OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

Un poder fortalecido y la oportunidad histórica de ordenar el cambio

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

El comienzo de 2026 encuentra al gobierno de Javier Milei en una posición política y estratégica impensada apenas unos meses atrás. Luego de atravesar uno de los momentos de mayor fragilidad desde su llegada a la Casa Rosada, el oficialismo no solo logró recomponer autoridad y respaldo electoral, sino que hoy avanza con una agenda de reformas profundas en un escenario notablemente despejado. El contraste con aquel clima de zozobra posterior a la derrota bonaerense es elocuente: el Presidente pasó de administrar la urgencia a ejercer el poder con iniciativa y margen de maniobra.

La secuencia que explica este giro es conocida pero no por eso menos relevante. La asistencia financiera internacional, el ordenamiento del frente macroeconómico y, sobre todo, el contundente triunfo libertario en las elecciones legislativas de medio término reconfiguraron el tablero. Ese resultado no solo revitalizó al Gobierno, sino que dejó a la oposición en estado de desconcierto. El peronismo atraviesa una crisis de liderazgo inédita desde el retorno de la democracia, el sindicalismo perdió capacidad de presión y el resto de las fuerzas políticas oscila entre la irrelevancia y la colaboración táctica. Incluso varios gobernadores, incluidos algunos de origen peronista, optaron por el pragmatismo y el diálogo.

Con ese respaldo, Milei aceleró una agenda que durante años fue considerada políticamente inviable. Reforma laboral, cambios en el Código Penal, debate sobre la edad de imputabilidad y un reposicionamiento internacional más nítido conforman un paquete de transformaciones que apunta a modificar estructuras de fondo. El clima social, lejos de la crispación permanente, acompañó con una combinación de expectativa y paciencia, reforzada por señales positivas en el frente macroeconómico y financiero.

En ese contexto, la soledad política que hoy rodea al Presidente puede leerse menos como un riesgo y más como una oportunidad. La ausencia de adversarios fuertes le permite al Gobierno avanzar sin bloqueos sistemáticos y, al mismo tiempo, redefinir el sentido de la confrontación. Milei, fiel a su estilo, eligió no renunciar al conflicto como herramienta política, pero lo reorientó hacia actores que simbolizan prácticas del pasado que busca dejar atrás. Empresarios influyentes, estructuras corporativas y privilegios sectoriales pasaron a ocupar el lugar de antagonistas en un relato que pretende ordenar expectativas y marcar límites.

El enfrentamiento con figuras del poder económico no debería interpretarse únicamente como una disputa coyuntural. En muchos casos, funciona como una señal clara: el nuevo esquema no está dispuesto a sostener rentas protegidas ni modelos que sobrevivan al amparo del Estado. Desde la campaña, Milei fue explícito al cuestionar industrias que trasladaron ineficiencias al consumidor durante décadas. La diferencia hoy es que ese discurso se traduce en decisiones concretas, aun cuando generen incomodidad en sectores acostumbrados a reglas más indulgentes.

Ahora bien, el desafío no es menor. La apertura económica y la competencia externa plantean exigencias reales a un entramado productivo que arrastra problemas estructurales. El Gobierno parece apostar a que el shock de reglas claras, estabilidad macro y disciplina fiscal genere, con el tiempo, un proceso de adaptación virtuoso. En esa lógica, la baja de impuestos, la desregulación y la previsibilidad aparecen como condiciones necesarias para que las empresas inviertan, innoven y ganen eficiencia.

A diferencia de otras experiencias, el oficialismo parece convencido de que el desarrollo no puede basarse en subsidios permanentes ni en protecciones artificiales. La apuesta es distinta: crear un marco donde el crecimiento surja de la inversión, la productividad y la integración al mundo. La pregunta por la matriz productiva sigue abierta, pero no necesariamente ausente. Más bien, el Gobierno parece confiar en que será el propio mercado, bajo reglas estables, el que oriente ese proceso, con un Estado concentrado en garantizar equilibrio macroeconómico, orden monetario y seguridad jurídica.

El contexto internacional, marcado por un resurgimiento del proteccionismo en las grandes potencias, introduce una tensión evidente. Sin embargo, también refuerza la idea de que la Argentina necesita resolver primero sus desequilibrios internos antes de discutir estrategias más sofisticadas de desarrollo. Para Milei, sin estabilidad y credibilidad, cualquier política industrial está condenada al fracaso.

Los indicadores sociales y laborales siguen siendo el principal test. El Gobierno es consciente de que el respaldo político no es infinito y que la paciencia social depende de mejoras concretas en la economía real. Por ahora, la sociedad parece dispuesta a acompañar un proceso que percibe como distinto a los ensayos fallidos del pasado. La clave será que el orden macro se traduzca, gradualmente, en más empleo formal, inversión y crecimiento sostenido.

La fortaleza actual de Milei no garantiza el éxito, pero le ofrece una oportunidad histórica. Con una oposición fragmentada y un capital político significativo, el Presidente tiene margen para avanzar, corregir y, eventualmente, construir consensos mínimos que consoliden el rumbo. Gobernar casi sin resistencias puede ser una rareza en la Argentina, pero también una ventana excepcional para intentar, esta vez sí, un cambio duradero.