Trabajaba con su hermano en la AMIA cuando explotó: “Me mortifica no saber si agonizó días bajo los escombros”

CIUDADANOS 18 de julio de 2022 Por Hugo MARTÍN
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El 18 de julio de 1994, como todas las mañanas, Adrián Furman llegó a su trabajo en el edificio de AMIA. La oficina de Personal, donde era empleado, estaba en el segundo piso del bloque trasero de Pasteur 633. Tenía una rutina: a eso de las 9 pasaba a ver a su hermano mayor, Fabián, que trabajaba en el sector de Sepelios y entraba un poco más temprano. Subió hasta el cuarto piso del bloque de adelante. Tomaron un café, como siempre. “Fue el lunes después que Brasil salió campeón del mundial. Habremos hablado de fútbol, del fin de semana, porque había estado en lo de mis padres, donde vivía yo, para ver el partido”, recuerda hoy. Entre las 9.20 y las 9.30 regresó a su oficina. No se acuerda cómo se despidió, si le dijo “después nos vemos” o qué. “Uno nunca espera que sea el último saludo. Era un día de invierno normal, frío…”, cuenta en el living de planta baja de la misma casa en que compartieron ese último domingo. Con toda lógica, no podía imaginar lo que sucedería exactamente a las 9.53. La bomba que voló la AMIA y dejó 85 muertos. Entre ellos, a su hermano Fabián, que tenía 30 años.

Cuando el coche bomba explotó, Adrián estaba sentado en su escritorio. No pensó en un explosivo, creyó que era el nuevo sistema de aire acondicionado que instalaban por esos días entre las refacciones del edificio. Escuchó la detonación, vio el humo y sintió un penetrante olor a amoníaco. En segundos oyó un segundo estruendo: luego supo que fue el derrumbe de todo el bloque delantero, separado del sector donde trabajaba él por un aire y luz y un pasillo. Sobre él cayeron trozos de mampostería, vidrios y chapas. Atinó a meterse bajo el escritorio. Cuando el humo y el olor se disiparon, salió y vio a unos 20 compañeros tan desorientados como él. “No sabíamos qué hacer. Por adelante no se podía salir, había muchos escombros. Por detrás había un patio con un puente que estaban construyendo para colocar equipos de aire. Salimos a ese patio, que daba a la medianera de otros edificios. Nos fuimos ayudando entre todos para subir y una vez que pasamos a ese primer techo, me di vuelta y vi lo que no quería ver: medio edificio no estaba. Y los edificios frente a Pasteur estaban destrozados”.

En un segundo, la conciencia de lo que sucedía le cayó encima: “Mi mente se fijó en el cuarto piso, donde tenía que estar mi hermano, que no existía más. Yo tenía golpes y cortes en la mano, pero desde ese momento ya no me importó. Necesitaba saber dónde estaba Fabián”. Finalmente, por los techos, salieron a otro edificio de la AMIA ubicado detrás, que daba a la calle Ayacucho. Lograron hacer un agujero en la pared y alcanzar la vereda. Vieron el caos ante sus ojos. A la vuelta, en Pasteur al 500, uno de sus tíos tenía un negocio. Un empleado lo vio, lo agarró y lo llevó hasta ahí. Llamaron por teléfono a sus padres, que en cuanto se enteraron por los medios del desastre habían salido en taxi hacia la AMIA. En la avenida Pueyrredón los frenó el corte de la policía. Llegaron caminando al negocio. Y los tres se abrazaron.

Adrián tiene 54 años, 28 años más que aquel día. Se casó con la mujer que conoció en abril de 1994, dos meses antes del atentado. Tuvieron dos hijos, hoy de 22 y 17 años. Se separó. Desde hace cinco años tiene una nueva pareja. Trabajó dos años más en AMIA, ordenando los papeles perdidos y legajos de todos los empleados, pero a finales de 1996, cuando se enteró que regresarían a Pasteur 633, supo que tenía que dejar el empleo. Ahora está en la casa de sus padres y mira las fotos que recorren la vida de su hermano. Toma la primera: “Acá Fabián tendría un año y está con mis padres, Yaco y Graciela. Yo no había nacido todavía. La foto debe ser en la casa de Villa Crespo, en Lerma y Malabia. Es el inicio de su historia, que no terminó como él quería…”.

Sus padres están en la cocina pero no aparecen. Se escucha una tele en esta planta baja del barrio de La Paternal. Luego toma otra fotografía, donde están los tres hermanos: Fabián, Ariel y él. “Ya tendría 7 u 8 años. Estamos en la vereda de Lerma. Se usaba salir a jugar afuera… Cuando éramos más chicos, por una cuestión de edad, Fabián hacía sus cosas, que no me incluían, claro. A medida que fuimos creciendo, más que nada cuando empezamos a trabajar en AMIA, formamos una amistad. Compartimos el mismo grupo de amigos, salidas, cenas, asados, vacaciones, muchas cosas. Fabián se transformó en un ejemplo de vida para mí”.

A los 13 años, su hermano mayor, que cumplía años el 12 de noviembre, tuvo su Bar Mitzvah en el templo judío de la calle Camargo. Y luego, una fiesta que compartió con dos amigos en un salón sencillo. Adrián recuerda que fueron con su padre a comprar hielo para las bebidas, y a él, todavía chico, “molestando a los más grandes hasta que me echaban”.

Luego, otra imagen de Fabián con su abuelo lo lleva a los domingos familiares en el CASA (Club Atlético Sefaradí Argentino) de Vicente López: “Nos levantábamos temprano, mis padres preparaban la comida y la bebida y nos juntábamos con tíos, primos y abuelos. De los primos, Fabián era el más grande”. La siguiente es en la típica formación escolar en el colegio Scholem Aleijem de la calle Serrano. A esa escuela fueron los hermanos. Y luego, los tres se pasaron al ORT para la secundaria. “Fabián era un alumno normal, tranquilo, tenía sus momentos de joda, sus picardías. Pero nunca tuvo problemas con la conducta o el estudio. Tenía muchos amigos, en primaria, secundaria y en el trabajo. Era un buen tipo que se hacía querer. Llevaba una vida normal, linda y tranquila”.

Del ORT, Fabián salió con un título de Construcciones. Empezó la facultad de Ingeniería Civil en la UTN y a los dos años dejó esa carrera y se anotó en Arquitectura. Llegó a cuarto año y abandonó. Eligió, cuenta Adrián, trabajar por sobre el estudio. “Papá fue empleado de AMIA, pero se fue antes del atentado. Y luego tuvo un taxi, que Fabián manejaba. Papá dejaba de trabajar a las cuatro o cinco, se encontraban, lavaba el taxi y seguía hasta las 9 o 10. Al día siguiente traía el taxi acá a casa, se iba a trabajar a AMIA y papá salía a trabajar. Así era la rutina que llevaban”.

Por un contacto del padre, Fabián comenzó a trabajar también en AMIA. Primero lo hizo en la sección de Socios, y más adelante, en Sepelios. Se había casado con Viviana después de un noviazgo de tres años y todo el dinero que juntaba lo destinaba a las reformas que hacía en el PH de la calle Cucha Cucha que habían comprado. “Siempre trabajaba y salía adelante. Y lo hacía feliz y contento. Nunca se quejaba del trabajo”, recuerda Adrián, que mira la foto de la boda de su hermano en “septiembre u octubre de 1992″, sin poder precisar la fecha exacta. “No hizo ceremonia religiosa. Fue un casamiento mixto. Acá está Viviana, la esposa de Fabián, mi hermano Ariel y yo. Me acuerdo en ese día, fueron compañeros de trabajo, familiares, amigos, había muy buena onda, mucha alegría. Es uno de los últimos recuerdos que tengo de mi hermano. Tenía muchos proyectos que no pudo cumplir: terminar con la casa, tener hijos. Estaba muy enamorado de Viviana, se los veía muy bien, muy unidos”. Un par de días antes del casamiento se reunieron a cenar en el departamento de los padres. Y con la complicidad de un amigo, consiguieron unos mariachis para brindarle una serenata. “Estábamos todos mirando por la ventana”, sonríe Adrián.

La última imagen es en el PH que reformaba. “Lo compró medio destrozado, y lo iba arreglando. En esa foto, que saqué yo, están mis padres, mis hermanos y sus mujeres. La casa tenía una parrilla y nos gustaba hacer asados”.

De Fabián, además de los recuerdos imborrables que traen las fotografías, Adrián atesora algunos objetos, como la campera que usaba aquel 18 de julio de 1994. No sabe si la tenía puesta cuando hallaron su cuerpo bajo los escombros o estaba cerca suyo. La saca de la bolsa en que la guarda y dice que “todavía tiene un poco de polvo de ese día”. En un bolsillo hallaron la birome de Fabián, boletos de ómnibus, y un trozo de vidrio de la explosión. Adrián regresa a la mañana fatal: “Desde que yo me fui de su oficina habrán pasado 20 o 25 minutos. Después no me crucé con nadie que me haya dicho que estuvo con él. Cuando salí empezó a atender a dos fallecidos en el atentado, los hermanos Schalit (Pablo y Fabián. NOTA: además, estaban con ellos Luis Kupchik -cuya hija habló con Infobae para este aniversario del atentado- y Elías Palti), que fueron a tramitar la muerte del abuelo. Calculo que murieron en la misma oficina que mi hermano. De sus compañeros no sobrevivió ninguno. Nadie podría contar cómo fueron sus últimos momentos”.

A las 11 de la mañana comenzaron a buscarlo. Como se repitió en otros casos, hubo gente que aseguró haberlo visto caminando por alguna calle, o en el hospital de Clínicas. La familia fue a todos esos lugares. A las cinco de la tarde estaban otra vez en Pasteur con las manos vacías. A las seis, cuando comenzaba a anochecer, cuenta Adrián, le agarró una crisis de nervios. “Me subieron a una ambulancia, me dieron un calmante y me trajeron a casa. Vivía acá, en lo de mis padres. Los siete días siguientes fueron una tortura. A Fabián lo encontraron el lunes siguiente. A la madrugada sonó el teléfono y avisaron que habían hallado su cuerpo. Fue uno de los últimos. Y empezamos a aceptar el duelo, porque hasta ese momento había una mínima esperanza de encontrarlo vivo. Pero en ese momento, mi primer pensamiento fue ‘no quiero seguir más’. Entré en depresión, no quería salir…”

Es inevitable que la culpa se cuele en el relato de Adrián. Sucede en todos los casos en que un familiar sobrevivió en el mismo atentado donde murió un ser querido. “Siempre pienso qué habrá sentido en ese momento. No se si falleció al instante o a los dos días… Pensar en eso me mortifica. No saber si agonizó días esperando que lo saquen o fue instantáneo. Y después pienso por qué él y yo no, si estábamos en el mismo edificio. Por qué el destino quiso esto si él estaba casado y tenía un proyecto de familia y yo recién empezaba, era más chico. Por qué cortarle la vida. No tiene explicación. Ahora lo puedo superar, puedo estar más tranquilo. Pero ese pensamiento siempre está presente”.

Después de 28 años. Adrián perdió toda la fe en la justicia. “Lo único que sabemos es que hubo 85 muertos. Inventaron una pista local trucha. Quienes saben lo que pasó nunca contó nada. Algunos ya no existen. Soy muy negativo. Para mi es imposible que se sepa nada”, cuenta. Lo que sí puede es imaginar cómo sería la foto de su hermano Fabián hoy, a los 58 años: “Lo imagino con una familia y varios hijos, todos con cara de felicidad, compartiendo un asado con mis hijos, los hijos de mi otro hermano y mis padres. Una gran familia feliz”.

Fuente: Infobae

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