Pullaro y Llaryora se mostraron juntos en Cosquín: folklore, escenario y ambiciones sin sustento
El gobernador de Córdoba, Martín Llaryora, y su par de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, eligieron el escenario del Festival Nacional de Folklore de Cosquín para algo más que una visita institucional. Fueron a mostrarse. A posar. A construir una foto política en uno de los eventos culturales más masivos del país, en medio de un contexto adverso marcado por la derrota electoral de los oficialismos provinciales en las últimas elecciones de medio término.
La postal fue clara: ambos mandatarios en la apertura de la edición 66 del festival, rodeados de funcionarios, flashes y discursos sobre cultura, turismo y federalismo. Pero detrás del folklore y los aplausos se movió otra música: la de las aspiraciones presidenciales.
Llaryora y Pullaro siguen soñando con un armado nacional propio, aun cuando los resultados electorales recientes dejaron en evidencia el fuerte rechazo social a la dirigencia tradicional. El cordobés, según admiten en su propio entorno, empieza a asumir que sus chances reales son mínimas. El santafesino, en cambio, todavía sueña despierto.
Por ahora hacen causa común. Dos gobernadores jóvenes, de provincias grandes, intentando construir un espacio político que los muestre como alternativa al gobierno nacional y también a los extremos. Sin embargo, el escenario elegido vuelve a exponerlos dentro de la lógica de la vieja política: actos, cámaras, discursos previsibles y un mensaje desconectado del clima social.
Durante la conferencia de prensa, Llaryora ratificó el apoyo del Gobierno de Córdoba a los festivales populares y defendió la inversión en cultura como motor de turismo y empleo. “Los festivales son parte de nuestra tradición y nuestra idiosincrasia”, sostuvo, recordando su defensa del financiamiento cultural cuando estuvo en discusión.
También destacó el impacto de la Autovía Punilla como obra estratégica para facilitar el ingreso de miles de turistas a Cosquín y felicitó al intendente Raúl Cardinali por el desarrollo del evento, que se extiende durante las tradicionales “nueve lunas” en la Plaza Próspero Molina.
Pullaro, por su parte, agradeció la invitación y remarcó el aporte de los artistas santafesinos al festival, al que definió como un evento “profundamente federal”. Subrayó además la cantidad de visitantes de Santa Fe que cada año llegan a Cosquín y el movimiento turístico que genera el encuentro.
El intendente Cardinali celebró el respaldo del gobierno provincial y destacó la articulación público-privada que sostiene al festival desde hace 66 años. “Esta plaza tiene capacidad para diez mil personas, pero por Cosquín caminan alrededor de cien mil personas por noche”, expresó.
La escena fue completa: vicegobernadora Myrian Prunotto, ministros, funcionarios de ambas provincias y la foto institucional que recorrió los medios.
Sin embargo, el dato político está en otro lado. Dos gobernadores que vienen de sufrir un duro golpe electoral buscan recuperar centralidad nacional desde un festival folklórico. No es casual. Es cálculo político.
Mientras la sociedad expresa cansancio con la dirigencia tradicional, Pullaro y Llaryora siguen apostando a la construcción desde los escenarios clásicos: actos, festivales, declaraciones correctas, gestos de unidad. Un libreto conocido.
El cordobés parece haber comprendido que el techo es bajo. El santafesino todavía cree que puede proyectarse a la Casa Rosada. Ambos, por ahora, se abrazan a una estrategia común que no logra despegarse de la vieja política: mostrarse, decir lo correcto y evitar definiciones incómodas.
Cosquín fue folklore, turismo y cultura. Pero también fue una pasarela política. Una puesta en escena para demostrar que siguen vigentes, que todavía aspiran a algo más grande, aun cuando el termómetro social marque otra cosa.
Entre guitarras, bombos y luces, Pullaro y Llaryora dejaron en claro que no abandonan sus sueños presidenciales. La pregunta es si el país todavía quiere escuchar esa melodía o si ya cambió definitivamente de canción.