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title: "El odio no puede vestirse con la camiseta argentina"
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date_published: "2026-09-26T14:34:00-03:00"
date_modified: "2026-09-24T23:40:20-03:00"
author_name: "Ricardo ZIMERMAN"
category_name: "OPINIÓN"
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# El odio no puede vestirse con la camiseta argentina

![ChatGPT Image 24 sept 2026, 23_38_20](/download/multimedia.normal.ba2a8e2d3819a31d.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

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**Por RICARDO ZIMERMAN**

**x: @RicGusZim1**

**Hay disculpas que buscan reparar un error. Y hay disculpas que llegan cuando el costo de sostener una conducta ya es demasiado alto. La diferencia es incómoda, pero existe. Cuando una deportista escribe que los judíos “no son bienvenidos”, borra el mensaje después del escándalo, elimina sus redes y recién entonces publica una extensa autocrítica, la discusión deja de girar alrededor de una frase desafortunada. Lo que queda expuesto es un patrón. Y un patrón no se explica por un impulso.**

**El deporte tiene una particularidad que muchas veces se olvida: no representa únicamente el rendimiento de quien compite. También representa una idea de país. La camiseta argentina no es un accesorio para exhibir talento; es un símbolo que exige un piso mínimo de convivencia. Ese piso se rompe cuando alguien decide excluir públicamente a una comunidad entera por su identidad.**

**El caso de Guerra Sodero incomoda porque obliga a abandonar la explicación más cómoda de todas: la del “chiste”. La publicación original no fue un comentario ambiguo ni una ironía mal interpretada. La exclusión fue explícita. Lo verdaderamente inquietante es que, al revisar sus antecedentes, aparecen otras expresiones similares, dirigidas una y otra vez contra la comunidad judía. Entonces la palabra “recurrente”, utilizada incluso en su propio pedido de disculpas, deja de ser una fórmula de ocasión para convertirse en la descripción más precisa de lo ocurrido.**

**La velocidad con la que actuó la Asociación de Pádel Argentino merece una lectura distinta. No se trató de una condena apresurada ni de una demostración de corrección política. Fue una decisión institucional. Separarla preventivamente de la delegación nacional envía un mensaje que debería resultar obvio, aunque todavía necesite ser repetido: representar a la Argentina implica aceptar reglas que están por encima de las opiniones personales cuando esas opiniones atacan la dignidad de otros ciudadanos.**

**Hay quienes ven en estas decisiones una supuesta persecución contra la libertad de expresión. Es un argumento seductor porque simplifica el problema. Pero aquí nadie discute el derecho a hablar. Lo que se discute es el derecho a representar al país después de haber promovido públicamente la exclusión de una comunidad. Son planos completamente distintos. La libertad para decir algo no convierte automáticamente a quien lo dice en apto para ocupar un lugar de representación institucional.**

**Las disculpas, paradójicamente, contienen el reconocimiento más contundente de la gravedad del episodio. Admitir que existió una conducta discriminatoria, asumir que fue antisemita y ofrecerse a participar en tareas de reparación constituye una aceptación explícita de aquello que durante las primeras horas algunos intentaron minimizar. Es un gesto necesario. Pero la reparación no consiste únicamente en pronunciar las palabras correctas después del escándalo. Consiste en demostrar, con hechos sostenidos en el tiempo, que el aprendizaje ocurrió de verdad.**

**El episodio también deja otra fotografía preocupante: la facilidad con la que todavía aparecen voces dispuestas a relativizar el antisemitismo. Que un familiar reduzca el asunto a una encuesta hecha “sin mala intención”, pida “bajar la espuma” o compare estas expresiones con insultos genéricos hacia otros grupos revela un problema más profundo que el comentario original. Esa lógica convierte el prejuicio en travesura y transforma la discriminación en exceso verbal. Es una forma peligrosa de anestesiar la conciencia colectiva.**

**La historia enseña precisamente lo contrario. Ningún discurso de odio comienza con tragedias monumentales. Empieza con frases que parecen tolerables. Con bromas. Con exclusiones presentadas como ocurrencias. Con palabras que algunos prefieren dejar pasar para evitar conflictos. La normalización nunca llega de golpe; avanza cuando la sociedad aprende a convivir con pequeños actos de desprecio hasta que dejan de sorprender.**

**Por eso el pronunciamiento del Foro Argentino Contra el Antisemitismo adquiere un peso particular cuando advierte que no debe normalizarse el antisemitismo. No es una consigna grandilocuente. Es una advertencia práctica. Cada vez que una sociedad acepta que discriminar a un grupo puede explicarse por el humor, el enojo o la torpeza, empieza a erosionar el principio que protege a todos. Hoy el blanco puede ser la comunidad judía. Mañana cualquier otra.**

**Existe, además, una responsabilidad específica del deporte en este tiempo de exposición permanente. Las redes sociales borraron la frontera entre la vida privada y la representación pública. Un atleta puede escribir desde una cuenta personal, pero cuando aspira a competir con la bandera argentina sobre el pecho deja de ser solamente un individuo. Se convierte, inevitablemente, en un rostro asociado a una institución, a una delegación y a un país.**

**La lección que deja este episodio no debería agotarse en la sanción ni en las disculpas. Debería servir para recordar que el respeto no es un requisito accesorio del deporte: es una condición de ingreso. La competencia necesita talento. Las instituciones necesitan credibilidad. Y la sociedad necesita recuperar una convicción que nunca debió ponerse en discusión: ninguna identidad puede transformarse en motivo de exclusión sin que todos perdamos algo en el camino.**

**Porque el verdadero problema nunca fue una remera. El verdadero problema fue creer que podía elegirse quién merece formar parte de la misma comunidad nacional y quién debe quedarse afuera. Y ese partido, por suerte, todavía hay instituciones dispuestas a no dejar que se juegue.**

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