OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

El peronismo y la urgencia de encontrar un rumbo

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

La política suele ofrecer paradojas difíciles de ignorar. Una de ellas ocurre hoy en la principal fuerza opositora de la Argentina. Mientras el gobierno de Javier Milei enfrenta el desgaste natural de cualquier gestión, aplica un ajuste de enorme magnitud y toma decisiones que generan fuertes controversias sociales, el peronismo parece incapaz de transformar ese escenario en una oportunidad política. Más preocupado por resolver sus disputas internas que por construir una propuesta alternativa, corre el riesgo de desaprovechar una circunstancia que, en otros tiempos, habría capitalizado con rapidez.

La situación es aún más llamativa porque el movimiento atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. La condena judicial de Cristina Kirchner no sólo alteró el tablero político. También aceleró interrogantes que permanecían latentes desde la derrota electoral de 2023. La principal pregunta es quién conducirá al peronismo en los próximos años. La segunda, todavía más importante, es hacia dónde pretende conducirlo.

Cristina conserva una influencia indiscutible. Ningún dirigente opositor posee hoy su capacidad de movilización, su peso simbólico ni su centralidad en la conversación política. Sin embargo, el liderazgo que durante años funcionó como factor de cohesión comienza a convivir con una realidad inevitable: el peronismo debe pensar en una etapa posterior. No porque la ex presidenta haya desaparecido de la escena pública, sino porque la dinámica política obliga a preparar una transición que tarde o temprano deberá producirse.

En ese contexto emerge Axel Kicillof. El gobernador bonaerense se ha convertido en la figura con mayores posibilidades de proyectarse nacionalmente dentro del espacio. Su gestión genera debates, adhesiones y críticas, pero incluso muchos de sus adversarios internos reconocen que representa una de las pocas referencias con volumen político propio. Allí aparece uno de los principales problemas del peronismo actual. En lugar de discutir cómo ampliar su base electoral, buena parte de la energía se consume en una disputa sobre quién administrará la herencia política del kirchnerismo.

La tensión entre distintos sectores del espacio no es una novedad. Lo novedoso es que ocurre en un momento en que la sociedad reclama respuestas concretas a problemas concretos. Mientras los dirigentes debaten liderazgos, millones de argentinos siguen preocupados por sus ingresos, por el empleo, por el costo de vida y por la incertidumbre respecto del futuro. Esa desconexión entre las prioridades de la dirigencia y las preocupaciones ciudadanas explica parte de las dificultades que enfrenta la oposición para reconstruir su vínculo con amplios sectores de la población.

Existe además una cuestión que el peronismo todavía no logró resolver: la autocrítica sobre su última experiencia de gobierno. La administración encabezada por Alberto Fernández terminó dejando una economía desordenada, una inflación fuera de control y una profunda frustración entre muchos de sus propios votantes. Sin una revisión sincera de ese proceso, cualquier intento de renovación aparece incompleto.

La historia política argentina demuestra que los partidos sobreviven cuando son capaces de aprender de sus errores. El radicalismo debió hacerlo después de la crisis de 2001. El PRO atravesó un proceso similar tras la derrota de 2019. El peronismo enfrenta ahora ese mismo desafío. Pero hasta el momento predominan las explicaciones defensivas y las justificaciones antes que una evaluación profunda de las razones que condujeron a la pérdida del poder.

Esa ausencia de reflexión estratégica tiene consecuencias. Impide construir un programa alternativo frente al oficialismo. Milei puede ser cuestionado por numerosos aspectos de su gestión, pero mantiene una ventaja evidente: ofrece una dirección clara, guste o no guste. Sus seguidores saben hacia dónde quiere llevar al país. En cambio, buena parte de la oposición todavía discute quién debe conducirla antes de definir qué proyecto propone.

La cuestión de la credibilidad tampoco es menor. Los escándalos de corrupción que marcaron distintos períodos de la vida política argentina siguen proyectando sombras sobre dirigentes de diversos espacios. La sociedad se volvió más exigente y más desconfiada. La recuperación de la confianza pública exige algo más que discursos. Requiere transparencia, renovación y una demostración concreta de que ciertas prácticas pertenecen definitivamente al pasado.

Mientras tanto, el oficialismo observa. La fragmentación opositora constituye uno de los principales activos políticos de Milei. Cada enfrentamiento interno dentro del peronismo fortalece indirectamente la posición del Gobierno. Cada debate centrado en personas en lugar de ideas aleja la posibilidad de construir una alternativa competitiva. Y cada día que transcurre sin una propuesta superadora amplía la ventaja de quien ocupa el poder.

El peronismo supo reinventarse en numerosas oportunidades a lo largo de su historia. Lo hizo después de proscripciones, derrotas electorales y crisis institucionales. Su capacidad de adaptación fue siempre una de sus mayores fortalezas. Sin embargo, ninguna reconstrucción será posible si antes no responde dos preguntas elementales. La primera es quién liderará la nueva etapa. La segunda, mucho más importante, es qué país pretende construir.