Índice de vulnerabilidad con olor a naftalina: expertos en incendios ahora miden el humo
Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay algo profundamente admirable en la política argentina: su talento para reinventar lo obvio con nombre nuevo y cara seria. Esta vez, el turno fue de un grupo de Diputados de Unión por la Patria que decidió dar un paso audaz hacia el futuro… inventando un índice para medir la vulnerabilidad social. Sí, un índice. Porque al parecer, después de décadas de convivir con la pobreza, alguien finalmente pensó: “¿Y si la medimos con números y le ponemos un título elegante?”
La escena es digna de estudio. Dirigentes sentados frente a micrófonos, con gráficos, porcentajes y tono grave, explicando que las familias están en problemas. Una revelación conmocionante. Nadie lo había notado. Ni el kiosquero, ni el jubilado, ni el que paga la tarjeta en cuotas desde hace tres gobiernos. Pero ahora, gracias a este índice, todo queda claro.
Lo verdaderamente fascinante no es el índice en sí, sino quién lo presenta. Porque no se trata de recién llegados a la política. No son observadores neutrales que aterrizan desde Marte para analizar la realidad argentina. Son, en buena medida, protagonistas de los años en los que esa “vulnerabilidad” se expandió como si fuera política de Estado. Pero ahora la miran, la miden y la describen con una mezcla de sorpresa y preocupación que roza lo artístico.
El índice, según explican, busca reflejar con precisión el deterioro de los hogares. Y ahí aparece la magia: transformar lo cotidiano en una novedad estadística. Porque lo que antes era angustia, ahora es un 4,9. Lo que antes era deuda, ahora es una tendencia. Lo que antes era no llegar a fin de mes, ahora es un dato mensual. La realidad, convertida en Excel, siempre parece un poco más manejable.
Pero hay algo aún más interesante en todo esto: la lógica detrás del invento. Porque no se trata de resolver el problema, sino de describirlo con mayor sofisticación. Es como si un grupo de médicos, después de años de atender pacientes, descubriera que la gente se enferma y decidiera hacer un ranking de síntomas. Muy útil, sin duda. Sobre todo si uno no tiene intenciones de curar nada.
Hablan de empleo, de empresas que cierran, de salarios que pierden contra la inflación. Todo cierto, probablemente. Pero el detalle pintoresco es que muchos de esos fenómenos no nacieron ayer. Son parte de una historia más larga, en la que ellos mismos tuvieron un rol protagónico. Una historia que, curiosamente, no aparece en el índice. Debe ser un error metodológico.
La propuesta tiene, además, un componente casi poético: medir la vulnerabilidad como si fuera un fenómeno natural, como la humedad o la presión atmosférica. Algo que simplemente ocurre. Nadie es responsable. Nadie tomó decisiones. Nadie diseñó políticas que llevaron a esto. La vulnerabilidad cayó del cielo, como la lluvia. Y ahora, por suerte, tenemos un índice para registrarla.
Mientras tanto, el tono es solemne. Muy solemne. Porque nada legitima más una idea que una buena cara seria. Lo saben y lo aplican con precisión quirúrgica. Hablan de “poner en evidencia”, de “mostrar la realidad”, de “construir alternativas”. Todo suena importante. Todo suena urgente. Todo suena… conocido.
En el fondo, el índice funciona como un espejo cuidadosamente calibrado. Refleja el presente con nitidez, pero difumina el pasado. Y en esa operación, logran algo notable: convertirse en analistas de un problema del que también fueron arquitectos. No es fácil. Requiere práctica.
La Argentina, mientras tanto, sigue siendo ese laboratorio donde lo evidente necesita ser explicado una y otra vez. Donde cada crisis viene acompañada de un informe, cada problema de un índice, cada diagnóstico de una conferencia. Y donde la solución, curiosamente, siempre queda para después.
Quizás el próximo paso sea aún más ambicioso. Tal vez presenten un índice para medir la memoria selectiva. Ahí sí, el resultado podría ser verdaderamente revelador. Aunque, pensándolo bien, mejor no. Hay cosas que es preferible no cuantificar.