LA TRAMPA DIALÉCTICA

EDITORIAL Por
¿ Qué hay detrás de las medias verdades y la lógica equívoca?
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Isaias Abrutzky  Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N 

En un artículo publicado hoy 2 de septiembre en Página 12, el economista Alfredo Zaiat explica con claridad la situación en la que históricamente se encontró la Argentina en relación al dólar.

Lo interesante es que no hace falta ser un experto en finanzas públicas ni recurrir a intrincadas fórmulas matemáticas para entenderlo.

Lo que sucedió otras veces, y sucede hoy con ribetes dramáticos -para una sociedad que ve que el poder adquisitivo de los salarios, la rentabilidad de las pequeñas y medianas empresas y los haberes previsionales se desploman día a día- está al alcance del ciudadano corriente. Y tan al alcance está que ese hombre o mujer cabeza de familia ya lo conoce por experiencia propia y cotidiana.

¿Qué es lo que ocurre entonces para que la ciudadanía haya apoyado una y otra vez los esquemas que invariablemente condujeron al desastre, e incluso acepte, luego de ver evaporarse sus ingresos y sus ahorros, las explicaciones que recibe desde el poder económico y la prensa interesada en defenderlo?

Simplemente el reemplazo del más elemental sentido común por otro que se orienta al reparto inequitativo de la riqueza nacional en beneficio de unos pocos privilegiados. A los terratenientes, grandes empresarios con una impronta más extranacional que local, inversores extranjeros (algunos auténticos pero la mayoría interesados en la ganancia fácil y la especulación), y lobos siempre atentos a la distracción del corderito, necesitan que el pueblo apoye el modelo que a ellos les permite apropiarse de una parte mayor que lo que les correspondería en un país funcionando con normalidad. Para ello recurren al auxilio (nada desinteresado, por cierto) de los analistas que vemos pulular en la radio y la TV, y los periodistas que les dan pie y “explican” y difunden luego sus palabras.

Curiosamente, las expresiones que emplean serían las correctas, si se dirigieran en el buen sentido. Pero ellos apuntan para otro lado. El principal objetivo es el déficit fiscal, es decir un gasto por parte del Estado mayor que los ingresos que se obtienen por el cobro de impuestos. “No se puede gastar más de lo que se tiene”, nos machacan. Con eso convencen a la ciudadanía de que el Estado es despilfarrador, sobredimensionado, albergue de vagos y acomodados, nido de corrupción. Entonces consiguen apoyo popular a la desatención de la educación y la salud públicas, al desamparo de ancianos y niños, y al abandono de la promoción regional integradora de una nación pujante y superadora, a la solución de la carencia habitacional.

Pero la consigna del ahorro que consideran tan necesario no se debe aplicar, sostienen, en lo que hace a las divisas que ingresan al país. No, esas deben ponerse a disposición del público sin límites. Y nos traen -para conquistar nuestra adhesión a sus designios (y consecuentes recomendaciones) el ejemplo del modesto trabajador que consiguió hacer un dinerillo extra y quiere resguardarlo comprando cincuenta o cien dólares. Como si el problema estuviera allí!!

Entonces, esa distorsión del sentido común provocó que hasta ese viejo Gómez al que le cantaba Tita Merello preguntándole dónde hay un mango, estuviera feliz con que se llevaran miles y miles de millones de dólares fuera de nuestras fronteras, sustrayéndolos a la economía nacional. Esos dólares, cuya escasez provocó primero la caída en las garras del Fondo Monetario Internacional. Luego la conmoción que vivimos hoy, y la posibilidad concreta de que no haya recursos para pagar las importaciones esenciales para el país, las imprescindibles para mover la maquinaria industrial, las que aportan a la producción del agro, y tantas otras que se requieren para el normal desenvolvimiento de las actividades de la población.

Como es bien sabido, la fuga de las tan necesarias divisas (podemos decir dólares, ya que estos son una entre varias monedas que incluyen al euro y la libra, pero es la más importante) es un fenómeno constante. El blanqueo que realizó el macrismo permitió visibilizar más de cien mil millones de dólares, obtenidos por medios de dudosa legalidad y -en el mejor de los casos- a espaldas de la autoridad impositiva. El perdón por esos delitos se otorgó endulzado por la asignación de los fondos derivados de la regularización a las arcas de la ANSES (hay denuncias bien fundadas que no que llegaron a ese destino, en todo o en parte). Alguna vez mencionamos también la tan burda como insólita maniobra del Presidente para incluir a sus familiares en este operativo para quedar libres de culpa y cargo.

En la etapa iniciada en diciembre de 2015 no podemos aseverar que no hayan existido fugas de ese tipo, pero si las hubo se sumaron las que se hicieron posibles con la liberación total del movimiento cambiario, y el levantamiento de las condiciones de liquidación de las exportaciones (que hoy se restablecen con las disposiciones de Lacunza y Sandleri).

Se abre con esto una nueva instancia de un debate nunca saldado. Se escucha decir: “Si yo soy dueño de la tierra, y trabajo para tener mi cosecha, lo que obtengo -y por lo que pago impuestos- es mío. Y entonces es justo que yo pueda hacer con ello lo que mejor me cuadre: venderlo al mejor precio que obtenga, dentro o fuera de las fronteras, y disponer del dinero aquí o en cualquier lugar del planeta”. Similares razonamientos podrían ser formulado por un industrial o un comerciante.

Esa es la propuesta libertaria, o neoliberal, que termina hundiendo a todos menos a un puñado de privilegiados. La propuesta nacional y popular es otra, abarcativa y solidaria y responsable.

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