Crónica de la disolución del kirchnerismo

OPINIÓN 10 de julio de 2022 Por Joaquín Morales Solá*
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El alarmante vacío político que existe es una construcción de los propios autores de la coalición peronista gobernante. El Presidente desapareció de la escena, agobiado por los golpes bajos que le propinó su propia vicepresidenta. Cristina Kirchner se ocupó de llevar a la fama los supuestos chats íntimos de Alberto Fernández.

Sergio Massa está enfurecido con el Presidente y con la vice desde que la vocera presidencial, Gabriela Cerruti, lo mandó públicamente a cumplir un “rol central” en la Cámara de Diputados. Justo a él, que se imaginó reemplazando a los otros dos en el ejercicio fáctico del poder. Silvina Batakis quemó su gestión dos días después de asumir, cuando deslizó (sin anunciarlo explícitamente, para peor) que podría colocar en un corralito los viajes de los argentinos al exterior. Enojó a un amplio sector de la clase media, que ya se acostumbró a hacer periódicas excursiones a Brasil, Europa o Estados Unidos. Su hijo está en Londres; hay una nomenklatura kirchnerista que puede acceder a satisfacciones que esta le niega al resto de los argentinos. “Incendió el quincho 48 horas después de asumir”, resumió un ministro que suele defender al Presidente. 

Muy pocos se habrían enterado de que se difundieron presuntos chats muy privados del Presidente si Cristina Kirchner no hubiera aludido a ellos en el discurso del sábado pasado en Ensenada. “Cualquiera puede ver mi teléfono, pero otros no pueden mostrarlo”, dijo. Suficiente. Nadie sabía qué quiso decir hasta que el propio cristinismo lo aclaró: se refirió a una filtración clandestina de chats de Alberto Fernández. Es probable que esa filtración sea una operación de algún servicio de inteligencia. Podría tratarse del “cuentapropismo”, como calificó la Justicia a un sector de espías que hace trabajo por su cuenta. O puede ser obra de la “mano de obra desocupada”; es decir, de espías que están sin trabajo y hacen changas para cualquiera. Todo es posible en un campo de batalla donde los oficialistas libran pendencias sin códigos, sin ley y sin límites. También es cierto que el Presidente es poco prudente con el uso de su teléfono y de sus comunicaciones. Debería cuidarse más.

Semejante alusión de la vicepresidenta a la intimidad presidencial tumbó a Alberto Fernández durante una semana en la quinta de Olivos, casi sin agenda. “Está mal, lo dejó perdido, nunca imaginó que Cristina se animaría a tanto”, resume un funcionario que lo vio al Presidente en esos días ingratos. Martín Guzmán cometió tal vez con su renuncia un acto de irresponsabilidad política, como lo calificó Cristina el viernes, pero ella fue más destituyente que el ministro caído. Es más desestabilizador respaldarse en las cloacas de los servicios de inteligencia que una renuncia inoportuna. Pero ¿no era Cristina, acaso, la que quería ver a Guzmán fuera del Gobierno? ¿No era ella la que hacía trascender que Guzmán es un mentiroso (y tal vez lo sea) que los conducía a todos a la derrota y el desierto? ¿Por qué se enoja ahora? La hipocresía es lo único que abunda en el micromundo del kirchnerismo.

El Presidente, mientras tanto, vivía en un mundo que no es este. Cada ministro usaba su lapicera, si es que quería usarla, pero ninguno podía acceder a la consulta con el jefe del Gobierno. Por la quinta presidencial merodeaban solo funcionarios de segundo orden. La tensión y el misterio llegaron a tal punto que diputados y senadores se prepararon en el Congreso para una eventual Asamblea Legislativa si se confirmaba el rumor que más circuló por esos pasillos: que el Presidente estaba decidido a renunciar. Muchos legisladores regresaron apresuradamente de sus provincias. “No lo veo, por ahora”, aclaró otro ministro que suele frecuentar a Alberto Fernández en alusión a la eventual dimisión presidencial. El “por ahora” refleja también el clima de inseguridad en el que habitan los funcionarios.

De todos modos, Massa sostiene que la crisis no se agotará con este capítulo. “Falta otro capítulo o varios más”, les suele confesar a sus interlocutores en la Cámara de Diputados, donde lo confinó la vocera presidencial. ¿Por orden de quién? ¿De Alberto o de Cristina? De los dos, seguramente. El explícito proyecto de Massa de escamotear todo el poder en un solo acto afectaba tanto al Presidente como a la vice. Todos están hundidos en la insignificancia política. Las encuestas los muestran a los tres compitiendo por las últimas escalas de la simpatía popular o por la cima de la antipatía social. Falta una referencia de control del Estado, a pesar de la desafortunada frase de Cerruti de que “el Presidente está en el control del país”. Es lo que siempre se dice en medio del descontrol.

Batakis es una economista de escasa envergadura, a pesar de que la corporación de economistas (con estimables excepciones) intentó protegerla desde el primer momento. Es una hija de la burocracia estatal, que puede tener fe en el sciolismo con tanta euforia como en el cristinismo. Incapaz de comprender el núcleo central de los problemas, siempre la tienta de inmediato el recurso fácil del autoritarismo. Negarles a los argentinos el derecho a usar su dinero como quieran es un acto de autoritarismo, se lo mire por donde se lo mire. En efecto, el problema no son los dólares que los argentinos gastan en el exterior (alrededor de 400 millones mensuales), sino la incapacidad del Gobierno para conservar las reservas de miles de millones de dólares que ingresaron al país en los últimos meses. La otra cara del problema es que ningún burócrata kirchnerista hizo atractivo al país para el turismo extranjero que gasta con tarjeta de crédito (que es el que realmente gasta). Las tarjetas emitidas en el exterior que compran o pagan en la Argentina lo hacen con el valor del dólar oficial. La Argentina es un país caro, entonces. A los burócratas del Banco Central se les ocurrió que podrían resolver el caso si esos turistas abrían una cuenta en el Banco Nación. Nadie hace eso, ni los argentinos. La solución no es complicada. Solo falta que una disposición del Banco Central indique que los dólares gastados con tarjetas del exterior se liquidarán con el valor del dólar contado con liquidación. La Argentina sería, en tal caso, un país barato. Los dólares que se van con los argentinos que viajan al exterior se compensarían con los dólares de los turistas que ingresan del exterior.

La ministra de Economía podría imitar también a países como España y Gran Bretaña, que están bajando el IVA en las facturas de gas y electricidad. Si hiciera eso, podría aumentar las tarifas sin tanto sacrificio de la sociedad. ¿Tendrá menos recaudación? Sí, pero en algún momento el Estado deberá hacer un sacrificio. El gasto público significa el 42 por ciento del PBI, cuando en 2005 era solo del 25 por ciento. Un crecimiento monumental de la burocracia, los ñoquis y la militancia rentada. Mauricio Macri lo entregó con el 35 por ciento y Alberto Fernández lo llevó de nuevo al 42 por ciento. El mayor incremento del gasto público se registró durante la presidencia de la máster en economía Cristina Kirchner. Esos porcentajes son aún mayores, en realidad, porque no contemplan el pago de los servicios de la deuda, una forma de medir que es otro inexplicable hallazgo argentino.

Cuando el desabastecimiento es palpable en las góndolas (y empieza a faltar hasta el papel higiénico), Batakis contó que se inspira en José Gelbard. Gelbard gobernó la economía hace 50 años; el medio siglo posterior fue el de mayor progreso tecnológico en la historia de la humanidad, que cambió radicalmente la economía. De todos modos, lo que hizo Gelbard fue sentarse sobre los números de la economía, pero esta estalló, implacable, con el Rodrigazo. Entonces explotaron todos los números y provocaron uno de los momentos más críticos de la economía argentina. Según la biografía de Gelbard escrita por María Seoane, el exministro murió en el aeropuerto de Washington cuando regresaba de cumplir su función secreta de virtual ministro de Fidel Castro. Pero Gelbard vivía exiliado en Estados Unidos y el mundo estaba en plena Guerra Fría. Imposible mayor mezcla de hipocresía y audacia. Así fue el ídolo de la ministra que se inmoló antes de comenzar.

 

 

* Para La Nación

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