Tránsito en Rafaela: cuando el Estado decide mirar para otro lado
Rafaela convive desde hace años con un problema vial que ya no admite excusas. Con casi 100.000 habitantes y un parque automotor sobredimensionado —en muchos hogares con dos o más vehículos—, la ciudad se mueve en un esquema de anarquía cotidiana donde las normas existen, pero no se cumplen.
El caso de las motos es el más evidente y el más grave. La cantidad es altísima y, en su mayoría, circulan sin respeto por ninguna regla: sin casco, sin patente, cruzando semáforos en rojo, en contramano y con maniobras que rozan lo suicida. No es una percepción: es una realidad diaria en cualquier esquina de la ciudad. Y frente a eso, el control es débil, intermitente o directamente inexistente.
Los automovilistas tampoco pueden señalar con el dedo. En Rafaela, las sendas peatonales no se respetan. Son una formalidad pintada en el asfalto que nadie defiende. Ni autos ni motos frenan. Y los peatones, cansados de esperar lo que nunca llega, cruzan donde pueden. El resultado es un tránsito sin autoridad, sin jerarquías y sin reglas reales.
Una política vial seria no se construye con operativos esporádicos ni con campañas bien intencionadas. Se construye con decisión política. Con controles permanentes, sanciones efectivas, secuestro de vehículos y pérdida de licencias cuando corresponde. Gobernar el tránsito no es recaudar: es ordenar. Y ordenar siempre tiene costos políticos que alguien debe estar dispuesto a pagar.
Rafaela no necesita más diagnósticos. El problema está identificado. Lo que falta es voluntad para enfrentarlo. Porque cuando el Estado decide mirar para otro lado, el caos avanza. Y en materia vial, el caos siempre se cobra víctimas.
*Carlos Zimerman
Abogado – Periodista
R24N