Salvia: baja la pobreza, pero el consumo no despega y la informalidad consolida un piso estructural

ECONOMÍA Agencia de Noticias del Interior
agustin-salvia-1200jpg
  • La pobreza bajó respecto de 2024, pero el consumo de los hogares permanece estancado.
  • Salvia advierte que la mejora estadística está sobreestimada y ronda un piso del 30%.
  • El empleo que se crea es mayormente informal, sin expansión del trabajo registrado.
  • El aumento de ingresos se destinó a gastos fijos y no a mejorar el bienestar general.
  • Las transferencias sociales son clave para contener la indigencia, pero no rompen la pobreza estructural.
  • Reducir la pobreza al 10% requeriría una década de crecimiento con fuerte creación de empleo formal.

La pobreza en la Argentina mostró una reducción en los últimos trimestres, pero el alivio estadístico convive con un escenario social mucho más rígido de lo que sugieren los números. Así lo plantea Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) e investigador UBA-CONICET, quien advierte que la mejora en los indicadores no se traduce en una recuperación sostenida del consumo ni en una expansión del empleo formal. Para el especialista, el país parece haber quedado “cristalizado” en torno a un 30% de pobreza estructural, sostenida por trabajo precario y asistencia pública.

El análisis de Salvia parte de una mirada de mediano plazo. Según explica, el impacto social más severo del ajuste y la liberalización de precios se concentró en el primer semestre de 2024. A partir de allí, con la desaceleración de la inflación y cierta recomposición de ingresos, se produjo una recuperación parcial durante la segunda mitad de ese año. Sin embargo, ese rebote perdió fuerza a comienzos de 2025 y dio lugar a un escenario de estancamiento laboral, con baja creación de empleo registrado y un crecimiento del trabajo informal como principal válvula de escape.

En ese contexto, la pobreza descendió respecto de los picos de 2024 e incluso quedó por debajo de los niveles de 2023. No obstante, Salvia sostiene que esa baja está “sobreestimada”. Las mediciones oficiales muestran una tendencia descendente que hoy se ubica en torno al 29% o 30%, pero a un ritmo cada vez más lento. El problema central, remarca, es que la capacidad real de consumo de los hogares —el fenómeno que la pobreza monetaria intenta reflejar— permanece prácticamente estancada.

Uno de los puntos clave de su diagnóstico es la brecha entre ingresos y consumo. Aunque los ingresos mostraron cierta recuperación, ese aumento se destinó casi por completo a cubrir gastos fijos como servicios públicos, transporte y comunicaciones. La baja en los precios de los alimentos permitió recomponer parcialmente el consumo alimentario, pero no ocurrió lo mismo con el ahorro ni con la inversión en salud, educación o recreación. Para los sectores ubicados alrededor de la línea de pobreza, tanto por encima como por debajo, la mejora no alcanzó para recuperar el bienestar perdido.

Salvia también pone el foco en las estadísticas de ingresos, en particular en el fuerte incremento que muestran los salarios no registrados según la Encuesta Permanente de Hogares. A su juicio, ese crecimiento resulta difícil de compatibilizar con la experiencia cotidiana de los hogares. Parte de la explicación radica en que el INDEC estaría captando hoy más ingresos que en años anteriores, reduciendo la brecha histórica con los datos administrativos. Sin embargo, los registros formales —salarios registrados, jubilaciones y empleo público— muestran una evolución más moderada, lo que abre interrogantes sobre la magnitud real de la mejora en el sector informal.

El investigador aclara que no existe una manipulación deliberada de las estadísticas, pero sí problemas técnicos y metodológicos. Entre ellos, destaca la falta de actualización de la canasta básica total y del índice de precios, que aún se basan en una estructura de gastos desactualizada. De corregirse ese rezago, estima que la pobreza medida podría ser entre cinco y diez puntos más alta. Más allá del número puntual, advierte que la ausencia de explicaciones y revisiones públicas puede erosionar la credibilidad del sistema estadístico.

En un plano más estructural, Salvia subraya que la Argentina arrastra desde hace años una economía con alta informalidad, baja productividad y escasa inversión en pequeñas y medianas empresas. La estabilización macroeconómica y la caída de la inflación son condiciones necesarias, pero insuficientes para reducir la pobreza de manera sostenida. Sin un modelo capaz de generar empleo formal y recuperar el mercado interno, el país seguirá atrapado en niveles crónicos de exclusión.

La asistencia social cumple hoy un rol central como dique de contención. En los hogares más pobres, las transferencias del Estado explican entre el 50% y el 60% de los ingresos, y sin esos programas la indigencia y la pobreza serían sensiblemente más altas. Pero ese esquema, advierte Salvia, también refuerza una economía informal que se reproduce en los barrios y limita las posibilidades de movilidad social.

Mirando a largo plazo, el especialista sostiene que un nivel “realista” de pobreza para la Argentina debería ubicarse en torno al 10% o 12%. Alcanzar ese umbral implicaría reducir casi 20 puntos, algo que solo sería posible con entre ocho y diez años de crecimiento sostenido, creación masiva de empleo formal y mejoras en la productividad. Sin ese cambio estructural, la baja de la pobreza seguirá siendo más estadística que real.

ÚLTIMAS NOTICIAS
Te puede interesar
Lo más visto

PERIODISMO INDEPENDIENTE