Kim Phuc,“la niña del napalm”, en una entrevista exclusiva

SOCIEDAD 11 de julio de 2022 Por Joaquín Sánchez Mariño*
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Kim Phuc Phan Thi sonríe. Los ojos delineados, la boca pintada. Tiene un vestido azul con flores y apenas ve el cartel con su nombre abre los brazos como avisando que es ella. Acaba de aterrizar en Varsovia, Polonia, luego de un viaje de nueva horas desde Toronto, Canadá. En tres horas volverá a subir a un avión y hará el viaje opuesto: desde Polonia a Canadá. Pero ahora sonríe y muestra los dientes.

A su lado camina un hombre bajito y silencioso, lleva una mochila propia y la cartera de ella. Es Toan Bui Huy, el marido de Kim hace exactos 30 años. Kim ahora no camina, está con dolor de gota y un día antes del viaje estuvo en una clínica en Miami haciéndose el doceavo tratamiento para sus quemaduras.

Sus quemaduras sucedieron hace 50 años, el 8 de junio de 1972, el día en que los aviones del ejército de los Estados Unidos lanzaran varias bombas de napalm contra su aldea en Vietnam del sur. Ella estaba jugando en un templo cuando escuchó el ruido de los aviones y los gritos de los soldados para que evacuaran. Muchos combatientes del vietcong -combatientes de Vietnam del norte- se había refugiado en su pueblo y el ataque aéreo buscaba acabar con ellos, sin importar la presencia de los civiles que vivían ahí y que nada tenían que ver con la guerra, Kim entre ellos.

Tenía apenas 9 años. El napalm quemó el 65% de su cuerpo. Su vida -que los médicos dieron por perdida- cambió para siempre. Pasaría días en la morgue, pasaría meses en recuperación, pasaría años atrapada en un régimen que la usaba como propaganda, pasaría medio siglo tratando de curar las heridas y el dolor, y nunca podría escapar de la foto que inmortalizó ese día y que se conoce como “la niña del napalm”. Pero Kim -sonrisa radiante y sonora como una bendecida-, llega a Varsovia a sus 59 años y dice que el dolor no importa y se para de la silla de ruedas y a partir de ahora caminará en chancletas porque le aprietan menos los pies.

“Aún recuerdo ese día. La guerra vino de golpe, fue la primera vez que llegaba a nuestra aldea. No sabíamos a dónde ir, entonces mi madre decidió que nos escondiéramos en un templo porque pensamos que al ser un lugar sagrado era un lugar seguro… Pero lamentablemente en tiempos de guerra ningún lugar es seguro. Entonces nos escondimos en el templo por tres días. El tercer día fue el 8 de junio de 1972. Como éramos chicos, nos dejaban jugar en el patio interior, cerca del refugio antibombas. De pronto los soldados nos empezaron a gritar a los niños diciéndonos que corriéramos, teníamos que irnos de ahí. Recuerdo que corrimos enfrente del templo, llegando a la ruta”, cuenta ahora Kim desde un hotel en Varsovia, en una entrevista a solas con Infobae.

“Vi un avión que se dirigía hacía donde yo estaba. Era tan rápido y tan ruidoso que me quedé ahí parada. Luego miré para arriba y vi al avión, y después vi cuatro bombas cayendo… Entonces escuché el ruido: ‘Bu bu boom, bu bu boom’. De repente el fuego estaba en todos lados, me rodeaba. Mi ropa se quemó por completo con el fuego, y también mi brazo izquierdo. De inmediato usé mi mano derecha para apagarlo. Pensé: ‘Dios mío, me quemé toda y seré fea, y la gente me va a ver de una manera diferente a partir de ahora’. Estaba muy aterrorizada y no podía pensar en nada. Gracias a Dios mis pies no se quemaron y pude salir de ahí corriendo y escapar del fuego”, recuerda.

-¿Alguien quedó atrapado?

-Muchos soldados murieron porque, a diferencia de mí, su ropa no se desintegró y se quemaron vivos, porque se les derritió la ropa en el cuerpo. Dos primos míos murieron también, uno de 9 meses y otro de 3 años. Y mi tía se quemó gran parte de la cadera. Mi madre, mis hermanos y yo pudimos sobrevivir.

-¿Cómo siguió todo ese día?

-Escapé del fuego y vi a mis hermanos y a otros primos y a algunos soldados que estaban por ahí. Seguimos corriendo y corriendo por un tiempo. En un momento estaba muy cansada de correr y tuve que parar, vi mucha gente en la ruta y recuerdo que lloraba mientras decía: “Muy caliente, muy caliente”. Entonces uno de los soldados me dio un poco de agua para tomar y trató de ayudarme, puso agua por todo mi cuerpo, y en ese momento perdí la conciencia y me desmayé. No recuerdo nada más.

-¿La foto sucedió antes de eso?

-Sí, antes, no sé exactamente cuándo. Pero yo no sabía que habían sacado esa foto. Después de perder la conciencia no recuerdo nada, pero luego toda la gente que estuvo ahí me fue contando y sus historias se convirtieron en mi historia.

-Ya pasó medio siglo desde aquella foto que impactó al mundo. ¿Cómo fueron estos 50 años para vos?

-Bueno, durante muchas décadas fui tan solo una víctima de la guerra. Pero 50 años después también soy una madre, una abuela y una sobreviviente pidiendo por la paz. A pesar de que me tocó vivir una atrocidad, estoy agradecida de que haya sido así. He aprendido las lecciones que me dio la vida. Hace 50 años estuve en el lugar incorrecto y en el momento incorrecto, sí, pero ahora estoy en el lugar correcto en el momento correcto.

La persona que sacó la foto se llama Nick Ut. Es un fotógrafo vietnamita que durante toda la guerra cubrió el conflicto para AP (Associated Press). Empezó a los 17 años en Saigón y tenía 21 al momento del ataque en Trang Bang, la aldea de Kim. La foto que hizo ese día le valió el Premio Pulitzer y quedó marcada para siempre en su carrera, pero no lo supo de inmediato. Cruzó a Kim en carretera donde estaba registrando la evacuación de la aldea. “Yo intuía que algo terrible podía pasar después del bombardeo, así que estaba atento con mi cámara. Miré a través del humo negro y vi a una niña, desnuda, que corría directamente hacia nosotros”, contó. Levantó su cámara y lo inmortalizó: el cuerpo de Kim se descascara mientras arde sin llamas: el napalm es una químico de larguísima combustión, una nafta en gel que se te pega el cuerpo y quema y quema durante día. Nadie lo sabía, pero un milagro el salvó la vida.

Ut dejó su cámara y subió a Kim a su camioneta. La llevaron a toda velocidad al hospital local, pero no la querían recibir porque no sabían cómo tratarla. El fotógrafo les mostró la credencial de AP y les dijo que si no la atendían saldrían al día siguiente en todos los periódicos por haber rechazado a la niña. La técnica funcionó y los médicos hicieron lo que pudieron: apenas cubrir sus heridas con vendas y rezar. Al día siguiente Kim fue trasladada al Hospital de Niños de Saigón, su familia mientras la buscaba por todas partes, su madre y sus hermanos la habían perdido en la ruta.

Los doctores del Hospital de Niños tampoco sabían qué hacer. “Eso me salvó la vida”, cuenta ahora Kim. “Como no sabían tratar el napalm, me dejaron vendada y directamente me dieron por muerta”, dice. Finalmente, la llevaron aun con vida a la morgue y la dejaron allí a esperar su muerte. Kim no recuerda nada de todo esto, lo fue reconstruyendo con los años. Un médico especialista en napalm le explicó más de treinta años después, en España, que las vendas y falta de tratamiento le salvaron la vida: el napalm reacciona al contacto con el oxígeno y vuelve a combustionar, si le hubiera sacado el vendaje se hubiera vuelto a quemar. En cambio, estuvo tres días tirada en la morgue, con el químico apagándose. Y entonces, finalmente, su hermano -que también aparece en la foto, más cerca de la cámara que ella, a su derecha- la encontró. Llamó a su mamá y recuperaron su cuerpo.

Se la iban a llevar a su aldea para enterrar pero antes de salir del hospital su padre se encontró con un médico amigo. Le rogó que hiciera algo por su hija y el amigo aceptó. Hizo unos llamados y la trasladaron al tercer hospital, donde recibió el medicamento adecuado y estuvo 14 meses internada. Contra todo pronóstico, la niña del napalm resucitó.

-¿Cómo fue tu relación con la foto?

-No supe que existía mientras estuve en el hospital, recién en mi casa mi papá me la dio. La primera vez que la vi dije: “¿Qué? ¿Por qué tomaron la foto así?”. Estaba desnuda, fea y avergonzada. Yo tenía esa pregunta: “¿Ppor qué mis hermanos y primos tenían ropa puesta y yo no?”. ¿Alguien entendía mi dolor? No me gustó esa foto para nada. Era vergonzante.

-¿Sabías que eras famosa alrededor del mundo?

-No, vivía en una aldea a la que no llegaba nada de afuera. Yo deseaba estudiar para un día llegar a ser médica porque todo el amor de los doctores y las enfermeras durante mi tratamiento me inspiró. Ellos fueron mis héroes, y yo tenía el sueño de convertirme en doctora para ayudar a la gente como yo.

El sueño de ser médica nunca llegó a completarse, pero sí el de ayudar a los otros. Mientras conversa con Infobae en Varsovia, aparece Enrique Piñeyro, quien la invitó y es el ideólogo a su vez del vuelo humanitario que llevaría a 236 refugiados ucranianos de Polonia a Canadá. Se saludan como si fueran amigos de toda la vida, ella le dice que está muy emocionada de poder acompañar a la gente, que ella misma llegó como refugiada a Canadá hace 30 años y está feliz de poder dar un mensaje de esperanza. El avión en el que volarán -el Boeing 787 de Solidaire, la ONG de Piñeyro- está ploteado con la imagen histórica de Kim en Vietnam. Es un mensaje anti-guerra que atravesará medio planeta como consigna de paz.

Pero su misión, su voluntad de reparar sus heridas y hacer de ellas algo más no llegó de inmediato. Apenas se recuperó, Kim vivió como una niña más en su aldea durante algún tiempo hasta que terminó la guerra. Luego, el gobierno de Vietnam la utilizó como propaganda anti norteamericana, y comenzó a mostrarla para hacer de ella una bandera comunista. Kim se dejaba llevar, pero crecía el odio dentro suyo. “Me llevaban muchos meses a Rusia y me hacían dar entrevistas. Yo repetía una y otra vez lo mismo”, cuenta.

Un día llegó a Cuba con permiso para estudiar medicina, pero no aguantó: sus dolores por las quemaduras eran muy intensos y decidió cambiar de carrera. El 65% de su cuerpo sufrió quemaduras severas, el 35% de su piel fue reemplazada por injertos. Toda su espalda aun hoy muestra las marcas de lo que fue. Ella no quería pensar en eso, pero el dolor se interponía.

Estando en Cuba conoció al hombre bajito y silencioso que la acompaña ahora: Toan Bui Huy, su esposo. Se enamoraron y se pusieron de novios en Cuba. Querían casarse, pero la familia de ella no lo aceptaba. Toan es de Vietnam del norte y aunque la guerra había terminado, la grieta entre norte y sur seguía viva. Finalmente Kim le dijo que no le importaba la opinión de su familia y que debían casarse igual. Así lo hicieron en Cuba en 1992. Él acababa de recibirse de profesor de literatura, y luego de la luna de miel comenzaría una beca de posgrado de dos años, aun en Cuba.

Esa luna de miel sucedió en Moscú, uno de los pocos lugares a donde tenían permiso de viajar. Cuando volvían a la isla, el avión hizo una escala para cargar combustible en Ontario, Canadá. “Mientras el avión bajaba, Kim me miró y me dijo que debíamos tener una conversación muy seria. Yo no sabía de qué hablaba porque era la primera vez que lo mencionaba. Entonces me dijo que debíamos pensar qué queríamos para nuestro futuro”, cuenta Toan.

“Hablábamos despacio porque en cada vuelo viajaba alguien del gobierno que nos vigilaba, entonces todo era en susurros. Ella me tomó la mano y me dijo que debíamos bajar en Canadá e intentar quedarnos. Que no importaban nuestras cosas en Cuba, que era nuestra oportunidad de ser libres”, cuenta.

Toan no sabía si se lo decía en serio, él estaba a punto de comenzar una beca importante para su carrera y no tenían consigo nada, ni ropa ni dinero ni ningún amigo o permiso para quedarse en Canadá. Era una locura pero Kim hablaba muy en serio. “Y yo pensé: si su salud fuera normal, podría bajarse ella y yo recuperar nuestras cosas y buscar la manera de reencontrarnos. Pero como su salud era delicada, ¿cómo podía dejarla sola? ¿Qué haría si necesitaba de mí? Entonces le dije que sí, que bajáramos. Tenía mucho miedo, yo no pensaba que fuera buena idea, pero no podía alejarme de ella”, dice Toan ahora, mientras toma de la mano a Kim y la ayuda a abordar a una camioneta que la llevará de nuevo al aeropuerto de Varsovia, donde pocos minutos después llegarán al avión para volver a Canadá.

“Bajamos en Canadá, teníamos una hora hasta que cargaran el combustible. Kim fue al baño y miró la manera de esconderse, parada arriba de un inodoro. Me dijo que entrara con ella y esperáramos ahí a que saliera el vuelo, pero me parecía una locura”, recuerda. Lo que hicieron no fue menos arriesgado: vieron un grupo de cubanos que estaban al otro lado de un vidrio, del lado de adentro de Canadá. Les golpearon el cristal y preguntaron cómo habían llegado hasta ahí, uno de ellos les dijo -siempre en español, idioma que ambos manejaban perfecto- que habían pedido asilo a un oficial en una oficina, y les indicó dónde. Kim y Toan fueron hacia la ventanilla de migraciones y dijeron que querían entrar a Canadá.

“Nos preguntaron por qué y Kim dijo: ‘Porque queremos libertad’. Nos hicieron unas pocas preguntas y nos dijeron que podíamos pasar”, cuenta. De pronto, ellos también estaban del otro lado del vidrio. Llenaron algunos papeles y recibieron asilo en Canadá, donde el gobierno los ayudó con una casa, dinero y asistencia social. Nadie sabía de quién se trataba, ni la niña del napalm ni una sobreviviente de la guerra, tan solo un matrimonio queriendo cambiar de vida.

“Mientras la foto se hacía más famosa, más me costaba tener una vida privada, entonces la odiaba. Realmente quería escapar de esa foto”, dice Kim, que durante cuatro años vivió anónima en un barrio en las afueras de Toronto. Pero entonces comenzaron a buscarla.

“Nosotros teníamos mucho miedo”, dice Toan. “Nos habíamos escapado, temíamos que nos estuvieran buscando, entonces tratábamos de pasar de incógnito. De pronto alguien tocaba nuestra puerta y no atendíamos”, recuerda. Los periodistas la buscaban por todo el mundo: un inglés incluso había viajado a Vietnam a ver a su familia, y consiguió cartas que enviaron desde Canadá. Sin embargo, no lo hacían desde su casa sino desde direcciones prestadas para que nadie llegara a ellos. En cuatro años, se mudaron cinco veces. Querían una vida tranquila, lejos de esa foto.

Un día, luego de que vieron a varios reporteros dando vueltas por su casa, Kim y Toan fueron a ver a un abogado para saber cómo actuar. Mientras salían del metro, una mujer los fotografió desde lejos. Unos días después, la misma mujer los fotografió en la cuadra de su casa y les hizo una guardia intentando ver dónde vivían. Su foto salió en el periódico local y la fama -que no querían- volvió a caer sobre ella.

“Entonces aceptamos que Kim hiciera unas fotos porque el fotógrafo era un amigo. Cuando vino a casa lo hizo con un periodista que prometió no escribir nada. Nosotros no teníamos muebles, ni una mesa, vivíamos de manera humilde, entonces para recibirlos yo armé una mesa con una caja de cartón y la cubrí con un mantel. Cuando vino el fotógrafo, golpeó la mesa y se dio cuenta. Nos dijo que no podíamos vivir así y nos pidió por favor permiso para que se escribiera un breve artículo. Nos convenció y a partir de ahí ya no pudimos escondernos”, recuerda Toan. Kim lo escucha hablar y se ríe como si se tratara de otra vida. “Realmente la odiaba, odiaba esa foto”, dice.

-¿Cuando te reconciliaste con ella?

-Cuando encontré libertad en Canadá y me convertí en madre. Un día, mientras sostenía a mi bebé, Thomas, miré esa foto y me conmoví muchísimo. Me movilizó tanto que pensé que no quería que nada parecido le pasara a nadie más, ni mi hijo ni a ningún niño del mundo. Nadie más debía pasar por lo que pasó esa pequeña niña.

-¿Ahí empezó la Fundación (The Kim Foudation)?

-Sí. Me dije a mi misma: “Cuando me sacaron la foto, yo no pude elegir. Pero ahora sí puedo elegir y lo que elijo es hacer algo bueno con lo que me pasó”. Y decidí dedicar mi vida a trabajar por la paz. Al final, esa foto fue el regalo más poderoso que me dieron.

-Te dio un propósito.

-Sí, me ayudó mucho trabajar por la paz. Y cambió mi actitud y mi pensamiento. Desde entonces ya no quiero escapar a esa foto, quiero vivir con el propósito de ayudar a los niños, a las víctimas de las guerras o a las personas que sufren de violencia en todo el mundo.

-¿Cuándo lograste perdonar a los que provocaron sus heridas?

-Cuando me convertí en cristiana. Creo en Jesucristo, leo la biblia y rezo mucho. Después de ser una víctima de la guerra no sabía todo el dolor que tenía adentro. Tuve que lidiar no solamente con dolor físico sino también emocional. Y cuando encontré la Dios y recé por ellos, pude perdonar. “Dios, ayúdame a seguir adelante y amar a mis enemigos”, rezaba. Cuando empecé a trabajar en eso, aprendí a amar a mis enemigos y recé por cada uno de ellos.

-¿Rezaste por los pilotos que tiraron las bombas?

-Sí, recé por todas las personas que me hicieron mal. Cuando me di cuenta de que podía rezar por todos pensé: “Wow, puedo demostrarles amor”. Ahí mi corazón se liberó. Yo siento esto como el cielo en la tierra para esa pequeña niña. Vivo sin odio en mi corazón, por eso siempre estoy riendo y sonriendo. Mi corazón está sano.

Kim Phuc Phan Thi ríe y sonríe todo el rato: mientras recibe a los refugiados que viajan a Canadá parada en la escalerilla del avión para darles la bienvenida, mientras le piden fotos, mientras le cuenta su historia a una niña de 9 años que huyó de Kiev, mientras mira su foto gigante estampada a un lado del avión, mientras le cae una lágrima por el rostro, mientras duerme incluso unos minutos, mientras despega en cabina, mientras baja la escalera y camina en chancletas con dolor de gota, mientras recorre el predio donde se alojan los refugiados ya en Canadá, mientras juega a la pelota con una nena, mientras le dicen que su vuelo a Toronto desde Regina -en otra provincia de Canadá- fue cancelado por segunda vez, mientras le preguntan por la guerra y le preguntan por la paz. Kim sonríe y ríe y habla español si quiere y dice “chancletas”.

Su espalda sigue quemada. Hace unos años comenzó un tratamiento de laser en Miami. Ya lleva 12 sesiones. “La última vez les pedí que me cocine poquito, que me dejen medio cruda así no dolía tanto y podía venir al vuelo”, cuenta, con un humor que atraviesa todas las fronteras. No ama sus cicatrices pero no las esconde. Un día tuvo vergüenza, pero ya no. Un día odió, pero ya no. Incluso, un día miró a los ojos a uno de los hombres responsables de su tragedia.

-En 1996 pudiste conocer a uno de los pilotos que te atacó, ¿cierto?

-Conocí a un piloto de Estados Unidos, sí. No fue de los que tiraron las bombas sino el que planificó y comandó todo el ataque desde tierra. Nos conocimos en Washington DC. Él intentó hablar conmigo y yo acepté. Me pregunto: “¿Me perdonas? ¿Me perdonas?”. Dos veces. Lo miré y le dije: “Sí, te perdono. Por eso estoy acá”. En ese momento él me dijo: “Por favor, mirá mis ojos: ¿puedes ver el horror con el que cargo hace 24 años?”. Lo mire y lo entendí. La guerra no solo me costó a mí, a la niña inocente que sufre en esa foto, sino también a los soldados. Aquellos que se convirtieron en víctimas de la guerra pero de diferente manera.

-¿Cómo se perdona algo así?

-Tenemos que aprender a perdonar y hacer algo para promover la paz, amarnos y rezar por nosotros. Fue un hermoso momento y a partir de ahí nos convertimos en mejores amigos.

-¿Al piloto que lanzó la bomba lo conociste?

-No lo conocí, no sé quién es, pero rezo por él también. Si sigue vivo me gustaría verlo en persona, darle un gran abrazo y decirle que esa pequeña niña lo perdona y lo ama. Y si murió, me gustaría ver a su familia. No podemos cambiar el pasado, pero debemos disfrutar el momento y hacer algo en el presente. Me encantaría decirle eso, pero no sé si sigue vivo, han pasado 50 años.

-¿Alguna vez estuviste enojada con los Estados Unidos?

-Cuando pasó todo, cómo yo era chica no pensé en eso, tenía 9 años y mucho dolor, solo podía llorar y dormir. Entonces de niña no pensaba, pero después crecí y, para ser honesta, odiaba a todos. Odiaba mi vida incluso. “¿Por qué tengo que sufrir tanto?”, me preguntaba. Tenía muchas heridas y cicatrices y sufrimiento. No odiaba a los ciudadanos estadounidense, porque ellos no hicieron nada, pero a todo lo demás sí. Y cuando me convertí en cristiana puede perdonar todo. Me gustaría que Dios les diera otra oportunidad de hacer las cosas bien para la gente.

-¿Qué es la libertad para vos, Kim?

-Es algo que realmente valoro porque viví muchos años controlada. Una vez que gané mi libertad cuando me instalé en Canadá, quería ir a la escuela, terminar mis estudios, y encontrar un trabajo para tener una vida normal con mi familia. Hacer lo que dijera mi corazón. Tuve que aprender una nueva lengua, una nueva cultura y nuevas habilidades. Hoy tenemos dos hijos -Thomas de 28 años y Steven de 25-, y 5 nietos. Y les enseñamos a nuestros hijos a ser buenos ciudadanos, y lo son. La guerra destruye todo y y las personas necesitan jugar, especialmente los niños. Necesitan educarse y ser amados, vivir una vida normal. Si tenemos el lugar y la oportunidad, debemos ayudarlos.

 

*Para Infobae

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