OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

La república del “¿Quién es quién?” y otras aventuras del club de los indignados

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

En la Argentina hay dos deportes nacionales: el fútbol y la indignación selectiva. El segundo no requiere entrenamiento físico, pero sí una gimnasia mental interesante: consiste en descubrir conspiraciones cósmicas donde otros apenas ven una agenda de gobierno. En ese campeonato, algunos dirigentes históricos compiten con una destreza admirable. Son como esos tenistas que ya no corren tanto, pero todavía saben dónde poner la pelota para que parezca peligrosa.

En ese marco, volvió al centro de la escena una voz que nunca se fue del todo: la de Elisa Carrió, que decidió recordarnos que en la política argentina nadie es quien dice ser, salvo ella, que siempre es ella, aunque a veces parezca otra. La ex diputada reapareció con una serie de definiciones que combinan misticismo, thriller judicial y un toque de stand up involuntario.

El foco de sus críticas fue, entre otros, Manuel Adorni, sobre quien pesa una investigación judicial. “¿Quién es Adorni?”, preguntó, como si estuviera en un casting para un reality político. La respuesta, en rigor, es bastante más sencilla que el interrogante: es el jefe de Gabinete de un gobierno que llegó prometiendo patear el tablero. Que después el tablero tenga piezas sueltas y algunos árbitros miren raro, es parte del folklore local.

Ahora bien, lo interesante no es la pregunta, sino el tono. Porque en la Argentina, cuando alguien dice “no sé quién es”, generalmente significa “sé perfectamente quién es, pero no me gusta”. Es una forma elegante de descalificar sin necesidad de entrar en detalles. Como cuando uno dice “no es mi tipo” y en realidad quiere decir “no lo invitaría ni a un cumpleaños con catering gratis”.

Mientras tanto, el fiscal Gerardo Pollicita sigue su trabajo, que para eso le pagan: investigar. Pide informes, cruza datos, consulta registros. Todo muy poco espectacular para los estándares televisivos, pero bastante necesario en un Estado de derecho. La Justicia, ese organismo que siempre llega tarde, pero llega, aunque a veces se pierda en el camino y termine en otro expediente.

En paralelo, las críticas se expanden como si fueran oferta de supermercado: hay para todos los gustos. El Presidente Javier Milei, su entorno, la política exterior, los empresarios, los glaciares, el clima espiritual del universo y probablemente la humedad ambiente. Es un combo completo, tipo menú degustación de objeciones.

Se dijo, por ejemplo, que el Gobierno está rodeado de “oscuridad”. Una categoría fascinante, porque no queda claro si refiere a falta de transparencia, a una novela gótica o a un corte de luz. En cualquier caso, la política argentina siempre tuvo algo de penumbra, solo que ahora algunos se sorprenden como si recién hubieran entrado a la habitación.

También se cuestionó la alineación internacional del país, como si la Argentina hubiera descubierto ayer que en el mundo hay alianzas, tensiones y decisiones incómodas. La política exterior, ese lugar donde todos quieren ser neutrales hasta que tienen que elegir. Y cuando eligen, siempre hay alguien que dice que eligieron mal.

Mientras tanto, en el plano doméstico, el Gobierno sigue avanzando con su agenda. Reformas, proyectos, discusiones incómodas. Algunas saldrán bien, otras no tanto, pero al menos hay una dirección. Y eso, en un país que durante años vivió en piloto automático, ya es una novedad digna de mención.

La crítica sobre los empresarios merece un capítulo aparte. Porque durante décadas se construyó un sistema donde algunos ganaban siempre, sin importar quién gobernara. Ahora que alguien decide revisar ese esquema, aparece la nostalgia por el viejo orden. Es curioso: cuando el privilegio se vuelve costumbre, cualquier cambio parece una agresión.

Y después está el tema ambiental, donde el debate se vuelve casi religioso. De un lado, quienes ven en la minería una oportunidad de desarrollo. Del otro, quienes la consideran poco menos que el apocalipsis con casco y pala. En el medio, la realidad, que suele ser más compleja y menos épica que los discursos.

Lo cierto es que la política argentina sigue siendo ese lugar donde todos hablan al mismo tiempo, nadie escucha demasiado y, sin embargo, algo termina pasando. En ese ruido constante, el Gobierno intenta sostener una narrativa propia, mientras la oposición —o lo que quede de ella— busca reconfigurarse entre denuncias, advertencias y recuerdos de épocas mejores que, casualmente, nunca son las actuales.

Al final del día, la pregunta no es quién es quién, sino qué hace cada uno con el poder que tiene. Y en ese terreno, más allá de las frases rimbombantes y los diagnósticos apocalípticos, la realidad suele ser menos cinematográfica y bastante más concreta.