¿Nos vamos a quedar sin papel higiénico?

ECONOMÍA 11 de julio de 2022 Por Mario MACTAS
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Viene a mostrar la realidad de este lugar, la constante falta de alimentos, ropas, ¡salmón!, que se importa de Chile criado en grandes jaulas en el mar con vacunas, antibióticos, balanceado. No son peces salvajes, y el único que se emplea ya para sushi -preferido hoy a las empanadas o la pizza: lamentable-, café, neumáticos, salchichas (mejor no preguntar cómo se hacen, pero llevan plásticos, químicos que tienen que conseguirse con dólares). Es mayor el lamento por el salmón del sushi que por unas facturas, pan, aceite. Todo compone el cuadro de las fotos tan difundidas en los mercados con estantes vacíos en Venezuela, un país aliado de Irán, de Rusia, de Cuba, de Nicaragua, con seis millones de emigrantes, sin nafta en un mar de petróleo y habitantes que permanecen con hambre, sed y miedo.

Pongamos aparte los que apenas comen, la gran cantidad de pobres e indigentes que se duermen con unos mates en todo el día, la pobreza, el envilecimiento de los dirigentes barriales. Es otra cosa: sobrevivir. Pongamos a un lado la noción olvidada de trabajo. Dejémoslo, no porque sea otro planeta, sino porque al desabastecimiento se agrega además a las adicciones que transforman a muchos miles de jóvenes en algo que la especie humana apenas reconoce, abandonados y enriquecidos con ellos los traficantes: la villa inmensa que progresa. El temblor de la falta en las llamadas góndolas aumenta con el papel higiénico en punta.

En el borde del territorio de la Argentina, aún de pie está la catatonia de quienes se entregan al descalabro, las riñas y venganzas en el poder, la vergüenza de estar dentro del derrumbe. Los que producen con algún insumo en dólares no saben qué hacer con sus vidas y trabajo que contienen ciertas importaciones en el proceso. La inflación, que no encuentran el modo de intentar detenerla o la atribuyen a causas inverosímiles y descompuestas. La relación estrambótica entre viajar y obstruir puestos de trabajo, como apenas soltó la recién llegada ministra Batakis, al tiempo que –sorpresa- se comunicaba con el FMI para seguir el hilo de las negociaciones y deudas.

Papel higiénico

Atención: se ve en portales, redes, informativos, radios, que las personas expresan un extrañísimo miedo de quedarse sin papel higiénico. Llamativo, porque es el catalizador mayor a la falta de inquietud por la escasez. Algo raro nos dice cuando las personas se aprovisionan en grandes cantidades para sus inodoros en los mercados, disculpen ustedes si el hecho es un poco incómodo así, contado. Ya quedamos en separar a la Argentina miserable porque el hacinamiento o las soledades donde sobreviven nuestros compatriotas en las alturas recurren por sus llamados fisiológicos a pozos en la tierra donde todos acuden sin otra solución y donde esperan las infecciones, todo con un techito -a veces- desde el que se descuelgan las vinchucas. No, aparte otra vez. El papel higiénico, tan valorado por un mecanismo que lleva a considerarlo más necesario que las proteínas, vitaminas, los cuidados médicos, es una obsesión paranoica que cede peligro a cualquier otra falta. Es fácil observar la cantidad de rollos que transportan las bolsas o los changuitos. La búsqueda principal. El terror por la falta de papel higiénico es de orden urbano y de la clase media en extinción.

Un comercial de televisión -inteligente, por eso entre otras cosas- muestra a un hombre joven al contar cuánto ahorró con el uso del papel higiénico doble dividiéndolo en dos, más finito pero rendidor y, entre tales trucos de ahorro, irá a ver el Mundial en Qatar. Buenos años atrás se usó hasta saturar una campaña publicitaria sobre la base de que cada uno de sus papeles enrollados constaba de 74 metros.

Es el papel sin relacionarlo con el bidet, artefacto por lo general en forma de taba, no da la impresión de agregar gastos. Se necesita un pequeño elemental como manual de instrucciones, puede no haberlo o, como en otras culturas, entendido como pecaminoso, quien quiera oír que oiga. En situación de papel higiénico reducido a un cilindro desnudo de cartón puede darse un saltito de rana hasta el bidet.

Nuestra tierra querida tiene un conflicto con los baños y el papel higiénico: alcanza con los de los bares, zonas de repugnancia sin excepción. Los restaurantes y estaciones de servicio en las rutas tienen baños de horror donde a menudo los retretes están destrozados y la suciedad garantizada con sus moscas verdes de culo verde . El papel cuelga de un gancho de alambre con pedazos de diarios. En no pocas casas acomodadas y confortables, llegado el momento de pedir pasar al baño puede resultar desagradable entre el desorden, el olor, ¡la falta de papel! o de jabón. Si se trata del cuarto de baño de visitas, puede ocurrir que no hay nada y el apremiado queda con su desamparo.

Como antecedente por la posibilidad de que se encuentre menos recordemos la pastera de celulosa, componente básico del papel, donde grupos exaltados de criollos más o menos alemanes del lugar y el líder político que amenazó con construirla en el Uruguay al punto de un bufonesco casus belli.

La falta tan temida a la escasez y el papel íntimo-¿está bien así?- no tiene una explicación racional cuando se ve en reportajes callejeros y pequeñas encuestas que es la exigencia más perentoria.

Algo nos pasa entre los desaguisados empobrecedores y autoritarios personajes a cargo de lo que queda. No tiene que ver con la parte de atrás que todos (y todas) llevan consigo. Es mental.

Fuente: Infobae

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