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Del Big Bang a Lavoisier: el viaje de la materia eterna

  • La idea de que la materia es eterna se remonta a la cosmología del antiguo Medio Oriente y Grecia temprana.
  • Antoine Lavoisier formuló la ley de conservación de la materia en 1785: nada se crea, nada se pierde, todo se transforma.
  • Los átomos son las unidades básicas de la materia y pueden considerarse “inmortales” en su esencia.
  • La mayor parte de la materia conocida proviene del Big Bang, cuando la energía se transformó en partículas fundamentales.
  • Cada átomo de nuestro cuerpo ha pasado por miles de millones de años de transformaciones cósmicas.
  • La materia persiste a través de la transformación, conectando nuestra existencia con el origen del universo.

La materia que nos rodea, que compone nuestro cuerpo y el mundo que habitamos, no surge de la nada ni se desvanece al morir. Esta idea, que hoy puede parecer obvia para la ciencia moderna, tiene raíces profundas en la historia del pensamiento humano. Desde la cosmología del antiguo Medio Oriente hasta la Grecia temprana, se concebía que el universo se había formado a partir de un material eterno, algo que existía antes incluso del tiempo.

Siglos después, esta intuición se formalizó en la famosa frase atribuida a Antoine Lavoisier: “En la naturaleza, nada se crea, nada se pierde, todo se transforma”. Publicada en 1785, esta sentencia es el núcleo de la ley de conservación de la materia, principio que sentó las bases de la química moderna. La materia, desde el punto de vista de Lavoisier, no desaparece; simplemente cambia de forma, se reorganiza y se transforma en nuevos compuestos.

Pero la materia está formada por átomos, esas diminutas unidades que parecen inmortales en su esencia. Si los átomos no desaparecen, ¿por qué todo lo vivo muere? Esta pregunta, que combina filosofía, física y biología, conduce directamente al origen mismo del universo. Para entenderlo, conviene mirar hacia la física moderna y el Big Bang. Según Marco van Leeuwen, físico del laboratorio Nikhef de los Países Bajos, “hasta donde sabemos, la mayor parte de la materia que conocemos proviene del Big Bang, cuando la densidad de energía era tan grande que no había materia”.

En aquel momento primordial, explica van Leeuwen, todo era energía pura. No existían átomos, ni moléculas, ni estructuras reconocibles; únicamente un océano de energía concentrada que, al expandirse y enfriarse, dio lugar a la materia. Fue entonces cuando surgieron las partículas fundamentales, los ladrillos básicos que más tarde se combinarían para formar átomos, moléculas y finalmente todo lo que vemos hoy. La energía se convirtió en materia, cumpliendo una versión cósmica de la idea de Lavoisier: nada se pierde, solo cambia de forma.

Este proceso inicial ilustra que la materia que constituye nuestro cuerpo, las piedras, el agua y los planetas, tiene una antigüedad inimaginable. Cada átomo que compone un organismo vivo pasó por transformaciones innumerables a lo largo de miles de millones de años. Algunos átomos que hoy forman parte de nosotros existían en estrellas antiguas, se integraron en planetas y viajaron a través del tiempo hasta componer los tejidos que respiramos y sentimos.

La ley de conservación de la materia, por tanto, no es solo una regla de laboratorio; es un principio que conecta la historia del universo con nuestra existencia cotidiana. Nos recuerda que nada se crea de la nada y que incluso en la muerte, los átomos que nos constituyen continuarán su viaje, transformándose en nuevas formas de materia. Los seres vivos mueren, pero la materia persiste, se reorganiza y sigue su ciclo eterno.

En este sentido, la pregunta sobre la inmortalidad de los átomos tiene respuesta: no mueren, aunque sus combinaciones cambien constantemente. La energía que los originó y la que aún contienen se mantiene, fluyendo de una forma a otra, como un hilo invisible que conecta el Big Bang con cada instante de nuestra vida.

De la filosofía antigua a los laboratorios modernos, de Lavoisier a van Leeuwen, el viaje de la materia es una historia de transformación perpetua. Entenderlo no solo nos acerca al conocimiento científico, sino que también ofrece una perspectiva más amplia sobre nuestra relación con el universo: somos parte de un flujo eterno de energía y materia que comenzó hace 13.800 millones de años y que continúa, inmutable, a través de nosotros y más allá de nosotros.