Representantes eunucos

OPINIÓN Por Julio Báez**
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La representación popular barrunta en descargar, por intermedio de una sustitución legítima, la personalidad del pueblo, titular de la soberanía, en favor de los representantes, conformándose un vínculo entre el pueblo representado y sus representantes.

Si bien la representación es el medio o el canal de expresión de la voluntad de los ciudadanos, la expresión “pueblo” -aunque difusa y etérea- es un apelativo continente de diversas manifestaciones o conflictos de intereses entre los sendos sectores que concurren a esa aparente uniformidad.

La síntesis –no siempre alcanzada– de la voluntad política unitaria del pueblo se traduce en la forma en que se procesa dicha diversidad, la cual, en muchas oportunidades, es ficticia aun cuando los mecanismos electorales sofisticados den una respuesta aparente a dicha representación.

Lleva dicho Simonetti que es a partir de Hobbes que no existe en el concepto de representación nada preconstituido al hecho consistente en la creación del cuerpo político. En algunos tramos, la representación cabalga sobre territorios comunes con la ficción; es más que sabido que la integración del pueblo cambia minuto a minuto: algunos nacen y otros mueren; pese a ello, se lo rotula de inmutable. En estas representaciones, consiste la actuación de la ficción y la vida social está llena de ficciones.

Ahora bien, incluso anidando cierto costado ficcional y ambiguo en el enlace entre pueblo y representación -que lejos está de encontrase unido como el valle a la montaña- lo cierto es que, al menos en la modernidad líquida, resulta impensable o fácticamente imposible el desarrollo gubernamental mediante el ejercicio de una democracia directa propia de las primeras civilizaciones griegas.

Esto ha visto germinar la aparición de un cuerpo intermedio entre gobernantes y gobernados. De allí que resulten atinadas las palabras de Chevallier. En su encomiable obra “Los grandes textos políticos“, al analizar el “Contrato Social de Rosseau”, nos recuerda que este colige que el Gobierno es un cuerpo intermedio entre el soberano y los súbditos; un cuerpo restringido de hombres en el interior de un gran cuerpo político o una pequeña sociedad en la grande.

A dicho cuerpo, si no se no se lo detiene o se lo controla puede terminar por usurpar la soberanía de la sociedad. Rosseau vio con claridad que los hombres que forman parte de ese cuerpo intermedio poseían un vicio inherente e inevitable que, desde el nacimiento del tronco político, tiende sin descanso a destruirlo, lo mismo que la vejez y la muerte destruyen al fin al cuerpo del hombre. No me pasa desapercibido que el cuerpo es una entidad social, cultural, política y, como señala Foucault, en él es donde se ejercen y desarrollan las relaciones de poder.

Si las cosas son así y sin dirigir mi mirada hacia un gobernante en particular, el representante eunuco se pasea sobre senderos similares, aunque no idénticos. Es el elegido para conducir los destinos y los negocios de la sociedad, pero como eunuco que es, pese a ser el escogido o depositario de la confianza, no es quien tiene las riendas del gobierno o la autoridad para articular desafíos.

Por el contario es conducido, degradado o subyugado a ser un CEO de lujo de otro individuo o grupo de individuos e incluso es alcanzado por la “cultura del volquete”: cuando ya no cumple una función útil, pasa a ser descartable o sobrante.

En la hora actual existe un tardocolonialismo que, travistiendo con formas jurídicas, acude a designaciones legales pero con la paradoja que el designado no es quien conduce los destinos merced a lo cual la democracia tiende a vaciarse de contenido.

La democracia no se sumerge en la bruma oscura, al menos en hogaño, ante la desdichada aparición de una asonada castrense; por el contrario se encoge, por un lado, con la garantías de impunidad que anhelan ciertos bandidos y, por la otra, con la puesta en jaque a la legitimidad de origen que posee el seleccionado al ser esmerilado o subrogado en su misión por terceros.

El famoso " poder detrás del trono” -tan presente en la aldea global desde el arco del tiempo- proyecta un cono de sombras a la delegación popular. La transformación del mandatario en deuteragonista conduce hacia el sarcófago a la voluntad empoderante.

La idea lineal de la representación tiene sus dos puntos de amarre bien definidos: la construcción del Estado de Derecho por intermedio de la representación con la debida asignación de roles o funciones y una definición de los espacios públicos que se ocupan.

El " hombre de paja, la teratología que proyecta, trastoca la axiología de la representación pudiendo transformar a la democracia en un cadáver insepulto. En cierta medida, emula el segmento final de las “Ruinas Circulares” de nuestro genial Jorge Luis Borges, cuando recrea que “con alivio, con humillación, con terror, comprendió que el también era una apariencia, que otro estaba soñándolo”.

 

 

* Para www.infobae.com

** Juez de Cámara por el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N° 4 del Poder Judicial de la Nación, Doctor en Derecho Penal y Ciencias Penales, Doctor en Ciencia Política

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