El día en que Petro ganó a Petro

INTERNACIONALES 21 de junio de 2022 Por Juan Diego QUESADA
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La gente que abarrotaba el salón del hotel Tequendama, en el centro de Bogotá, se quedó en silencio. En una pantalla se proyectaban los resultados de la primera vuelta de las presidenciales colombianas: Gustavo Petro vencía con el 40%, pero en la siguiente votación tenía que enfrentar a un candidato novedoso y rupturista, Rodolfo Hernández, que había obtenido el 28. Se dio por sentado que el 24% que había sacado Fico Gutiérrez, el candidato de la derecha y el establishment, irían a parar automáticamente a Hernández. Era claro que el antipetrismo era mayoría de nuevo e iba a frenar el ascenso al poder de un candidato de izquierdas.

La misma sensación de desolación la vivió el propio Petro, que recibió los resultados en una habitación del hotel. Los números no le cuadraban. Cuatro años en campaña, desde que perdió en 2018 frente al actual presidente Iván Duque, no habían valido para nada. Los acuerdos de paz de 2016 con las FARC, que legitimaban las opciones democráticas de izquierdas, y las protestas del año pasado lo habían colocado como favorito, pero ahora todo eso no era más que un espejismo. Tardó dos horas en salir a hablar ante los suyos, un poco conmocionado todavía por los datos. “Hay cambios que no son cambios, son suicidios. ¿Qué queremos, cambio o suicidio?”, se lanzó contra Hernández de primeras. En el momento en el que aceptó que perder era una posibilidad real y que su contrincante pasaba a estar en cabeza, Petro empezó a cimentar su victoria.

Él quería ganar por aclamación cuando comenzó la campaña y pronunciar una frase que llevaba toda una vida deseando decirla: “Soy Gustavo Petro y soy su presidente”. Este era el momento. El uribismo, el movimiento que aglutina los sectores tradicionales, estaba en su pico más bajo en 20 años. La sociedad exigía un cambio y Petro creía que podría dárselo. La izquierda estaba preparada para gobernar por primera vez. Los que le conocen dicen que tiene una idea muy elevada de sí mismo y que tiende a ser soberbio intelectualmente. En los debates con los otros candidatos demostró que no solo quería convencer a los votantes que veían la televisión, sino derrotar también a sus adversarios con la fuerza de los argumentos. Las elecciones eran una cuestión de Petro sí o Petro no.

La irrupción de Hernández cambió toda la estrategia. Sus asesores le hicieron ver que convertir la contienda en un plebiscito sobre su figura podía llevarle directamente a la derrota. Cuenta con un gran número de seguidores que le votan pase lo que pase, pero también con ejércitos de detractores que no le apoyarían bajo ninguna circunstancia. Hernández, un empresario de bienes raíces de 77 años, era una novedad hace tres semanas y no paraba de subir en los sondeos. A la vez era un gran desconocido para la mayoría, incluso para sus votantes, que confiaban en él por sus vídeos en TikTok. Lo conocían como El Viejito, inspiraba cariño.

En ese momento, Petro se echó a un lado y permitió que todos los focos se posaran sobre Hernández. No era fácil tomar esa decisión para alguien como él, que piensa su nombre en términos de Wikipedia. Quiere ser un presidente histórico, a la manera de Álvaro Uribe o Juan Manuel Santos, y no uno de transición como Duque. Le costó bajar el perfil, pero lo hizo. Dejó de dar grandes mítines por toda Colombia y se dedicó a visitar a ciudadanos corrientes en actos que transmitía por redes sociales. Su presencia en los medios disminuyó. A la vez, empezaron a moverse vídeos y audios del pasado de Hernández como alcalde de Bucaramanga en los que se veía su peor cara: machista, xenófobo y con tendencia a perder los estribos en situaciones de estrés. La luz directa lo abrasó.

El ingeniero, como se le conoce por sus estudios, desconocía el funcionamiento básico de algunas instituciones del Estado. Blasfemó contra la Virgen en un programa de televisión y criticó la higiene de los taxistas en comparación con la pulcritud de los Uber. Surgieron unos vídeos en los que se le veía a bordo de un yate con unos lobistas en Miami, rodeado de bailarinas. Se le escuchó decir que el mejor negocio para los ricos como él, cuya fortuna está valorada en 100 millones de dólares, eran los pobres. Su voto empezó a menguar, sobre todo entre las mujeres.

La puntilla final fue el debate que la justicia exigía que celebraran los candidatos, a tres días de las elecciones. Petro, que lleva toda su vida hablando en público, aceptó encantado. Estaba convencido de que podía derrotarlo con facilidad. Uno de los fuertes de Hernández era su discurso contra la corrupción, pero a la vez está imputado por favorecer a uno de sus hijos con una comisión por mediar en un contrato de basuras. Petro deseaba confrontarle con eso en público. No fue posible. Hernández no hizo caso al fallo judicial y lo prorrogó con excusas para que no se celebrara. En medio de esa discusión, hizo un comunicado agresivo y faltón contra su oponente, al que retaba a debatir en Bucaramanga, con las moderadoras que él escogiera y los temas seleccionados por su equipo. No esperaba que Petro dijera que sí: “Debatimos cuando quiera, donde quiera y como quiera”.

Ese fue un error fatal. Hernández evadió la respuesta de su rival y ante todo el país quedó claro que no quería debatir ni muerto. Para tratar de revertir esa situación, leyó un comunicado incoherente en redes sociales en el que acusaba a Petro de ser en realidad el que no quería presentarse. Apareció tembloroso, leyendo con dificultad y desorientado. El petrismo se encargó de difundir las imágenes por todos los rincones. No era la imagen de un presidente.

El resto es historia. Petro obtuvo el domingo 11,2 millones de votos, frente a los 10,5 de Hernández. Ha sido el presidente más votado en democracia con la participación más alta que ha habido nunca. Se trata de la primera vez que habrá un presidente declarado de izquierdas en un país en el que serlo hace solo dos décadas era un estigma.

Tiene por delante la tarea de coser un país dividido en a partes iguales a la vista de los resultados: los que confían en él para transformar un país necesitado de reformas urgentes y los que temen que malbarate una democracia sólida en lo económico y lo institucional como es la colombiana, a pesar de sus vaivenes. En sus manos de presidente electo está. Para llegar aquí Petro tuvo que derrotar por el camino a Petro.

Fuente: El País

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