AL VOTO HAY QUE CUIDARLO

EDITORIAL Por
Horacio Verbitsky agregó notoriedad a la mucha que ya tenía, vaticinando un amplio triunfo de Alberto Fernández sobre Mauricio Macri en las PASO del 11 de agosto
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Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N 

Fue el único, una voz solitaria, porque las encuestas de muy diversas consultoras coincidían en una paridad técnica, o a lo más una ligera ventaja del Frente de Todos sobre Juntos para el Cambio.

Verbitsky, en un reportaje radial, explicó las razones que lo habían llevado a hacer su pronóstico. Una de ellas se basaba en el resultado de las elecciones de 2015, en las que Macri se proyectó a la Casa Rosada por una diferencia de algo así como el 2,50% de los votos. Como en una compulsa entre solo dos candidatos los votos únicamente se pueden trasvasar de uno a otro (descartando los blancos por su escaso número), el abogado, periodista y defensor de los derechos humanos apunta que hubiera bastado que el 1,3% de electores cambiara su voto hacia Scioli para que el ex motonauta resultara ganador. Y dado que el gobierno de Cambiemos derivó en un fracaso calamitoso, no podía menos que esperarse que ese pequeño porcentaje que favoreció a Macri en aquellos comicios debía revertirse con creces.

El razonamiento no puede dejarse caer en saco roto: es una forma válida de ver el panorama. Pero se trata de una visión estática, que trae a colación el tan remanido lugar común de que una cosa es la foto y otra la película.

Lo real es que la foto, a más de ser foto es vieja. Pasaron las elecciones de 2017, en las que Macri, incrementó su ventaja, la estrella de Scioli se apagó rápida y completamente, y el candidato opositor al gobierno no era conocido por una franja bien grande del electorado. De todos modos no puede dejarse de lado en el análisis que el 2017 fue un año en que la situación material del sector más vulnerable de la sociedad dejó de deteriorarse, y hasta hay quien sostiene que hubo una ligera mejoría. Es después de aquellos comicios que la estrechez económica de esa franja se tornó sumamente crítica y que la malaria alcanzó también a las clases medias, dentro de las cuales se contabiliza la mayor afinidad con los gobiernos conservadores o liberales.

¿De donde proviene, en definitiva, el vuelco de los resultados? El famoso “Es la economía, estúpido” puede dar una respuesta fácil: la gente vota más con el bolsillo que con el corazón. Pero hay otros factores.

Un dato que no puede ignorarse es que cada año se incorpora al electorado alrededor del 1% de la población. Hay votos nuevos, y otros que desaparecen. En el año 2016 se registraron 728.000 nacimientos, y 353.000 muertes. Sin mucho rigor metodológico, pero buscando una aproximación, podemos proyectar estas cifras hacia las instancias eleccionarias. Entonces vemos que los votos nuevos -contando el recambio y la incorporación- alcanzan casi al 2%.

El gobierno, ostensiblemente, trató de limitar el voto de los jóvenes, que suponía le iba a resultar en general adverso porque en esa franja etaria predominan los sentimientos de comunidad y de rebeldía sobre los de individualismo y aceptación. Y pareciera que esa presunción no fue errada.

Pero hay otro fenómeno que merece también atención. Se suele hablar del “desgaste” que sufren gobiernos, sobre todo los de larga permanencia en el poder. ¿Qué significa ese desgaste, que se atribuye a un gobierno con independencia de lo buena o mala que haya sido su gestión? En esto hay mucha tela para cortar: pareciera que la adhesión no se incrementa solamente por la mejora en el nivel de vida de los electores. Más bien los hechos indican que los beneficios obtenidos se naturalizan y en el ánimo de los votantes predominan las posibilidades futuras.

Si fuera así, el triunfo de Macri en 2015 se explica porque sus promesas apuntaban a mantener lo conseguido y avanzar espectacularmente sobre lo demás. Mantenimiento del Fútbol para Todos, eliminación del impuesto a las ganancias de los asalariados, pobreza cero.

Era una carta ganadora, no importa que luego todo eso conformara una monumental mentira. La campaña del Frente para la Victoria, en cambio, se centró en mostrar los logros pasados y señalar -por los antecedentes de su contrincante- que un cambio de manos finalizaría en un desastre.

¿Que recomendación puede quedar de esto para un gobierno que procura evitar el recambio? Reinventarse, proyectarse audazmente hacia el futuro, con nuevas obras y conquistas. Los grandes logros sociales y tecnológicos del kirchnerismo -la jubilación universal, la asignación por hijo, la puesta en marcha de Atucha II, los satélites geoestacionarios, y tantos otros- no fueron usados como hitos para nuevos proyectos (incluso hubo traspiés, como el tren de alta velocidad o el centro de cinematografía de la Isla Maciel). Un plan quinquenal, como los de Perón, por ejemplo, hubiera mostrado a la sociedad por dónde seguía el camino del progreso.

No hubo nada de eso, y las urnas se llenaron de cantos de sirena. La realidad finalmente se hace evidente, pero para ello hubo que pagar un altísimo precio. Con un anticipo aterrador y cuotas que se extienden por cien años.

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