Discursos incendiarios en un clima de alta volatilidad

OPINIÓN 27 de julio de 2022 Por Francisco Sotelo*
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La destrucción de un silobolsa con 8 toneladas de soja en Santa Fe, el lunes 25, apenas 72 horas después de que Alberto Fernández acusara al sector agropecuario de especular con el precio de la oleaginosa y mencionara, justamente, ese sistema de mantenimiento del grano es un síntoma más del tembladeral social que genera un gobierno sin plan de navegación ni piloto. 

El presidente de la Nación debería conocer cuánto y cómo liquidan sus divisas los productores agropecuarios, el rol del campo en la estabilidad de la economía argentina y en nivel de tensión y desconcierto que reina en la sociedad. Porque la denuncia del Frente de Todos sobre un hipotético golpe de Estado, atribuido a Juntos por el Cambio, parece una burla, pero más bien suena a impotencia. 

El único intento visible de sabotaje institucional está dirigido al presidente y a la Corte de Justicia y no viene de la oposición sino del fracturado Frente de Todos. Nadie le hizo más daño a Alberto Fernández, desde que asumió hasta hoy, que la vicepresidenta Cristina Kirchner con su séquito. El esmerilamiento sistemático del Gabinete por parte del sector que obedece ciegamente a la ex presidenta demostró al extremo la incapacidad de Fernández para tomar y sostener decisiones autónomas. Las renuncias masivas de ministros kirchneristas luego de las PASO, de las que no se concretó ninguna, y los desplazamientos de funcionarios que respondían al presidente hablan por sí solos. Desde el primer día de gobierno, todo intento de desarrollar un programa económico fue obstruido sistemáticamente por la vice. Es notable que tanto ella como Alberto Fernández ignoran que, según la Constitución, la presidencia es unipersonal. Las decisiones finales las toma el presidente. Los de afuera, "son de palo".

En síntesis, cuando el presidente no puede establecer políticas tarifarias, no puede decidir subsidios, debe ceder todos los espacios que manejan los mayores presupuestos, como la ANSES, el PAMI, YPF, por ejemplo, y debe dejarlos en manos de sus mayores oponentes, La Cámpora y el Instituto Patria, hay desgobierno. La entrega de las áreas de Comercio y Energía a economistas convencidos de que la fábrica de pesos no tiene límites ni costos, como ocurrió desde que asumió Fernández, es la explicación de los gravísimos problemas sociales y económicos engendrados por esta gestión.

Cuando hay desgobierno, el país queda a un paso de la anarquía

Después de la destrucción del silobolsa, Fernández volvió a echar leña al fuego. Ayer atacó a la producción agropecuaria: ".... algunos siguen especulando con una devaluación para vender lo que tienen que vender". La pregunta es: ¿Lo cree? ¿O trata de quedar bien con el enemigo interno?

La venta de cereales al mercado externo se rige con las normas del comercio internacional, porque el productor sabe lo que no saben quiénes jamás asumieron actividades de riesgo: el Estado es socio en las ganancias, solamente. Al precio de la soja y a la inversión privada de los agricultores se deben los únicos momentos de respiro que vivió la economía argentina desde 2003. Este año, las exportaciones de cereales aportaron un ingreso de divisas de 20.000 millones de dólares. Pero el agro no recibió esa cifra, sino algo más de un tercio, y no en dólares, sino en pesos. ¿Qué hizo el Estado con las divisas? Pagar el "aluvión de importaciones" de insumos industriales y de combustibles, y tapar los agujeros que sus propios errores generan.

El presidente sigue atacando a las fuentes de ingreso genuinas para cualquier país: por la falta de dólares, al campo; por la inflación, a los "formadores de precios" sin asumir sus responsabilidades por esos dos problemas, que van de la mano y que nacen de la dilapidación del gasto público.

La senadora Juliana Di Tullio confunde soja con girasol y, además, reclama que la policía vaya a "las cuevas del dólar blue" como antes Roberto Feletti quería frenar la inflación con "comandos civiles" de controladores de precios.

Mientras tanto, Pablo Moyano sostiene que el "error del Gobierno es no tener más dureza contra los que quieren voltearlo". Y Juan Grabois, en nombre de los trabajadores de la economía popular, profetiza "sangre y saqueos".

La narrativa violenta que emana de la lucha interna del oficialismo enrarece cada vez más el clima. La inflación y el dólar son un problema serio, pero más serias son las consecuencias de dos décadas de políticas erráticas que se traducen en una agobiante grieta social y una fuga permanente de inversiones y, lo que es peor, de técnicos y profesionales.

La imprudencia (o impotencia) del presidente parece ignorar el clima de tensión que crispa cada día más a la gente.

 

 

* Para El Tribuno

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