Manual básico para aullar en la plaza
Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
En la Argentina pasan cosas extraordinarias. Algunas tienen que ver con la economía, otras con la política y, últimamente, con adolescentes que decidieron que caminar en dos patas es un exceso de formalidad burguesa. Se hacen llamar “Therians” y, para quien no esté al día con el boletín zoológico, son chicos que se identifican con animales y lo expresan desplazándose en cuatro patas por plazas públicas, con banda sonora incluida.
El adulto promedio reacciona con el mismo gesto que pone cuando le explican una nueva actualización del celular: entre el desconcierto y el deseo de volver a 1998. Pero lejos de alarmarnos con teorías profundas, conviene asumir algo más sencillo: la adolescencia siempre fue un espectáculo. Solo que antes no había tantos celulares grabando.
En los 80 uno se dejaba el flequillo como si lo hubiera atacado una tormenta eléctrica. En los 90 usábamos pantalones que parecían carpas canadienses. Hoy algunos aúllan. La evolución humana es misteriosa.
Lo fascinante del fenómeno es la convicción. No es un “juego, ja ja”. Es un compromiso performático. Se desplazan con técnica, ensayan saltos, emiten sonidos con dedicación. Hay un esfuerzo físico considerable. Si la misma energía se aplicara a educación física, tendríamos medallas olímpicas en salto con garra.
El debate público, como siempre, se divide en dos bandos: los que se ríen y los que redactan comunicados solemnes sobre el “avance de la deshumanización”. En el medio, los chicos siguen practicando su mejor versión de lobo urbano mientras los adultos discuten si esto es el fin de Occidente o apenas una tarde rara en la plaza.
Hay algo profundamente argentino en todo esto. Somos un país donde la gente se disfraza de superhéroe para correr maratones, donde adultos serios discuten a los gritos en televisión y donde la palabra “crisis” ya debería pagar alquiler por permanencia. Que aparezcan adolescentes que prefieren ser gato antes que influencer no parece el síntoma más grave del ecosistema.
Además, seamos honestos: la vida adulta no está vendiendo una propuesta irresistible. Entre discusiones interminables, facturas impagas y promesas de futuro que vencen antes de usarse, no es raro que alguien piense: “¿Y si soy husky un rato?”. El husky no paga impuestos. El husky no mira el noticiero. El husky no debate en redes sociales.
El problema empieza cuando los mayores, en lugar de reírse un poco, adoptan tono de documental dramático. “¿Qué nos está pasando como sociedad?”, preguntan con gravedad, como si el destino de la civilización dependiera de un maullido bien ejecutado. Tal vez nos esté pasando que internet existe y que cualquier rareza encuentra tribu en cinco minutos.
Porque de eso también se trata: comunidad. Antes uno era raro en soledad. Ahora puede ser raro en grupo, con identidad compartida y coreografía coordinada. Es el progreso.
Por supuesto, siempre habrá quien convierta el asunto en batalla cultural. Que si la decadencia, que si la pérdida de valores, que si “en mis tiempos”. En los tiempos de nuestros abuelos, Elvis era un escándalo moral. Después fueron los Beatles. Más tarde el rock, los tatuajes, el pelo largo, el pelo corto, los videojuegos y los pantalones rotos. La humanidad sobrevivió a todo eso. Incluso a los pantalones tiro bajo.
Nada impide que dentro de diez años muchos de estos jóvenes recuerden con ternura su etapa felina mientras hacen trámites en una oficina pública. La vida tiene esa costumbre de llevarnos, tarde o temprano, de la manada a la ventanilla 4.
Mientras tanto, quizá convenga aplicar una regla básica: si el fenómeno no lastima a nadie y ocurre en una plaza donde ya conviven patinadores, corredores y señores que hacen tai chi a las siete de la mañana, tal vez no amerite declarar la emergencia nacional.
La adolescencia siempre buscó formas de diferenciarse del mundo adulto. Antes era la campera de cuero. Hoy puede ser una cola imaginaria. El impulso es el mismo: decir “no soy como ustedes”. Y si para eso hay que ensayar un aullido bajo la luna del alumbrado público, se aúlla.
Lo verdaderamente ridículo no son los chicos en cuatro patas. Lo verdaderamente ridículo sería que los adultos, con todos nuestros diplomas y solemnidades, no pudiéramos tolerar un poco de teatro juvenil sin convertirlo en tesis, tragedia o trending topic indignado.
Al final del día, tal vez el mensaje no sea “quiero ser animal”, sino algo mucho más clásico: “quiero pertenecer”. Y si la pertenencia viene con orejas simbólicas y salto coordinado, tampoco es el fin del mundo. Es apenas una nueva moda en el eterno catálogo de rarezas adolescentes.
Respiremos. La evolución humana ha sobrevivido a peores coreografías.