RAFAELA Por Carlos Zimerman

Odesur: la fiesta que no tapa la mugre bajo la alfombra

Por Carlos Zimerman

En Rafaela pareciera que el futuro se mide en cronogramas de obra vinculados a los Juegos Odesur. Desde la Provincia hasta la Municipalidad, todos repiten el mismo libreto: los Suramericanos marcarán “un antes y un después”. Y nadie discute que se trata de un acontecimiento relevante. El problema es otro: mientras la dirigencia política se entusiasma con la foto del evento internacional, la ciudad real sigue acumulando problemas que la gestión de Leonardo Viotti no ha sabido —o no ha querido— resolver en casi dos años y medio de gobierno.

Los Juegos Odesur serán importantes, sí. Traerán atletas, delegaciones, turistas, cámaras y discursos llenos de optimismo. Pero no van a resolver la inseguridad que crece en los barrios, ni la suciedad que se acumula en muchas calles, ni el drama del desempleo, ni la accidentología vial que cada semana deja nuevas víctimas. Tampoco solucionarán el déficit habitacional ni la cada vez más visible problemática social que hoy muestra una postal dolorosa: más personas durmiendo en la calle y revolviendo basura para sobrevivir.

Mientras tanto, la administración municipal celebra avances que, en cualquier otra ciudad, serían apenas lo mínimo indispensable. En el centro, por ejemplo, el recambio de veredas avanza. No al ritmo ideal, pero para una gestión que suele moverse con la velocidad de una tortuga, haber terminado dos cuadras —y de una sola mano— en cuatro meses parece ser motivo de aplausos. Lo mismo ocurre con el readoquinado en las inmediaciones de la plaza: se ven progresos, siempre a “modo administración Viotti”, es decir, con paciencia franciscana. Pero avances al fin.

Desde el Palacio Municipal, el entusiasmo es evidente. “Tenemos muchos eventos deportivos en Rafaela, pero lo que va a ocurrir con los Juegos ODESUR va a marcar un antes y un después. Si hasta aquí la ciudad demostró que tiene un gran potencial en deporte, eso se va a potenciar más a partir de ahora”, aseguró el subsecretario de Deportes y Recreación, Alejandro Ambort.

El funcionario también destacó el ritmo de las obras: “Las construcciones están siendo rápidas. Hay cuestiones que tienen que ver con el clima que te permiten acelerar un poco más o frenar un poco. Con los tiempos va todo bien”.

Y fue más allá: “El desafío de los Juegos Suramericanos es enorme. Tienen que salir bien y van a salir bien; va a ser una fiesta y un hecho histórico para la ciudad. Pero al mismo tiempo hay que pensar en lo que va a pasar después del evento”.

Ambort habla de articulación público-privada, de instalaciones deportivas que quedarán como patrimonio de la ciudad y de una villa olímpica que luego se transformará en emprendimiento privado. Todo muy correcto en el plano discursivo.

El problema es que mientras algunos funcionarios parecen convencidos de que Rafaela está organizando poco menos que un Mundial de fútbol, hay cuestiones mucho más urgentes que siguen sin respuesta.

La inseguridad crece y no hay un plan serio que la enfrente. Los accidentes de tránsito se multiplican y nadie en la estructura municipal parece tener una idea innovadora para reducirlos. La problemática social se profundiza y la imagen de personas durmiendo en las veredas o buscando comida entre los residuos ya dejó de ser excepcional para convertirse en parte del paisaje urbano.

Los Juegos Odesur no van a resolver ninguno de estos problemas. Ni siquiera tangencialmente. Por el contrario, el destino de recursos —económicos y políticos— hacia el evento corre el riesgo de dejar en segundo plano los temas que realmente angustian a los rafaelinos.

Existe una frase conocida que suele repetirse en el mundo deportivo: “el deporte es lo más importante de lo menos importante”. En Rafaela, sin embargo, parece haberse invertido el orden de prioridades. Para el intendente Viotti y buena parte de su gabinete, el deporte no es lo menos importante: se ha transformado, peligrosamente, en lo más importante de todo.

Y cuando una ciudad empieza a confundirse en sus prioridades, la fiesta puede ser muy linda… pero la realidad, tarde o temprano, vuelve a golpear la puerta.