Milei contra los empresarios del privilegio: cuando el poder deja de arrodillarse ante la patria contratista
Javier Milei volvió a hacer lo que prometió en campaña: decir lo que otros callan y enfrentar a los intocables del sistema. Desde el escenario de la Derecha Fest en Mar del Plata, el Presidente apuntó directo al corazón de la vieja Argentina corporativa al denunciar a los sectores empresariales “que hacen negocios turbios con el Estado”, en plena disputa con Paolo Rocca y el grupo Techint.
No fue un exabrupto ni un acto de bronca personal. Fue una definición política. Milei puso sobre la mesa una verdad incómoda: durante décadas, parte del empresariado argentino no compitió en el mercado, sino que sobrevivió a fuerza de subsidios, contratos amañados y protección estatal. Un capitalismo de amigos que encareció productos, bajó la calidad y terminó castigando siempre al mismo: el ciudadano común.
“El que perjudica a la gente con productos más caros y de peor calidad no es digno del favor del Estado y debe ir a la quiebra”, sentenció el Presidente. Una frase que marca un quiebre histórico. Por primera vez en mucho tiempo, un jefe de Estado no se arrodilla frente a los grandes grupos económicos, sino que les recuerda que en una economía sana no hay coronas hereditarias ni privilegios eternos.
La reacción no tardó en llegar. Los mismos que durante años vivieron del proteccionismo ahora se rasgan las vestiduras hablando de “ataque a la industria nacional”. Pero Milei no atacó a la industria: atacó a la trampa. A ese entramado donde pocos ganan mucho gracias al Estado y millones pagan la fiesta con inflación, impuestos y salarios destruidos.
El mensaje es claro: se terminó la Argentina donde el empresario exitoso era el que mejor negociaba con el poder político. Empieza la etapa donde sobrevive el que produce bien, compite mejor y no necesita del presupuesto público para sostener su rentabilidad.
En ese sentido, el enfrentamiento con Techint no es un caso aislado: es un símbolo. Representa la pelea entre dos modelos. Uno viejo, corporativo, estatista y prebendario. Otro nuevo, incómodo, liberal y basado en reglas claras.
Milei no gobierna para los lobbys, gobierna para los que pagan impuestos, para los que trabajan y para los que fueron estafados por décadas de connivencia entre política y negocios. Su discurso en Mar del Plata no fue contra los empresarios: fue contra los empresarios del privilegio.
Y eso explica el nerviosismo. Porque cuando el Estado deja de ser botín, muchos descubren que no saben competir sin muletas. El Presidente lo dijo sin rodeos: el que no pueda sobrevivir sin robarle al contribuyente, que cierre. No es crueldad, es justicia económica.
Por primera vez en años, el poder político se anima a señalar a los verdaderos responsables de una Argentina cara, ineficiente y empobrecida. Y eso, guste o no, es una revolución cultural.
Milei no vino a administrar la decadencia. Vino a romper el pacto de impunidad entre política y negocios. Y en esa pelea, el Presidente eligió un bando: el de la gente común contra los dueños del Estado.