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Más allá del gimnasio: el movimiento cotidiano, una pieza clave para bajar de peso

  • La actividad física no se limita al gimnasio y el movimiento diario tiene un impacto central.
  • El concepto NEAT engloba las calorías quemadas por acciones cotidianas no consideradas ejercicio.
  • Dos personas con igual dieta y entrenamiento pueden tener resultados distintos según su nivel de NEAT.
  • Una hora de gimnasio no compensa largas jornadas de sedentarismo.
  • El desarrollo de masa muscular favorece un mayor movimiento espontáneo diario.
  • Incorporar pequeños cambios en la rutina cotidiana puede potenciar la pérdida de peso y la salud.

Cuando se habla de salud y control del peso, la actividad física aparece casi de manera automática como una de las principales recomendaciones médicas. En ese marco, muchas personas asocian el ejercicio exclusivamente con el gimnasio y dan por hecho que cumplir con una rutina semanal alcanza para lograr resultados. Sin embargo, especialistas advierten que esa mirada es incompleta y que existe un factor silencioso, pero determinante, que suele pasarse por alto: el movimiento que se realiza a lo largo de todo el día.

El concepto que sintetiza esta idea se conoce como Non-Exercise Activity Thermogenesis (NEAT), o termogénesis por actividad no asociada al ejercicio formal. Bajo esa definición se agrupan todas las calorías que el cuerpo quema a partir de acciones cotidianas que no se perciben como entrenamiento: caminar hasta el trabajo, subir escaleras, hacer compras, limpiar la casa, moverse durante la jornada laboral o incluso cambiar de postura con frecuencia.

Según explican entrenadores y especialistas en preparación física, estas actividades pueden marcar una diferencia sustancial en el gasto energético total. Dos personas que comen lo mismo y realizan idénticas rutinas de gimnasio pueden obtener resultados muy distintos solo por la forma en que se mueven durante el resto del día. En algunos casos, el consumo calórico generado por el NEAT llega a superar al del propio entrenamiento planificado.

Este enfoque pone en cuestión una idea muy instalada: la de que una hora diaria de ejercicio compensa un estilo de vida mayormente sedentario. El problema aparece cuando el entrenamiento es el único momento activo de la jornada. Muchas personas cumplen con 45 o 60 minutos de gimnasio, pero luego pasan ocho o diez horas sentadas, ya sea frente a una computadora, en el auto o en el transporte público. Desde el punto de vista del gasto calórico, ese esquema limita los resultados, incluso cuando la rutina está bien diseñada.

Para dimensionarlo, basta con observar algunos números. Una sesión de entrenamiento de fuerza puede implicar un gasto de entre 200 y 400 calorías, dependiendo de la intensidad y del nivel de la persona. En contraste, alguien que camina varios kilómetros por día, se mueve de manera constante en su trabajo y realiza actividades domésticas puede sumar fácilmente entre 500 y 700 calorías adicionales sin haber pisado el gimnasio. La diferencia no es menor.

Esto no significa que el gimnasio carezca de valor. Por el contrario, el entrenamiento estructurado cumple un rol fundamental, especialmente en el desarrollo de masa muscular. Y ese punto es clave: cuanto mayor es la cantidad de músculo, mayor suele ser el nivel de movimiento espontáneo. Las personas con más fuerza y resistencia tienden a caminar más rápido, fatigarse menos y sostener un mayor nivel de actividad diaria, lo que eleva el NEAT de forma casi inconsciente.

El desafío, entonces, pasa por encontrar un equilibrio. El cuerpo se adapta con rapidez a los estímulos y, cuando el movimiento cotidiano es bajo, puede reducir el gasto energético por otras vías. En ese contexto, la pérdida de grasa se estanca, aun cuando la persona “cumple” con su rutina de entrenamiento. Incorporar más movimiento en la vida diaria no requiere cambios drásticos, sino pequeñas decisiones sostenidas: elegir escaleras en lugar de ascensor, caminar algunos tramos, interrumpir el tiempo sentado o sumar tareas activas.

La conclusión es clara: bajar de peso y mejorar la salud no depende únicamente de lo que ocurre dentro del gimnasio. El movimiento invisible, ese que acompaña la vida cotidiana, puede ser tan o más determinante que la rutina formal. Entenderlo y aprovecharlo puede marcar la diferencia entre el estancamiento y el progreso sostenido.