Guerra de Malvinas: el comando que murió dos veces y siguió combatiendo después de muerto

CIUDADANOS Por Nicolás KASANZEW
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El teniente Roberto Estevez (izquierda) y el soldado Carlos Grazziani

Al hacer el curso de comando, el teniente de 25 años Roberto Estévez, tuvo un paro cardíaco: lo tuvieron que resucitar. Es que en esa época el adiestramiento de las tropas especiales argentinas era tan duro que, por ejemplo, en el año 1980 murieron dos cursantes. Quizá por eso presintió que no volvería del campo de batalla, cuando partió para Malvinas al frente de una sección del Regimiento 25 de Infantería.

El Toto Estévez murió en Darwin en los brazos del conscripto Sergio Rodríguez, quien me relató circunstancias poco conocidas de ese combate.

Para integrar su sección Bote de la Compañía C, que estaría integrada por los AOR (Aspirantes a Oficiales de Reserva), Estévez seleccionó cuarenta conscriptos egresados del colegio secundario. “Fue más dura la instrucción que el combate mismo –rememora Rodríguez–. Y, obviamente, eso nos sirvió mucho a la hora de la verdad. Dormíamos poco, porque aprendíamos a orientarnos y desplazarnos en la noche sin hacer ruido, salíamos al campo, manejábamos ametralladoras, fusiles, ahorcadores, puñales. Todo eso nos permitió combatir como lo hicimos”.

Con destreza. Según el historiador británico Martin Middlebrook, la sección Bote fue la más eficaz de las que combatieron en Darwin. En añadidura, fue justamente un hombre de Estévez, el soldado de 18 años Oscar Ledesma, quien abatió, en un mano a mano, nada menos que al jefe de los paracaidistas británicos, el teniente coronel Herbert Jones.

Es que el joven oficial, en muy poco tiempo supo transmitirle a sus conscriptos espiritualidad, valores, principios y fortaleza.

En Darwin seguían haciendo instrucción. Estévez les recordaba constantemente que debían tener siempre tres cosas en muy buen estado: las armas, las manos y los pies.

El 27 de mayo por la noche, el teniente coronel Ítalo Piaggi le ordena al joven oficial que realice un contraataque, para recuperar el terreno perdido por la Compañía A del Regimiento 12. A las siete de la mañana del 28 la sección Bote entra en combate y pelea encarnizadamente hasta el mediodía.

Junto con el grupo del subteniente Ernesto Peluffo apenas si ascendían a sesenta hombres. Enfrente tenían a la Compañía A de paracaidistas británicos, que los superaba en número y estaba apoyada por el fuego de las fragatas.

Le pregunté a Rodríguez: ¿cómo resistieron cinco horas? “Fue la formación que nos dio Estévez. Sabíamos lo que la gente estaba esperando de nosotros y éramos conscientes del momento histórico que nos tocaba vivir. El 1 de abril, cuando se hizo el juramento a la bandera en el buque Almirante Irízar, nos emocionamos hasta las lágrimas, nos abrazamos como hermanos; fue cuando se consolidó definitivamente la sección”.

Aquella mañana del 28 de mayo, todavía estaba oscuro cuando Sergio Rodríguez escuchó el grito: “¡A las posiciones!”. Y empezó a correr hacia adelante tirando con su ametralladora. Pero un morterazo hiere de gravedad a Zabala, el conscripto que le llevaba los valijines con la munición, y a Rodríguez lo alcanza una esquirla.

“Le pedí a Dios que no me dejara morir ahí”, me cuenta. “Aún conservo mi rosario manchado de sangre; me lo había dado mi madre y me protegió”.

Rodríguez estaba herido en el perineo y tenía abierta una parte de la pierna. Se arrastró hasta el primer pozo que encontró, y se zambulló en él con su ametralladora. Lo primero que escuchó fue al cabo Castro rogándole que ponga fin a su sufrimiento. Había sido alcanzado por un proyectil incendiario y se estaba quemando vivo; olía a carne chamuscada. Gritaba: “Rodríguez, máteme!”. El conscripto no era capaz de hacerlo. Castro lo insultaba e insistía: “¡No me deje morir así!”. Después empezó a pedirle lo mismo al soldado Romero, hasta que expiró.

En medio de la lluvia de balas, llega al pozo de Rodríguez el teniente Estévez, herido en la pierna y en un brazo, pero llevando en el otro su arma y la radio. Le pasa la ametralladora a un soldado del Regimiento 12 y le ordena tirar. En ese momento, cuando empieza a aclarar, los ingleses hacen el primer repliegue de los tres que se vieron forzados a realizar. ¡Nada menos que tres veces fueron rechazados por los soldados de Estévez!

Aumenta aun más el volumen del fuego enemigo, y unas esquirlas rozan la cabeza de Rodríguez. Al advertir los hilitos de sangre que corrían por la cara del conscripto, Estévez le ordena que reemplace su boina por el casco de un soldado muerto del Regimiento 12. Aún malherido, el joven oficial se preocupaba por sus hombres, multiplicándose en la acción: seguía tirando con un solo brazo, hablaba por radio con el puesto comando, arengaba a la tropa.

En ese momento un tercer impacto le pega en el pómulo derecho y cae en los brazos de Rodríguez; balbucea algo ininteligible y muere.

Sin embargo, hasta sin vida, el teniente Estévez iba a seguir protegiendo a sus hombres. Continuaría combatiendo después de muerto, cual redivivo Cid Campeador.

Como las posiciones estaban hechas de turba y chapas, muy vulnerables ante el enorme volumen de fuego que recibían, los conscriptos sacaron del pozo el cuerpo inanimado de su jefe y lo pusieron en el borde, a modo de parapeto. “El teniente nos salvó la vida con su cuerpo”, atestigua Rodríguez.

Claro que, a raíz de ello, su rostro queda desfigurado. Afortunadamente, tras finalizar la batalla, el subteniente Gómez Centurión logra reconocerlo por la forma en que se ataba los cordones de los borceguíes, y le da sepultura.

Tras la muerte de Estévez, sus hombres se ponen a rezar y luego continúan combatiendo hasta agotar la munición. Ahí se demostró el viejo postulado, que una buena unidad puede funcionar sin su jefe. El liderazgo de Estévez fue tan potente que trascendió su desaparición física.

Fuente: Infobae

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