RAFAELA Por Carlos Zimerman

¿Rafaela puede tener un caso Agostina?

Por Carlos Zimerman

La pregunta puede resultar incómoda. Puede generar enojo, rechazo o incluso acusaciones de exageración. Pero las sociedades maduras no son aquellas que esconden los problemas debajo de la alfombra, sino las que son capaces de mirarse al espejo antes de que sea demasiado tarde.

¿Puede Rafaela tener un caso como el de Agostina Vega en Córdoba? La respuesta es sí. Seguramente sí. Porque reúne demasiadas condiciones para que una tragedia de semejante magnitud encuentre terreno fértil.

No se trata de afirmar que vaya a ocurrir mañana ni de sembrar miedo. Se trata de advertir que cuando determinadas estructuras de poder se degradan, cuando la corrupción moral avanza y cuando las instituciones dejan de cumplir el rol para el que fueron creadas, las consecuencias suelen ser impredecibles y devastadoras.

Rafaela convive desde hace años con una Justicia que parece implacable con los débiles y sorprendentemente dócil con los poderosos. Una Justicia que, lejos de transmitir independencia, ofrece demasiadas señales de subordinación y dependencia. Una Justicia atravesada por influencias, relaciones y favores que erosionan día a día la confianza de la ciudadanía.

Detrás de ese entramado aparece la sombra de un personaje nefasto que, desde un importante espacio de poder en Buenos Aires, ha logrado construir una red de influencia que alcanza a numerosos actores judiciales locales. Un operador que supo colocar amigos, familiares y allegados en lugares estratégicos, transformando organismos que deberían responder únicamente a la ley en espacios donde muchas veces pesan más los vínculos que los principios.

Pero la responsabilidad no termina allí.

A esa Justicia cuestionada se suma una dirigencia política que, con escasas excepciones, parece más preocupada por resolver sus propios problemas que los de la gente. Funcionarios que viven pendientes de las conveniencias partidarias, de los cargos futuros y de las disputas internas, mientras las verdaderas demandas sociales permanecen sin respuesta.

La decadencia también encuentra aliados en ciertos sectores empresariales acostumbrados a las prebendas, siempre dispuestos a reclamar privilegios, subsidios o beneficios especiales, aunque eso implique consolidar sistemas injustos y profundamente desiguales.

Y como si todo eso fuera poco, existe además un sector importante del periodismo que ha renunciado a su función esencial.

Demasiados medios y demasiados comunicadores han cambiado la búsqueda de la verdad por la comodidad de la pauta oficial o empresarial. La dependencia económica terminó condicionando la independencia editorial. Y cuando el periodismo deja de controlar al poder para convertirse en su vocero, la sociedad queda peligrosamente indefensa.

El caso Agostina en Córdoba no es solamente una tragedia policial o judicial. Es también un espejo. Un reflejo brutal de lo que puede suceder cuando la corrupción, la impunidad, la indiferencia y la degradación institucional terminan ganando la pulseada.

Las sociedades no colapsan de un día para otro. Se deterioran lentamente. Primero se naturalizan los privilegios. Después se toleran las injusticias. Más tarde se acepta el silencio. Y finalmente llegan las consecuencias que todos dicen no haber visto venir.

Quizá la falta de justicia sea el factor más grave y peligroso de todos. Porque cuando los ciudadanos dejan de creer en quienes deben garantizar la igualdad ante la ley, el contrato social comienza a resquebrajarse. Pero sería un error pensar que el problema termina allí. La mediocridad política, el empresariado prebendario y el periodismo dependiente forman parte del mismo ecosistema que alimenta la decadencia.

Por eso esta reflexión puede ser tomada como una advertencia. No una amenaza, sino una advertencia. Todavía hay tiempo para corregir errores, para recuperar valores y para reconstruir instituciones. Todavía hay tiempo para evitar que la realidad golpee con toda su crudeza.

Porque cuando las tragedias finalmente llegan, cuando las consecuencias se vuelven irreversibles y cuando la sociedad descubre el costo de haber mirado para otro lado, la cura suele ser larga.

Demasiado larga.