RAFAELA Por Carlos Zimerman

Una ciudad sin control: "la inseguridad vial al límite”

El domingo por la noche Rafaela volvió a mirarse al espejo y, una vez más, no le gustó lo que vio. Una joven vecina se salvó de milagro después de ser atropellada por un motociclista que circulaba haciendo willy, a alta velocidad, como si la calle fuera una pista de acrobacias y no un espacio público donde conviven peatones, familias y vecinos que solo intentan volver a su casa.


El hecho no es un accidente. Es la consecuencia directa de la falta absoluta de control, de la ausencia de un plan serio de seguridad vial y de una gestión municipal que hace tiempo decidió mirar para otro lado.


Valentina Tarchini cruzaba por la senda peatonal, en la zona de Estanislao del Campo, barrio Pizzurno. Había salido a hacer una compra simple, cotidiana. Nunca volvió caminando. Una moto que venía en una sola rueda desde hacía al menos dos cuadras la embistió desde atrás. El impacto fue brutal: voló varios metros, golpeó la cabeza contra el asfalto y quedó tendida, inmóvil, perdiendo sangre. Hoy está viva de milagro. No es una metáfora. Es literal.


Mientras algunos testigos pensaban que estaba muerta, Valentina —con una lucidez admirable en medio del horror— sabía que no debía moverse por temor a una lesión en la columna. El motociclista, un joven de 20 años que circulaba a más de 70 km/h, prácticamente no sufrió heridas. La desproporción es tan obscena como el sistema que la permite.


Como si el choque no fuera suficiente, la joven debió esperar cerca de una hora la llegada de una ambulancia. Una eternidad cuando se está tirado en el asfalto, con la cabeza sangrando y el cuerpo dolorido. Fueron vecinos y ocasionales profesionales de la salud quienes hicieron lo que el Estado no hizo: asistir, contener, sostener.


La actitud del conductor terminó de desnudar la degradación. No hubo pedido de disculpas, no hubo preocupación, no hubo humanidad. Solo una frase seca y burocrática: “hablen con el seguro”. Como si no hubiera una persona herida, como si no hubiera responsabilidad, como si la vida se resolviera con un formulario.


Este episodio no es aislado. Es parte de una postal repetida, sobre todo los fines de semana: motos sin control, maniobras temerarias, willys, escapes libres y una ciudad sin autoridad visible. En Rafaela no hay un plan de seguridad vial. Hay inoperancia. Hay desidia. Hay funcionarios que parecen creer que gobernar es administrar la agenda y no los problemas reales.


La pregunta ya no es qué más tiene que pasar. La pregunta es cuántos milagros más estamos dispuestos a esperar. Hoy Valentina puede contarlo. Mañana puede ser una muerte más, un nombre que se suma a la lista, un minuto de silencio y nada cambia.


Si el intendente Viotti sigue “durmiendo la siesta”, nada se va a solucionar. Al contrario: todo va a empeorar. Es evidente que ni él ni varios de sus colaboradores están en condiciones de encontrar las soluciones que Rafaela necesita. Gobernar no es improvisar, ni mirar encuestas, ni cobrar el sueldo a fin de mes. Gobernar es prevenir, controlar y hacerse cargo.


Tal vez ya sea hora de pedir ayuda a gente idónea. Porque cuando el Estado se ausenta, la imprudencia avanza. Y la próxima vez, el milagro puede no llegar.