenido la argentina actual. Paradojal FODA para un dirigente porteño con pasado conservador cavallista y ambiciones futuras de peronismo federal. 

Alberto sigue siendo el mejor lobbista seguramente, quien dijo de forma sostenida y en distintos restoranes las definiciones más inolvidables de Cristina, Máximo Kirchner, el ignífugo Sergio Massa y otros dirigentes kirchneristas. “Estos boludos piensan que están en Sierra Maestra con un iPhone y de traje”, pintó alguna vez el presidente en conversaciones informales en alusión a La Cámpora. Difícil de empardar.  

Alberto tiene entonces todo para ganar. Si logra no repetir errores de endogamia y actitudes refractarias para escuchar sólo las musas que mal lo encantan y los repetidores que confirman sus teorías, tendría entonces un camino para recorrer. Si toma nota de sus errores y acepta críticas, entonces tendría todo para corregir; si pudiese conversar con periodistas críticos y captar el mensaje, tendría todo para comunicar y evitar los papelones de la otrora columnista devenida en empresaria y vocera oficial, Gabriela Cerruti.  

“Tu poder radica en mi miedo, yo ya no te temo, tú ya no tienes poder”, le pudo haber dicho Séneca a Nerón.  

 

 

* Para www.perfil.com

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