Una bala atascada que amenaza el futuro de la democracia argentina

OPINIÓN 04 de septiembre de 2022 Por Ernesto TENEMBAUM
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Dos semanas antes del atentado contra Cristina Kirchner, una parte importante del mundo fue sacudida por otro intento fallido de asesinato. La víctima fue el escritor Salman Rushdie quien sobrevivió milagrosamente. El atacante era un joven norteamericano llamado Hadi Matar, descendiente de libaneses. Su madre contó que en 2018, Matar estuvo 28 días de paseo por el Líbano y regresó transformado en un aguerrido y cerrado militante religioso. Unos años después, intentaría asesinar a Rushdie. Existía allí un nexo evidente, una cadena lógica, entre la vida previa del atacante y el acto que realizó. Con convicciones aparentemente opuestas a las de Hadi Matar, muchos años antes, en 1995, el joven religioso ortodoxo Yigal Amir asesinó al líder israelí Itzjak Rabin. La maravillosa película Incitement cuenta la manera en que su entorno religioso fue sentando las bases para que Amir tomara la decisión que tomó. En ese ámbito, Rabin era considerado un traidor por negociar con el líder palestino Yasser Arafat.

El 6 de septiembre de 2018, se produjo otro episodio similar pero con una diferencia inquietante. En plena campaña electoral, el joven Adelio Bispo de Oliveira intentó asesinar a Jair Bolsonaro en Brasil. Como Cristina y Rushdie, Bolsonaro se salvó por milagro. En estos días, varias personas sostuvieron que Dios protegió a la vicepresidenta. Si tal cosa ocurrió, se trata evidentemente de alguien muy amplio. Sea como fuere, en la vida previa de Bispo de Oliveira no había ningún elemento que explicara su odio contra Bolsonaro.

 
-¿Quién te mandó a hacer eso?— le preguntó la policía.

-Fue Dios, desde arriba.

Se trataba de un hombre solitario, que leía obsesivamente la biblia, se encerraba en su habitación durante horas, escribía confusos proyectos políticos en sus redes. Estaba convencido de que los masones lo perseguían y lo argumentaba en base a números y símbolos masónicos que sólo él percibía. En este caso, es difícil encontrar el nexo, la cadena lógica, que llevó a Adelio Bispo de Oliveira a tratar de asesinar al líder de la derecha brasileña.

Entre las personas que asesinaron a figuras famosas –o intentaron hacerlo- es especialmente interesante el caso de Marc Chapman, el asesino de John Lennon quien, muchos años después del hecho, explicó su motivación. Hasta ese momento se había especulado con que Chapman era un cristiano que mató a Lennon porque era más famoso que Cristo, o con que Chapman lo había matado porque sus convicciones religiosas eran ofendidas por algunas letras del artista. Chapman desmintió todo eso. “Lo maté porque quería ser famoso. Él era el más famoso de todos. Si yo lo mataba, conseguiría también serlo”. Así de simple, y de espantoso.

Uno de los problemas para caracterizar el sentido del atentado contra Cristina Kirchner es que los datos existentes sobre su autor no permiten extraer conclusiones terminantes. Fernando André Sabag Montiel no participó de ningún acto de Javier Milei, no tenía un libro dedicado de Mauricio Macri, en el archivo de su computadora no guardaba proclamas de odio contra CFK, ni editoriales de algunos de los periodistas más exacerbados de estos tiempos, no fue a insultar a Juncal y Uriburu. Ni de sus posteos ni de las páginas que visitaba en internet se desprende algún interés por la política argentina. Aunque nos cuente entenderlo a quienes nos apasionamos por este extraño asunto, hay personas que tienen otros intereses, a las que el bombardeo de la grieta, literalmente, no les llegan. Ese podría ser el caso de Sabag Montiel, si se tienen en cuenta los elementos realmente existentes. O no. Quién sabe.

De cualquier modo, hay un indicio muy pequeño que podría ofrecer una explicación. Sabag Montiel se había tatuado en el codo un símbolo muy poco conocido, que utilizaban las SS de Hitler. El periodista y escritor argentino Juan Ruocco explicó que ese símbolo vincula a Sabag Montiel con otras personas que, en otros lugares de la tierra, produjeron atentados. Ruocco arriesga:

“Fernando Andres Sabag Montiel tenía tatuado el “Sol Negro”, uno de los símbolos más usados entre consumidores de estos memes e incluso quienes llevaron adelante atentados ¿Sabag Montiel tiene vínculo con todo lo de arriba? Poco, o posiblemente ninguno. Tiene mucha más pinta de ser un desequilibrado (un esquizo en el lenguaje de foro) que estaba fascinado con la simbología y poco más. Pero, en su caso, eso fue más que suficiente. Todo el truco de este ‘meme peligroso’ consiste primero en exponer mediante cierto conjunto de sentido la idea de un occidente en decadencia y un pasado a rescatar. Esa operación solo puede realizarle mediante la violencia que, a su vez, es vector para que más gente sea expuesta al meme peligroso. Y así se repite una y otra vez”.

O sea, que el hombre que intentó asesinar a Cristina podría haber sido motivado por movimientos que se producen en zonas extrañas y conspirativas de las redes y no por nada que ocurra en los medios tradicionales argentinos. O no. Quién sabe. Entender las razones por las que un hombre hace algo tan extraño muchas veces es una tarea imposible.

Pese a ello, apenas ocurrió el intento de asesinato contra Cristina Kirchner, muchas personas entendieron claramente lo que había ocurrido. Tal vez motivado por esa necesidad tan humana de darle sentido a lo inexplicable -o por otros motivos menos honrosos- el presidente Alberto Fernández sostuvo que el atentado contra la Vicepresidenta se debía a los “discursos del odio” que se difunden desde ámbitos políticos, mediáticos y judiciales. A esa misma hora, cientos de twitteros recordaban frases agresivas contra Cristina de otras personas. A la mañana siguiente, un canal oficialista tituló un graph “Los discursos del odio”, mientras reproducía imágenes de caceroleros que decían cualquier barbaridad contra CFK y las editoriales de periodistas cuya cara se podía ver en pantalla durante largos minutos. Un dirigente relevante del oficialismo escribió:

“La Bersa es de Lanata.

El cargador es de Leuco.

Las balas son de Feinmann.

La mira es de Jony Viale.

La empuñadura es de Majul.

El cañón es de TN

La portación es de Echecopar.

El gatillo es de LN+

La instigación es de Clarín.

El plan es de la Embajada.

El brasileño es un perejil”

Un ministro escribió: “No es un loco suelto ni es un hecho aislado: son tres toneladas de editoriales en diarios televisión y radio dándole lugar a los discursos violentos. Son los que sembraron un clima de odio y revancha y hoy cosechamos este resultado: el intento de asesinado a @CFKargentina”. En una Plaza de Mayo llena se coreaba: “Che gorila, si la tocan a Cristina que kilombo se va a armar” o “el que no salta es de Clarín”. La trabajadora de TN que fue a cubrir el acto fue escupida mientras salía al aire.

De repente, alguna gente tenía clarísimo por qué Sabag Montiel había hecho lo que había hecho y quiénes eran los culpables del intento de asesinato contra Cristina Kirchner. Tal vez no le pase nada a nadie de los mencionados. Pero, si alguien cree que los discursos públicos pueden motivar a personas desequilibradas a cometer barbaridades, ¿no debería abstenerse de marcar gente, mostrar sus fotos como instigadores de un intento de homicidio, difundir listas?

Como se sabe, los discursos extremos han ensuciado la política argentina -y dentro de ella, al periodismo- en los últimos años. En general, la descripción del fenómeno depende de la posición política de quién lo describe. Un kirchnerista se cansará de decir que el “odio gorila” es el factor desencadenante de todo este delirio. Un antikirchnerista recordará tantos discursos agresivos de Cristina o de Máximo o a 678 o a los juicios públicos contras disidentes, entre tantas otras delicias. El kirchnerismo tiene argumentos sólidos en este debate. Dirigentes encumbrados de la oposición se han paseado cómodos, una y otra vez, entre muñecos de Cristina con el traje a rayas o bolsas mortuorias o carteles que decían “los queremos presos, muertos o en el exilio”. Hay canales de televisión donde se promovieron escraches, donde el insulto reemplazó al argumento, donde se revoleaba cualquier información sin demasiado rigor para ensuciar a enemigos políticos kirchneristas. Una y otra vez. Hora tras hora. Todos los días. La tranquilidad del hogar de Cristina Kirchner fue alterada muchas veces por energúmenos que le gritaban cualquier cosa y nadie frenaba ni repudiaba eso. Las detenciones sin condena durante la presidencia de Mauricio Macri juegan, sin dudas, un rol central en esa dinámica. El silencio de la presidenta del PRO, Patricia Bullrich, para quien no merece repudiarse el atentado contra la Vicepresidenta no la ensucia solo a ella, porque ese silencio fue continuado por el silencio de todos los dirigentes de Juntos por el Cambio, que callaron ante esa barbaridad.

Los “discursos del odio” son transversales. Es tan evidente eso que da vergüenza discutirlo. Contaminan y pervierten la democracia y la convivencia. Pero no necesariamente provocan asesinatos. O no necesariamente provocaron este intento de asesinato. Sin embargo, luego de ocurrido, se multiplicaron. Si alguien cree que los “discursos del odio” pueden provocar males mayores, ¿no sería mejor que tratara de desactivarlos en lugar de sostener que “el odio es del otro”, el fascista es el otro, el mal siempre está del otro lado? Además, si los discursos del odio provocan asesinatos tal vez habría que castigar a sus autores, o prohibirlos. Pero, ¿a cuales? ¿A todos? ¿Solo a los de los enemigos del pueblo? ¿Y quienes son? ¿Quién arma la bendita listita?

La bala atascada de Sabag Montiel no cumplió -afortunada, milagrosamente- su objetivo. Pero, si no se procesa de una manera inteligente, está destinada a potenciar el odio hasta el infinito. Y si esta dinámica no frena, tarde o temprano la democracia estará en riesgo.

Fuente: Infobae

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